Andaba esta mañana algo resacosa pensando en un poutpourri de ideas (entre ellas, recientes ideas vertidas por A. Schuschny -”Chusni” para sus amigos españoles) a la espera de mi bus preferido para la patafísica diletante. Iba diciéndome para mis adentros “Sí, somos los que estamos y estamos los que somos, pero ¿estamos unidos suficientemente para hacer “algo”?
Y luego:
“Hace falta, realmente, eso de “unirse para algo” o bien…….?”
Y a continuación:
“También está eso de la masa crítica, los quantos de Planck, etc.”
Y luego: pausa (como siempre, alguien hablaba muy fuerte desde su móvil y, claro, siempre despista un poco).
Y enseguida:
“Déjate fluir, ya llegará eso que no sabes qué es pero que pugna por ser escrito”.
Y, paralelamente a esa manía de leer en los autobuses (en esto también somos cada vez más los maniáticos), he abierto mi libro del momento por la página pertinente, en la cual Margaret Mead decía, citada serendípicamente por Erwin Laszlo:
“Nunca dudes del poder de un pequeño grupito para cambiar el mundo”.
“¿Sincronicidad?”, no he podido por menos de pensar.
Planck descubrió que hacía falta un determinado nivel de energía para que un electrón se lanzara a probar otro tipo de vida, otro nivel de definición, el salto cuántico. Y es que hay procesos lineales y no-lineales. Por ejemplo: el vaso se llena (linealmente) a base de una gota, y otra, y otra, y otra… El vaso se llena de agua linealmente, ceñido a la lógica aristotélica que nadie va a discutirle: la suma de varias gotas es susceptible de llenar un vaso. Pero…
Una sola gota lo colma y derrama, repentinamente, el esfuerzo de todas las anteriores: la masa crítica, el punto de inflexión de las campanas de Gauss. Virajes cuánticos.
Y el electrón salta de nivel e indaga en otras vidas posibles.
Pero, amigo Chusni y colegas -insistía yo-: ¿realmente la masa crítica no requiere más esfuerzo grupal? ¿Realmente la masa crítica tiene efecto por sí misma?
El cemento de la masa crítica es -indudablemente- internet.
Y sigue diciendo el libro que citaba casualmente (?) a M. Mead que esa masa crítica de humanos (Úbermensch? mutantes, les llamo yo) es la que puede decidir cómo nos salimos de esta bifurcación que llamamos crisis: o nos hundimos en la catástrofe lineal definitiva, o nos salvamos a través de una ósmosis espiritual no-lineal que nos contagie recíprocamente de una nueva percepción de eso que llamamos realidad.
Eso sí puede salvarnos y por esto hoy, un día de invierno soleado, he vislumbrado al fín un rayo de esperanza.
Si usted hace una búsqueda en Google con la palabra “amor” se dará cuenta de que probablemente esta palabra es una de esas que se encuentran en todos lados, que tienen el don de la ubicuidad. Amor es un tema universal, se encuentra en canciones, poemas, pinturas, esculturas, literatura buena y mala y ultimamente tambien en las paginas new age que recomiendan un poco ingenuamente que el amor es la pócima que puede salvar al mundo. Recomiendan cosas tales como ésta:
“Si amas cambiarás el mundo y con él cambiará tu manera de percibirlo y de estar en él”.
O sea que el amor para algunos es una especie de esencia floral curativa, un curalotodo.
Y es verdad en un cierto nivel de definición pero no es verdad en el nivel de definición práctico por donde discurren nuestras vidas aqui abajo.
Los psicoanalistas, al menos algunos con los que he departido sobre este asunto también abrazaron desde siempre esta opción, la mayor parte de los malestares humanos proceden del desamor y de la agresión reprimida, cosa que tambien puede ser cierta pero esta verdad no equivale a pensar que dando amor indiscriminadamente las cosas mejoran. En realidad no es asi de sencillo y todos los que hayan leido este post ya saben que es un “wicked problem” y que en cierta manera las cosas no se resuelven con buenas intenciones o con esa mania caritativa de darle a los demás lo que les falta que seguramente es amor como decian los Beatles.
El mismisimo Freud -que aun no sabia que era un “wicked problem”- en un artículo memorable conocido como “Análisis terminable e interminable” cayó en la cuenta de que determinados pacientes sometidos a su esfuerzo por curarles de su neurosis, no sólo no mejoraban, cosa incomprensible para él, sino que encima de eso, empeoraban. A esta curiosa forma de reaccionar la llamó “reacción terapeutica negativa” que incluyó entre las formas más graves de resistencia y que se encontraba más allá de lo cognitivo y de lo somprensible o racional. El paciente empeoraba cuantos más esfuerzos invertía el terapeuta en su curación, Freud creyó encontrar en esta maniobra algo tanático, la propia pulsión de muerte o compulsión repetitiva. Y tenia, en su nivel de definición, tambien razón.
