Archivos para Julio 2008

14
Jul
08

Un saber sobre la ignorancia

La ignorancia es muy atrevida

Dicho popular

En realidad la ignorancia es muy miedosa y por eso se comporta con temeridad, una forma de compensar una minusvalía. La ignorancia aparece como atrevida para disimularse a sí misma y aparecer como una plenitud en menoscabo de la verdad.

Los médicos la llamamos de muchas formas atendiendo siempre a esa cualidad de déficit que se intuye a veces en su emoción correlativa, la desesperación. La llamamos con una curiosa denominación: la nula o escasa conciencia de enfermedad, otros consideran que el enfermo aun no ha llegado a saber que está enfermo y que se encuentra en una especie de limbo o fase precontemplativa, pero ¿es posible estar enfermo y no saberlo?

Los que hayan leido el post anterior ya habrán comprendido que la “enfermedad mental” no es equiparable a la enfermedad fisica. Dificilmente un enfermo fisico puede ignorar su enfermedad a no ser que concurran patrones de ignorancia mentales. Es cierto, lo que caracteriza la enfermedad fisica es la “infirmitas“, la falta de firmeza, es por ello que el enfermo se sabe enfermo y acude al médico en busca de ayuda. Es su incapacidad, su dolor o la disfunción de algun órgano lo que le lleva directamente al Hospital. Sin embargo esto no suele suceder asi con los enfermos mentales, ¿por qué?

Pues porque los enfermos mentales lo ignoran todo sobre su propio malestar, no saben que beben demasiado o que deliran o que están inanes, o que han quedado a merced de un impulso intolerable. Los enfermos mentales son por definición ignorantes: ostentan un bizarro saber sobre si mismos o el mundo que se encuentra anclado en una ignorancia activa, acaparadora de recursos.

Naturalmente no me refiero a ese tipo de ignorancia que tiene que ver con la escasa instrucción o con esa especie de analfabetismo de quien nunca ha leido un libro o ha reflexionado sobre el mundo en el que vive , la ignorancia del enfermo mental no es sólo un no-saber sino que -más allá de eso- es un saber extraviado que se apoya sobre la base de sus propios prejuicios y la defensa numantina de su posición de salida que añade a la torpeza una cualidad de resistencia patética contra corriente.

Y es aqui donde la ignorancia exhibe precisamente su atrevimiento delatando su cualidad alienada, pues todo saber es por definición provisional y sometido a los vaivenes de los aprendizajes eternos a los que el hombre -Sisifo de la cultura- está condenado de por vida.

La ignorancia a la que me refiero es una pulsión antiepistemofílica tal y como la llamó Wilfred Bion, es decir no se trata de algo pasivo, de una renuncia o de un déficit innato sino de un posicionamiento tanático sobre el saber del otro. Un saber que siempre se vive con recelo y con temor pues lo que el paciente quiere en realidad es desconocer -una posición activa de no-saber- lo que conoce de sí mismo en algun otro lugar. El saber-del-otro es siempre un saber amenazante en tanto puede acudir a desvelar lo que el sujeto sospecha en algun oscuro lugar de su lucidez inconsciente, ese lugar donde todo se sabe. El paciente no quiere saber y es por eso que ignora la totalidad en esa forma de “negación de enfermedad” tan curiosa para lo que nos dedicamos a tratar enfermos mentales.

Curiosa y fascinante habilidad para ignorar aquello que los demás ven porque lo saben de otra manera. Aunque para entender bien la cualidad de esta ignorancia deberiamos antes de nada saber dos cosas sobre como discurre el proceso primario, es decir cómo sabe nuestro inconsciente y como guarda ese saber en su memoria.

Todo lo que sabemos inconscientemente, es decir todo lo que sabemos sin necesidad de estar todo el tiempo “sabiéndolo”en la conciencia y sometido a la critica racional de nuestro cerebro reciente (el frontal), se encuentra guardado en forma de patrones de acción fija (PAF), en nuestro cerebro subcortical, en lo que llamamos memoria procedimental y memoria declarativa tal y como apareció en este post. Nótese que el término PAF presupone un movimiento, una acción, un hacer algo, un saber sobre la conducta.

Sin embargo todo lo que allí se guarda no se encuentra archivado en cajones bien etiquetados sino sometido a ciertas leyes de ese archivo general que hemos llamado cerebro subcortical. Estas leyes son:

  • Ley de atemporalidad
  • Ley de no-contradicción

En el inconsciente ni existe el tiempo ni funciona el Sr Hegel, eso solamente sucede en nuestro cerebro racional, alli -en ese oscuro lugar que en otro lado he llamado infierno- nuestros deseos siempre se cumplen siguiendo el principio del placer y son además atemporales es decir siempre se encuentran renacidos como de sus propias cenizas como bien señala el mito del Ave Fenix, activos podriamos decir aunque muy alejados de la conciencia donde tienden a descargarse en forma de cognición o emoción, sueño o conducta.