Y la verdad del asunto es que algunas personas no pueden ni amar ni ser amados. Aunque yo diria que lo más amenazante para las personas es resultar amados porque el amor en activa puede ser disfrazado de muchas formas, una de las mas frecuentes es la abnegación, una curiosa palabra que contiene en si misma la clave de lo que se pretende ocultar o negar. Los abnegados son aquellos que aman porque amando dejan de sufrir las consecuencias de su necesidad de amor, se brindan a los demás para ocultar-se a sí mismos aquello que pretenden obturar que no es otra cosa sino la necesidad de recibir. El abnegado sin embargo va mucho más allá del autoengaño: se niega sí mismo y a sus necesidades.
Y es que los humanos somos una especie de simios bastante retorcidos, porque ¿qué tiene el amor de amenazante? ¿por qué protegerse del amor ajeno? ¿No es absolutamente deseable ser amado?
Aquellos de ustedes que aun no hayan superado su fase jesuítica creerán que el amor es algo deseable, que es importante e incluso placentero que los demás nos amen. Eso es tambien verdad en otro nivel de definición, pero hay un pero. Los demás, si nos aman lo hacen por alguna razón que no siempre está en nosotros. Lo más frecuente es que el amor que se nos brinda, incluso el más altruista de todos, el de nuestra madre, se encuentre contaminado por los deseos de nuestra madre de otras cosas, por lo que le faltó, por el lugar que nosotros ocupamos en esa falta. El amor incondicional que es la forma buena y digestiva del amor es muy poco frecuente -aunque no diré que imposible- lo común es que amor, demanda, revancha, justificación, exigencia, odio, venganza, celos, territorialidad, reproche, sacrificio, dependencia, apego, asimiento y expectativas amorosas e incluso sexuales vayan de la mano o se comporten como condiciones de intercambio.
Es por eso que el amor es una amenaza para aquellos que tuvieron la experiencia primaria de ser amados por una madre que no las tenia todas consigo con respecto a qué esperaba de su hij@. Por lo que cuelga de ese amor que no tuvimos más remedio que aceptar tal y como se nos dió.
Como este tipo de personas vivencian el hecho de ser amados como una amenaza se protegen de serlo aunque esto no les impide, a su vez, amar.
Son simplemente incapaces de ponerse en el polo pasivo y resultar receptivos con el amor que les llega desde fuera aunque pueden ser incluso muy activos para darse e incluso a veces una tendencia es la compensación de la otra: los que no pueden recibir amor son personas muy queridas por los demás porque siempre están en el lugar del dador. Y esta actitud es socialmente muy aceptable aunque muy perturbadora para el propio sintiente.
Y en este post voy a hablar de como desactivar ese miedo a recibir amor.
La clave está en la homeopatía.
Hay gente que no tolera el amor en dosis ponderales mientras que otras personas son capaces de recibir amor en cantidades desorbitadas.
Es como si algunos tuvieran un receptáculo elástico que como un globo pudiera hincharse a placer acaparando todo el amor que les llega incluso las sobredosis, tienen una enorme resistencia -por asi decir- al amor porque saben desembarazarse de aquello que va colgando siempre del valor puro y duro: un precio, una tasa, un peaje.
Estas personas resisten bien los tsunamis del amor porque han desarrollado una extraña capacidad para disociarse de aquello que les llega y de quedarse sólo con lo bueno descartando lo peor. Pero estas personas que están acostumbradas a dar sus excedentes en plan directo y sin someterse a los necesarios ayunos de depuración suelen ser malos amadores porque acaso no entienden que los demás no han adquirido esa especial resistencia al amor incluso a su toxicidad.
Lo curioso de la vida es que los amadores y los amados suelen encontrarse puesto que cada una de estas especialidades son en sí complmentarias, uno disfruta dando y el otro recibiendo. Sin embargo esta relación complementaria está destinada al fracaso por una razón.
Ambos esconden una carta marcada que se sustrajo a la conciencia, uno sus necesidades de recibir a las que quizá no se cree merecedor y el otro su necesidad de desprenderse de la toxicidad que le acompaña desde su infancia pero además necesita que no caiga en el vacio, en ese gap o hueco por donde suelen caerse los excesos. Necesita un hueco con sentido, un hueco contenedor.
La solución está en donar el amor a microdosis, pequeñas dosis de amor vigilando no sobrepasar el numero de Avogadro. eludiendo asi los efectos secundarios Lo realmente curioso del amor en dosis homeopáticas es que no puede ser rechazado pues apenas es detectado por la conciencia del fóbico amador.
El mecanismo de acción del amor homeopático no es a través de la forma, ni de la inundación de amante excesivo, no es algo que se acopla a un receptor sino algo vibracional. O se está o no se está en sintonía. Tampoco hace falta estar en sintonia todo el tiempo ni en todos los ámbitos de la vida. Yo diria que no hace falta siquiera ni la presencia física y todo sucede siguiendo más las leyes y principios cuánticos que los newtonianos, esos que dicen que “el roce hace el cariño” o que “el amor es ciego pero no manco”. Estas ideas deterministas son bien conocidas por todo el mundo y tienen también su sitio en la verdad, en algunos amores convencionales de los que hablé aqui.
Pero el amor homeopático no funciona de ese modo, no es algo que opere desde el contacto sino que ejerce una acción a distancia a través de determinados hilos invisibles, unas cuerdas o enlaces tan duros y obstinados como esa fuerza que une al cloro con el sodio (fuerza nuclear débil se llama en fisica).
Porque el amador en realidad es un dador de electrones, una especie de agente antioxidante que como el té verde cede sus electrones sobrantes a los intoxicados por el amor.
Están condenados a encontrarse. Y a equilibrarse.
Y lo hacen a nivel atómico, a un nivel informacional, pues la cantidad de información que lleva lo poco es mucho mayor que lo que lleva lo mucho.
Y rebota autoregenerándose como la cola de una lagartija.
Sólo somos capaces de soportar pequeñas dosis de Verdad: es por eso que los deprivados y los intoxicados están destinados a encontrarse.
Y no sólo para repetir la experiencia original sino para transcenderla.
Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la pelicula citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo si quiere visionarla.
“Teseo no podía saber que del otro lado del laberinto estaba el otro laberinto, el del tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.” (Borges, “Los Conjurados”).
Hay varias maneras de contar una historia en el cine pero solo hay tres formas de verla: la primera es contemplarla como si se tratara de algo que realmente sucede, sucedió o podría suceder en la realidad, la segunda forma es suponer que aquello que vemos podria sucede en el futuro aunque es poco probable o incierto o bien algo que nunca podrá suceder como sucede en el género fantástico donde existe un distanciamiento pactado entre lo que sucede en la pantalla y el espectador, la tercera forma es contemplar la pelicula como algo que debería estar oculto y que sin embargo se nos desvela de una forma brutal que nos alude desde lo doméstico como una metáfora cotidiana que habla de algo que no puede explicarse desde sí mismo, sino a través de la narración -la vida- de otros.
A esta ultima clase de visionado pertenece la pelicula de Lars Von Trier, “El anticristo”, un cineasta danés que parece una reencarnación de Bergman aunque no tan obsesionado por los aspectos interpersonales del drama humano sino por aquello que sucede detras de la escena, por aquello que sucede entre bastidores que nos alude desde lo arcaico y se sitúa más allá de lo que percibimos y queremos ver los sujetos bienpensantes y razonables.
Y un sujeto bienpensante es aquel que reniega del mal, no me estoy refiriendo al Mal como abstracción sino al mal que sucede en nosotros mismos, a ese mal que en la pelicula parece emerger a través de un personaje femenino -malherido por la muerte de un hijo- y cuyo marido -terapeuta silvestre y ocasional- hace recaer en la Naturaleza, no en la Naturaleza del medio ambiente sino en la naturaleza de la condición humana.
Por que lo cierto es que hay algo diabólico en los humanos y de ahí el titulo de esta pelicula que no es una pelicula de miedo sino de horror. Se trata de una pelicula que nos enfrenta con ese aspecto cotidiano, siniestro, ominoso del espanto que tantos esfuerzos nos cuesta reprimir, negar, ocultar o suprimir de la conciencia. Se trata de una pelicula que no trata de conflictos entre personas sino que nos muestra las escaramuzas de la eterna guerra entre arquetipos: Eros y Thánatos se enfrentan sin piedad en los teatros del cuerpo de una pareja que pretende remontarse anímicamente después de la muerte accidental de su hijo y que provoca en la mujer la emergencia de lo tanático, en la forma clinica de una severa melancolía.
La mujer se siente culpable de la muerte de su hijo, podríamos interpretar.
Pero no: la mujer es culpable de la muerte de su hijo, pues el niño murió a causa de una negligencia suya.
Como mínimo negligencia pues es difícil entender por qué estaba la ventana abierta en un día frío con nieve afuera.
Efectivamente, no se trató de una negligencia sino de un infanticidio: la mujer iba a por ese niño, el suyo, ¿cual sino? la película nos da alguna pista acerca de esta cuestión cuando el padre descubre que la madre torturaba sistemáticamente al niño con zapatos invertidos de pie, algo que conoceremos a partir de la autopsia.
Pero ¿por qué una mujer puede desear torturar a su propio hijo, carne de su carne y sangre de su sangre (y la de su padre) como en esos casos que leemos a veces en la prensa de niños atados a la cama como cachorrillos de bestias inmundas y/o quemados por sus madres con el cigarrillo o suplicios similares?
Medea tenía por tías a dos renombradas hechiceras: Calipso y Circe, y gracias a sus dotes heredadas y a diversas profecías y pócimas mágicas, es como ayuda a su amado Jasón en sus vicisitudes en busca del vellocino de oro. Curiosamente, la suerte de Medea discurre de modo parecido a la de su prima Ariadna: tras el apoyo incondicional a su amado (Teseo y Jasón, respectivamente), ambas son ingratamente abandonadas por éste. ¿Sería acaso este abandono el germen de una rabia pulsional que luego deriva en parricicio en el caso de Medea?
Medea, presa y creadora a la vez de su fatal destino, arrebata la vida de sus propios hijos, acaso como venganza de Jasón, lo que nos recuerda a un viejo cuento astrológico que define el temperamento plutoniano:
Un escorpión pidió a la rana que le ayudara a cruzar el río sobre su espalda. La rana no se fiaba de la fama del escorpión y le negó el favor diciendo “No, escorpión, que conozco tu fama y cuando estemos a medio camino me picarás con tu aguijón”. El escorpión argumentó que aquello era absurdo, pues si lo hacía morirían ambos. La rana encontró esa razón sensata y accedió así a subirle a su espalda para llegar a nado a la otra orilla. A medio camino, el escorpión pica a la rana, hiriéndola mortalmente. Mientras agoniza y se hunden ambos, la rana acierta a decir “Pero escorpión, ¿cómo haces esto, si morirás tú conmigo?” A lo que el escorpión, justo antes de ahogarse efectivamente ambos, responde simplemente: “Es mi naturaleza…”.