Deben seguir -hasta llegar a la conciencia- un camino de transformación, un camino donde el deseo se encuentra legislado y sometido a controles remotos, sociales y personales. En esa transformación los deseos llegan a hacerse irreconocibles, hasta establecerse como fenotipo, en este caso estamos hablando de la ignorancia.

En términos simples significa que un deseo de venganza histórico inscrito en ese lugar permanecería activo durante toda la vida del individuo pues se guardó tal cual era, como un patrón de defensa (huida o lucha) y por tanto de gran interés para la supervivencia. Y es aqui donde podemos encontrar precisamente las raices de la ignorancia, ese deseo de no saber. Lo que el paciente no quiere saber es el enlace que existe entre aquel deseo de venganza remoto y su situación actual, algo que de alguna manera le remueve aquel saber insoportable sobre la venganza.

Ahora bien ¿Qué tiene que ver la ignorancia con el deseo de venganza?¿Por qué aquel deseo de venganza precisa ignorarse en todo el trayecto de subida hasta la conciencia?

Porque el sujeto seguramente no ha sabido hacer otra cosa para transformarlo. Carente de capacidad de sublimación o de formaciones reactivas suficientes o de fortaleza para la represión el sujeto optó en un determinado momento por denegar ciertos saberes que por otra parte intuye en sí mismo.

Y más que intuirse a veces se ostentan en esa forma patológica de rasgo de la personalidad que llamamos perfeccionismo, una solución que a veces puede resultar incluso adaptativa en un mundo donde los altos rendimientos son bien valorados, pero que tiene la desventaja de que impide aprender, impide rectificar e impide saber sobre la propia ignorancia. En un cierto grado el perfeccionismo aunque agotador para el individuo puede ser deseable desde el punto de vista social.

Sin embargo el perfeccionismo patologico es un perfeccionismo que lejos de la excelencia invoca la pusilanimidad, la procrastinación y la destructividad. Pues el perfeccionismo solo puede subsistir mediante la abolición de cualquier deseo, exceptuando el deseo de si mismo, el deseo de perfección, y lo hace mediante el embalsamamiento del deseo propio o del otro, cercana a la estrategia del melancólico el obsesivo en este caso se diferencia de aquel en que el obsesivo teme llevar a cabo su venganza mientras que el melancólico es ya reo de la misma, como si la sentencia se hubiera llevado a cabo.

Es en este sentido que la ignorancia es un temor en un lugar y un atrevimiento, una osadia en otro, lo que hace que los perfeccionistas aparezcan a ojos de los demás como personas cargantes y autosuficientes soberbios, y que al mismo tiempo se delanten como ignorantes casi analfabetos a la hora de lidiar con emociones simples y banales. Es ese instalarse en la rutina la mejor forma de alejar la sorpresa y de exorcizar la novedad, verdaderos demonios de la perfección, pues es lo nuevo precisamente lo que puede poner en jaque a la ignorancia siempre atenta de que nada nuevo amenace ese saber del otro lado.

“Mis certezas proceden de mi ignorancia”. O “es tan dificil decir la verdad como ocultarla”, o “El primer paso de la ignorancia es la presunción de saber”, pertenecen a Gracian, que en su “Arte de la prudencia” nos brindó las recetas para sobrevivir en el mundo público. Ignorar y saber deben hallar su justa proporción.

Baltasar Gracian

Lo que viene a señalar de que la certeza es un constructo de que procede la ignorancia y que la ignorancia es un saber activo sobre la verdad que pretende desconocerse.

Mas proverbios sobre la ignorancia

09
Jul
08

Placer y goce: las amistades peligrosas

Las amistades peligrosas es una novela escrita por Choderlos de Laclos en el siglo XVIII y una obra maestra del género epistolar. En ella el protagonista Valmont se escribe con la marquesa de Merteuil viuda, sofisticada y adinerada aristócrata pero maquiavélica y perversa mujer que reta e incita a Valmont a ese ir más allá libertino que caracteriza toda su correspondencia.

La novela, -bien conocida por el gran público a partir del estreno de una pelicula con su mismo nombre y protagonizada por Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer y Uma Thurman -narra las intrigas tramadas por Valmont y la marquesa -cuya relación se ignora aunque se supone que han sido amantes- a fin de seducir a una joven pura educada en un convento, Cecilia Volanges, una especie de Doña Inés tenoriana pero en versión francesa.

Decía Baudelaire que el supremo placer erótico era la convicción de estar haciendo el mal, lo que es otra manera de decir que hay algo en la sexualidad que va más allá del placer sexual puro y duro y que es precisamente ese plus de placer lo que hace falta regular, de eso se ocupan, la religión, la moral y el Estado .

Y de transgredir esa regulación se ocupa precisamente el sujeto individual. Hay algo pues en el deseo sexual que siempre se sitúa en un lugar de exceso, de subversión, de invención y de un ir más allá del simple placer: una rebeldía tan humana que nos resulta incluso familiar y a veces justa.