Como lo es la naturaleza de Medea y también de la madre enajenada de El Anticristo, que asesina a su hijo en este caso no con un acto, sino con un no-acto: ignorando que el niño está subiéndose al alfeizar de la ventana abierta justo mientras ella, a pocos metros, lanza un alarido orgásmico en pleno coito con su marido.
Lo cierto es que en esa película esa mujer no mata a su hijo por celos de su marido sino porque algo despierta en ella un odio ancestral contra los hombres, algo que emerge durante un encierro en una choza y en mitad del jardin del ese Eden tiránico que es la naturaleza salvaje y que la lleva a enloquecer mientras escribe su inacabable e inacabada tesis doctoral, una tesis sobre la violencia del hombre hacia la mujer; es como si ella hubiérase identificado con todo su género, ese que clama venganza a traves de su tesis y que realiza en su cerebro una inversión: ella pasa de cierto posicionamiento masoquista hacia un polo sádico psicótico donde se venga de los hombres -en la persona de su marido- y posteriormente se amputa a sí misma toda posibilidad de placer.
Pero Eros ganará al final la batalla contra el Thánatos femenino y se instalará en la naturaleza de una forma ingenua, volviendo hacia ese Edén estúpido pero apacible al que todas las muertas del mundo insisten una y otra vez en volver para celebrar una especie de picnic naif.
Confiemos en la oscura rebelión de los muertos.
Vale la pena ver los primeros cinco minutos de la pelicula, sobre todo por la belleza de las imagenes y su banda sonora.
“En 1810 el médico alemán Christian Friederich Samuel Hahnemann publicaba el “Organon, el arte de curar”, piedra angular de la homeopatía. El principal fundamento de la teoría se define en la ley de los similares (homeo- es el prefijo griego que designa igualdad) por la que una enfermedad se cura con la misma sustancia tóxica que la produce —de ahí que se llame ley de los similares-, pero a dosis infinitesimales. Los homeópatas disuelven esos venenos en etanol —lo que llaman tintura madre- y la diluyen en agua sucesivas veces, no importa cuantas, según ellos el remedio se “imprime” en las moléculas de agua. Tales disoluciones son la parte controvertida de la disciplina, puesto es posible que a esas concentraciones no haya ni una sóla molécula del principio activo en la solución homeopática. Sin embargo su efecto ha sido demostrado en numerosos estudios y se estima que un 15% de los médicos occidentales siguen esta línea.
Madeleine Ennis, farmacóloga de la Queen’s University de Belfast, ha sido siempre el azote de los homeópatas. Asegura que, a esas concentraciones, en los remedios homeopáticos no hay más que agua, por lo que químicamente no tiene sentido que funcionen.
Sin embargo, en su estudio más reciente Ennis y su equipo se llevaron un “pequeño” chasco: descubrieron que soluciones ultradiluidas de histamina funcionaban en un experimento con basófilos, unas células sanguíneas que actúan en la inflamación. La solución homeopática en la que probablemente no había ni una sola molécula de histamina funcionaba realmente como la histamina. Aunque Ennis se ha visto incapaz de explicar el porqué del efectivo funcionamiento y sigue mostrándose escéptica, ha asegurado que si los resultados son reales y la homeopatía no actúa como un placebo, habría que reescribir parte de los fundamentos de la física y de la química.”
¿Por qué -como bien dice ahí- serán tan reticentes a reescribir parte de los fundamentos de la física y la química? Es comprensible, es humano: por pereza. Son muchos siglos para reescribir, aparte de mucho orgullo que tragarse.
Por cortesía de Ana di Zacco y Francisco Traver, una composición festivo navideña para felicitar el año a través de esa nueva tecnología literaria que conocemos ya como twiteo.
Se trata de una sentencia muy conocida y tambien su autor pero sin embargo son pocos los lectores que habrán sospechado que tras esta frase existe una avería del autoreconocimiento.
Efectivamente no hace falta pensar para saber que existimos. En realidad la existencia propia es un conocimiento inmediato, algo que es precognitivo, preconceptual y preverbal. Se trata de algo que se tiene o no se tiene, una especie de axioma con el que venimos equipados de serie y que no necesita demostración porque todos nosotros sabemos que existimos, que somos, estamos y que nuestra experiencia nos pertenece, aqui y ahora y que se escribe en primera persona.
Es por eso que la sentencia cartesiana a mi me huele un poco a obsesividad, una especie de mania hipereflexiva que procede sin duda de una averia primaria del autoreconocimiento. Probablemente Descartes era un obsesivo pero no es este el objeto de este post averiguar su personalidad sino más bien escudriñar como funciona este mecanismo del autoreconocimiento y qué tiene que ver con la conciencia humana.
Por eso escribí recientemente este post sobre la esquizofrenia, alli hablaba precisamente de la hipótesis de Stangellini un psiquiatra italiano que desde un punto de vista fenomenológico puso el dedo en la llaga al identificar esa averia del autoreconocimiento como fenómeno nuclear de la esquizofrenia.
Y no es de extrañar puesto que la primera emergencia de la conciencia humana fue seguramente esa conciencia de mismidad, esa especie de autoafecto esencial con la que nos relacionamos con nuestro cuerpo.
Una experiencia nuclear que inaugurará la experiencia humana tal y como la conocemos, una experiencia fundacional, antes de ella no hay conciencia propiamente dicha sino sólo precursores, las mas conocidos de estas averías son los trastornos del espectro autista: niños que no han logrado “encarnarse” es decir romper la dualidad esencial con la que venimos al mundo. En cierto modo la esquizofrenia es tambien un trastorno autista que permite -sin embargo- al individuo ir más allá en su desarrollo. La esquizofrenia seria como un autismo diferido.
El abrazo de Salmacia y Hermafrodito
Estoy hablando de la interfase entre cuerpo y mente, es decir la manera en que la mente se relaciona con el cuerpo, en cómo la mente se abraza al cuerpo y se funde con él en ese momento determinado en que el niño siente que él es él y que sus experiencias externas o internas le pertenecen, no son algo que alguien puso allí sino que proceden de sí mismo, un gran hallazgo evolutivo -la emergencia de la conciencia- relacionado con la hominización y que se expandirá a partir de entonces, embrionaria aun, y que hará que se desplace y estire siguiendo el rastro de la especie.
Pero esta “fundición” entre cuerpo y mente merece un poco más de atención. ¿Se trata realmente de una fusión? ¿Qué sucede entre dos cuerpos cuando colisionan?
Thomas Reid fue un filósofo de la ilustración poco conocido si lo comparamos con Descartes o con su maestro David Hume y que sin embargo destaca por su modernidad: las propuestas que realizó desde su escuela “La escuela del sentido comun” tienen un enorme interés para la neurociencia actual.
Y en un post anterior me referí precisamente a esta prestación de nuestra conciencia que llamamos “sentido común” y a la que atribuí precisamente la capacidad de jerarquizar cogniciones y respuestas adaptativas.
A él debemos precisamente nuestra actual conceptualización sobre la senso-percepción. En sus propias palabras y siguiendo el ejemplo de la rosa:
Cuando huelo una rosa hay en esta operacion tanto sensación como percepción. El agradable olor que percibo considerado en sí mismo, sin relación con objeto externo alguno es la sensación.La percepción, en contraste siempre tiene un objeto externo y el objeto de mi percepción, en este caso es aquella cualidad de la rosa quu discierno con el sentido del olfato.
La sensación, en este sentido es aquello que experimentamos con nuestro cuerpo como un cambio o una transformación en él. Nos afecta directamente a nosotros y nos concierne de tal manera que no nos puede dejar indiferentes. En contraste, la percepción nos informa de lo que sucede ahi afuera y para conseguir distinguirla no sólo utilizamos información del momento sino tambien de nuestra memoria (Vicente Simón, 2005).
Se trata pues de dos sendas, dos canales de procesamiento distintos y que responden a estas dos preguntas:
¿Que me está sucediendo ahora y a mi?
¿Qué está sucediendo ahi afuera?
De la colisión de estas dos fuerzas emerge la conciencia, su primer estadio o núcleo sobre el que se desarrollará posteriormente todo niño.
Se trata de un hecho catastrófico porque las dos corrientes o canales de señalización deben sumarse para que de ellos aparezca algo nuevo: la conciencia de sí. Algo parecido a lo que sucede en el encuentro de distintos mares como sucede en el cabo de Hornos o en los estrechos bálticos del Kategat y Scategat, una colisión que puede ser elástica o plástica pero siempre caótica.
Los dos canales informativos y computacionales de la sensopercepción (que anotamos ahora como conjunto) son los que dan lugar a ese valioso fenomeno que es en realidad el origen de nuestro autoreconocimiento. Sabemos lo que es Yo y lo que no es Yo, lo saben nuestras células inmunes y lo sabe nuestra mente, de abajo arriba y de arriba abajo.
En la patología psiquiátrica -pero no sólo en ella- podemos encontrar defectos de esta colisión, de este big bang primordial: mente y cuerpo apareceren demasiado separados y los individuos o bien tienen dificutades para autoreconocer-se o bien presentan dificultades a la hora de codificar las intenciones del otro, conocer-le. Pero recordemos de momento que toda la patologia mental – en una concepción integral de jerarquias anidadas- posee un corazón, un centro descosido y fragmentado.
La importancia de esta diferenciación de dos canales de información y procesamiento es que en determinado momento de nuestra historia evolutiva emergió en la confluencia entre ambas corrientes algo que llamamos conciencia.
La modernidad de Reid aparece en todo su esplendor si tenemos en cuenta estos items que están perfectamente alineados con lo que hoy pensamos de la mente:
Que los pensamientos de los que soy consciente son pensamientos de mi mismo, mi mente, mi persona;
Que sucedieron esas cosas realmente y que las recuerdo indistintamente;
Que tenemos un cierto grado de protagonismo sobre nuestras acciones, y la determinación de nuestra voluntad;
Que hay una vida e inteligencia en los hombres con quienes conversamos;
Que hay un cierto debido respeto al testimonio humano sobre las materias , e incluso a la autoridad humana en materia de opinión;
Que, en los fenómenos de la naturaleza, lo que es, probablemente será como ha sido en circunstancias similares.
Como puede observarse el sentido comun del lector y del propio Reid nos lleva a una integración de las funciones que el propio Descartes ponia en duda: el sentido de ser autores de nuestra propia mente y que sus contenidos nos pertenecen, tanto si soñamos, pensamos, decidimos, sentimos, actuamos, planeamos, imaginamos o deliramos.
Reid integra en su “modelo de sentido comun” pasado y presente, la determinación (en cierto modo) y libre albedrío, la teoria de la mente y la suposición axiomática de que los otros tienen, a su vez, mentes como la mia, que existen autoridades humanas sobre las opiniones y que por tanto no todas las opiniones tienen el mismo valor y que lo fenoménico se repite inexorablemente dando lugar a una experiencia comun que llamamos consenso.
Hay pues una experiencia primaria que organiza y jerarquiza la experiencia, la primera muñeca rusa, el corazón de la cebolla que sirve de guía al crecimiento, la maduración o la expansión de la conciencia.
Magritte nos dibujó en este cuadro la experiencia de falta de cierre de la mismidad, una puerta sin marco o donde el mismo marco es la realidad, asi debe ser la conciencia esquizofrénica: una casa sin paredes o una puerta sin pared que franquear. Un espiritu sin encarnar, una dualidad radical.
Bibliografía citada:
Vicente. M. Simón
“Origenes y evolución de la conciencia” en:
La profecia de Darwin: del origen de la mente a la psicopatologia. Julio Sanjuan y Camilo Cela Conde (eds)
“La distinción de los cuatro temperamentos, que hemos tomado de la Antigüedad, apenas puede llamarse tipificación psicológica, desde el momento que los temperamentos casi puede decirse que no son otra cosa que complexiones psicofisiológicas.”
Sin duda Jung se refiere ahí a los cuatro temperamentos que Hipócrates había asociado a los cuatro humores presentes en el organismo, una clasificación que parece menoscabar cuando dice “no son otra cosa que”. Llama la atención que lo que él denominó las cuatro funciones de la conciencia (pensar, sentir, percibir, intuir) se correspondan tanto con el predominio de cada uno uno de los valores líquidos del cuerpo que veinticinco siglos antes intuyera Hipócrates. Es curioso asimismo que Jung parezca poner en distintos cajones lo físico y lo psíquico (“no son más que complexiones psico-fisiológicas”) cuando él mismo supo sintetizar de un modo tan lúcido lo intangible con lo tangible.
Dado que Hipócrates no disponía de medios tecnológicos para llevar a cabo estudios publicables en ningún Journal de renombre, imaginamos que basó su clasificación cuaternaria en todo cuanto le diera de sí la observación y la empiria. En realidad, basta la observación para darse cuenta de que quien camina lento suele hablar lento, pensar lento, o comer lento (y al contrario). O que las personas de mejillas carnosas y blandas (temperamento linfático) suelen ser más glotonas y tener menos fuerza de voluntad que aquellas atléticas y rojizas (aire). O que las personas de frente baja sean mucho menos dadas a la objetividad que aquéllas con frente alta. O que las manos de dedos largos correlacionen con el amor al detalle y el análisis, mientras que los dedos espatulados y cortos suelan pertenecer a personas con facilidad para sintetizar. ¿Observaría Hipócrates todo esto? Quién sabe.
En todo lo que está dotado de vida, la misma nota puede resonar en distintas octavas, cada una puede ser “pulsada” en varios niveles.
Marte es un planeta “rojo”, color que asociamos a la belicidad, el fuego, la energía o la voluntad, y por ende al músculo y la fuerza, pero el rojo es –casualmente- el color de la sangre. Cuando hablamos de fuerza o de voluntad ¿podemos disociar la física de la psíquica? Cuando hablamos de calor, ¿no es acaso la sangre -y no la linfa- la que aporta calor a la piel? Inflamación viene de flama (lat.) y en griego se llama flegmoní que también viene de flóga (llama). No es de extrañar que a nadie se le ocurra pintar la habitación del bebé de rojo (el color de la floga) sino de verde pálido: por instinto y aunque nadie nos lo haya contado, sabemos con una sabiduría ancestral que la frecuencia del color rojo es más alta (es decir, su longitud de onda más baja) que la del verde, y, como está comprobado, aquél exalta la agresividad mientras que el verde propicia la relajación (aquí tienen un blog muy completo sobre la Psicología del Color), del mismo modo que sabemos hoy día que ciertos sonidos (los agudos) excitan y otros (los graves) relajan. Lo saben bien sobre todo quienes se dedican a la terapia del sonido; está comprobado el efecto terapéutico del sonido de ballenas y delfines en niños autistas, hiperactivos o con síndrome de Down, como lo sabe también la industria discográfica especializada en músicas para la relajación.
(Notas tomadas en el seminario "Sonidos terapéuticos", por el mexicano M. Arrieta, may-2005)
Los distintos “niveles” de que hablaba más arriba, o distintas octavas de la misma nota, se refieren no sólo a distintos niveles de densidad o sutilidad, sino de la expresión perceptible de un mismo tipo de energía. En el ejemplo anterior, decir “sangre” es análogo a decir “rojo”, a decir “Do sostenido”, “Marte”, a decir “voluntad”, a decir “Ares”, etc. El sonido audible oscila entre 10 y 1000 Hz y el color a frecuencias 1×10(4). ¿Será el universo una gigantesca gama de frecuencias?
Astronómicamente hablando, Mercurio es el planeta más rápido (por estar más cerca del Sol y ser su elíptica la más corta). Las personas mercuriales suelen ser pequeñas, movedizas (aunque no musculadas), hábiles con la palabra y rápidos de reflejos. Astrológicamente están representadas por el signo Géminis aunque no es preciso tener ahora ninguna opinión sobre la astrología, dado que también en las profesiones están plasmadas en comerciantes, conferenciantes, escritores y todos cuantos deben manejar el logos para transmitir ideas de un lado a otro. Al fin y al cabo, no en vano Hermes era el mensajero de los dioses y no su decorador, ¿casualidad?
Ya -dirán ustedes-, los mitos ancestrales provienen de la mera observación del cielo. Pero -les diré yo- ocurre que, en el caso de la astrología, ésta es anterior a los telescopios y a los cálculos de distancias interplanetarias. Mucho más antigua, incluso, que el conocimiento de que la Tierra era redonda. Lo llamemos como lo llamemos, el humano mercurial suele tener las manos pequeñas, ágiles y finas del taumaturgo, su piel es rosada y camina rápido (a pasos largos o cortos en función de si predomina, por otra parte, la humedad o la sequedad). Decir “Mercurio” o “Hermes” es, por tanto, lo mismo que decir “chakra 5”, el que resuena con la garganta, el órgano de la palabra.
El temperamento tierra (que correspondería a la función sensorial de Jung y a la bilis amarilla de Hipócrates) suele ser amarillento o terroso, de ojos más bien hundidos, suele caminar lento y, al ser la tierra la conjunción de lo frío y lo seco, en las palmas de sus manos observamos gran número de líneas (debido al mayor grado de sequedad de la piel) las cuales suelen ser poco pronunciadas (por falta de calor). Es realista, puntilloso y pragmático y su punto débil en la octava fisiológica son huesos o el intestino delgado, el órgano más pragmático de todos como se explica aquí.
Puestas así las cosas, relacionar una nota musical con un color, con un chakra o con un arquetipo parece juego de niños, pero, volviendo al cuatro, lo más curioso es que, bien sean los temperamentos de Hipócrates o bien sean las funciones de Jung el origen de todo este enredo, éstos cuatro tipos fueron divididos posteriormente por el propio Jung en dos sub-tipos que llamó introvertido y extrovertido. Estos conceptos de la escuela junguiana llevan a confusión, pues no significan exactamente lo que popularmente entendemos por tales, sino que establecen dos tipos de personalidad en función de si el foco central de la atención se ubica dentro o fuera del Yo, es decir, de si lo más importante para uno es uno mismo (sujeto) o algo/alguien externo (objeto). Podríamos decir que el introvertido junguiano es centrípeta y tiende a ajustar el entorno a de sí mismo, y el extrovertido junguiano es centrífugo y tiende a ajustarse a sí mismo al entorno. De la combinatoria, pues, entre los cuatro temperamentos o cuatro funciones y los tipos introvertido y extrovertido surgieron los ocho tipos de Heymans-Le Senne, clasificación utilizada aún aún por la psicología actual y también por los grafólogos. Pero de grafología se hablará en otra ocasión pues, como podían adivinar, en la letra también se agazapan el calor y el frío, la humedad y la sequedad.
Somos una malla móvil de posibilidades que se retuerce entre firmas, colores, órganos y puntos corporales débiles o fuertes, fuerzas centrífugas o centrípetas, dioses del Olimpo, sonidos; somos astros y hasta arcanos con conciencia. Somos poliedros rodantes de varias caras y todo es según el ángulo desde el que se nos mira, de si nos observa el psicólogo o el cromoterapeuta, de la octava con que resonemos en cada momento. Y con quién.
No son casuales expresiones como “he de digerir bien esa idea” o “a mi vecino no lo trago” en vez de “he de oler bien esa idea” o “a mi vecino no lo toco nada”.
Si toman ustedes un poco de plastilina, hacen con ella un gusano muy largo y delgado y, cuando lo tengan hecho, lo aplastan bien entre las manos hasta hacer de ello una bola compacta, obtendrán una reproducción muy gráfica del encéfalo… y también del intestino delgado.
En nuestro interior, el intestino es el encargado de disociar, de discernir qué es bueno y qué es malo: un órgano al que le tocó desempeñar una función labor bastante cartesiana, apremiado como vive por la obligación crítica de decidir –y decidirlo además con prontitud- entre el sí o el no, entre “esto me lo quedo” o “esto lo tiro”, que es muy parecido a lo que hacemos nosotros en esa curiosa catársis semestral de los climas templados conocida como “cambio de armarios”. Imaginamos que debe ser una tarea muy estresante para un tubo de paredes de tejido muscular, mucosas, neuropéptidos y divertículos, tener que decidir siempre con urgencias entre aprovechar y tirar, entre bueno o malo, entre ceros y unos.
El encéfalo es también dual: está dividido en dos hemisferios que procesan todo material venido del exterior de dos modos bastante distintos. Y es dual también porque tendemos a concebir el mundo exterior bajo otra necesidad igualmente apremiante de otorgarle a todo una categoría que por consenso llamamos “juicio de valor” (es decir, “esto bueno” / “esto malo”, o “esto me conviene” / “esto lo tiro” porque “esto me produce (o producirá) placer” / “esto me produce (o producirá) dolor”). Lo cual no es ninguna banalidad, pues no es lo mismo tratar de integrar opuestos de modo armonioso que la sensación de tener que elegir entre la posibilidad de goce y la posibilidad de sufrimiento sin posibilidad de rebobinar. Y esa pulsión a catalogar los estímulos, las ideas y los acontecimientos en dos cajones básicos es un discernimiento que solemos hacer más allá de la voluntad consciente y razonadora, y con mucha más rapidez de la que utilizamos para analizar incertidumbres domésticas o morales sin tener en cuenta una gran verdad que dijo Epícteto: “lo importante no son los hechos, sino cómo los tomamos”.
Está comprobado por diversos estudios que ambos –intestino delgado y cerebro- desempeñan sus tareas más estrechamente vinculados de lo que nos damos cuenta. De hecho todo en nuestro cuerpo lo hace en ese gran todo que es nuestro Yo, pero éste es uno de los casos más sintomáticos. Un buen ejemplo cotidiano es el hecho de que, si comemos en un ambiente de discusión o de tensión, esa comida nos caerá mal, o también que ante un disgusto se altera automáticamente el hambre (con más frecuencia disminuye o desaparece aunque se da también el caso contrario). Ante fenómenos así de curiosos, cabría preguntarnos ¿quién es el que no ha “digerido” bien? ¿el intestino los alimentos, o la mente la tensión? ¿Cómo afectan el uno al otro o viceversa?
Para esclarecer en lo posible este hermanamiento, y tal como explica muy bien F. Traver en este post, en el aparato digestivo se hallan circulando ciertos neuropéptidos como si de su casa propia se tratara, que vienen a ser como neurotransmisores afincados en el intestino, de lo cual se desprende que el intestino vendría a ser una especie de “pequeña mente digestiva” o que, cuando menos, funciona como tal(1).
La misión del intestino delgado es hacer una especie de bricolage con la materia prima que le vamos suministrando, es decir, una función básicamente de reciclaje, de transformación, desintegrando hasta su nivel molecular esa materia prima para que, a partir de ello, pueda ser elaborado todo lo que el resto de nuestro cuerpo necesitará si quiere seguir vivo: una clave que acaso se corresponde con la transmutación alquímica, el alambique donde se cuece el futuro de todas nuestras células, el mismo lugar, por cierto, donde se ubica según algunos orientales el fuego del Hara, esa caldera en la que los practicantes avanzados de artes marciales aseguran obtener su sorprendente fuerza.
En la mente -cerebro quienes lo prefieran- ocurre algo análogo: en ella hace su entrada contínuamente, desde el mundo exterior y a través de los cinco sentidos conocidos, una enorme dosis de materia prima a cada instante. El reduccionismo es un buen método para analizar, clasificar, ubicar en cajones y decidir a qué estímulo intelectual y/o emocional le ponemos la etiqueta “Para guardar y ya veremos” y cuál etiquetamos como “Para tirar”. Quizá el problema es que, a diferencia del intestino delgado, nos ocupa tanta energía llevar a cabo esa labor de clasificación que nos perdemos en ella y luego nos quedan fuerzas para más, olvidando con frecuencia que, más allá de ponerlas a buen recaudo, además había que reciclar esas moléculas de información, transformar emociones antiguas en asombros nuevos, memorias marchitas en esperanzas a estrenar, transmutar placeres antiguos en dichas presentes, partículas de nuestra pequeña biografía en esencias de potencialidad.
(1) Fritjof Capra, en “La trama de la vida” nos cuenta:
“Tradicionalmente, los neurocientíficos han asociado las emociones cn áreas específicas del cerebro (…) lo cual es correcto. No obstante, no es la única parte donde se concentran los péptidos. Todo el intestino está cargado de ellos. (…) Sentimos literalmente nuestras emociones en nuestras entrañas.”
Deepak Chopra es un médico de origen hindú pero formado en los USA que aglutina en torno a sí la tradición mística de Oriente y el pensamiento cientifico-técnico de occidente en una equilibrada integración. Lo que defiende Chopra es la superación del dualismo y lo que él llama “superstición materialista”, la convicción que sólo desde lo material pueden abordarse los problemas de salud.
Chopra defiende la unidad cuerpo-mente e integra en una visión holistica el cuerpo material, el emocional y el mental.
He recogido en una serie de videos algunas de las propuestas y explicaciones de Deepak Chopra.
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