A ese ir más allá del placer le llamó Jacques Lacan, el goce, (la jouissance) y lo definió del siguiente modo: “placer es aquello que se añade a la vida y goce es aquello que se sustrae a la muerte”. El concepto de goce es algo facilmente reconocible en la conducta de nuestros semejantes y algo además imprescindible para entender el deseo humano, algo que va más allá del reflejo condicionado skinneriano y que situa a lo humano en una dimensión más poperiana que skinneriana, más epistémica que conductual.

Asi Velmont desea seducir a Cecilia Volanges, pero lo que le interesa de ella no es tanto su belleza sino su inocencia. Educada en la moral más rancia y convencional del momento Cecilia acapara en sí los dones que Valmont pretende socavar a través de sus engaños y su constancia en el acecho de la presa. De lo que se trata no es tanto de conseguir a Cecilia sino de retar su resistencia y someterla a la prueba del nueve de la seducción. Es la apuesta que Valmont y la marquesa mantienen y es algo que sólo puede llevar a cabo Valmont, puesto que la marquesa en virtud de su posición no puede acometer por sí misma tamaña heroicidad sin ponerse en entredicho aunque es precisamente ese el deseo que asoma en ella a través de la inducción constante que hace a Valmont acerca de esa posibilidad, asi es la marquesa la que induce, espolea y mantiene.

Y una vez conseguida de lo que se trata es de abandonarla pues el goce no está diseñado para acomodarse a una vida hogareña confortable y práctica, sino precisamente para eludir los compromisos del amor y escamotearle al deseo una cama doméstica aun siendo una cama confortable y acogedora. De eso va el deseo libertino, un deseo que se alimenta en ese recorrido del apetito, resistencia, engaño y consumación. Siempre es necesario el engaño puesto que el plan consiste en abandonar a la presa apenas rendida por amor y es precisamente esta rendición que se hace en nombre del amor lo que hace a la presa tan peligrosa y cuando se ha llegado a este punto lo que se impone es cambiar de victima y buscarse un nuevo reto, un más dificil todavia dejando a la anterior mancillada de por vida y enclaustrada en un convento.

Naturalmente ese arquetipo masculino de goce se encuentra en franco retroceso, no porque haya sido superado por los hombres modernos sino porque ya ninguna mujer resulta mancillada por un escarceo amoroso, todo lo más decepcionada. Es precisamente la actividad que los D. Juanes de hoy practican en un juego sin fin que ha perdido parte de sus condiciones trágicas, y que ha sustituido probablemente el convento por el suicidio o el gesto suicida de la victimizada. Para las mujeres -como en una maldición bíblica- sigue siendo la principal causa de sufrimiento mental y de tentativas de suicidio- me refiero al hecho de ser abandonada a pesar de que ya no exista lacra moral alguna en entregarse a un hombre y que la mayor parte de las veces se haga sin amor.

De manera que el deseo de Valmont es precisamente reiterar el mismo deseo, es el deseo del deseo, el deseo de estar siempre deseando algo dificil y complicado: monjas, doncellas, mujeres casadas de la alta sociedad y con recursos morales para resistirse, este es el goce de Valmont y el goce de D. Juan, otro de los arquetipos -este en versión española de Tirso de Molina- en este caso más democrático puesto que D. Juan no le hace ascos ni a las criadas ni a las campesinas. Queda claro que hay algo más en esta conducta que va va más allá de la consumación del placer, lo que señala en la dirección de que está por hacer una nosologia del goce, puesto que lo que nos interesa de las personas no es tanto como son -su manera de ser- de lo que se ocupan las caracterologias sino su forma de gozar, “dime como gozas y te diré quien eres”, en este sentido una nosología del goce o un mapeo del deseo nos daría a los psicólogos y psiquiatras actuales más datos de nuestros pacientes que eso que en algún lugar se ha llamado rasgo de personalidad, un constructo que aunque se considera cientificamente objetivo, en realidad es furtivo y dificil de atrapar.

Vale la pena recordar ahora otro de estos personajes inmortalizados, esta vez en la musica de Mozart, me refiero a D. Giovanni y a esta aria de la opera.

Como vemos en ese aria “Madamina, il catalogo è questo“, Leporello le enseña a una ex-amante de Don Giovanni, Donna Elvira, el catálogo donde están señaladas las conquistas de su señor: en Italia 640 mujeres, en Alemania 231, 100 en Francia y en Turquía 91, peeeeeeero… en España… en España son ya 1003… No hace distinción entre campesinas, criadas, condesas, baronesas, marquesas o princesas, mujeres de cualquier rango, cualquier tamaño o cualquier edad.

De lo que se trata es de engrosar la lista, es decir asegurarse que el deseo no para y que renace en cada nueva conquista eludiendo al mismo tiempo el amor y abandonando rapidamente a la seducida con objeto de no encariñarse con ella.

Lo cual nos lleva a una reflexión paralela: ¿por qué algunos hombres temen al amor?

El amor suele ser peligroso para los hombres por la misma razón que para las mujeres es la condición para que la rueda del deseo se despliegue. Trataré de hacerlo comprensible:

Los hombres no cambiamos de objeto, pasamos de la madre a la mujer sin solución de continuidad, en un momento determinado nos separamos de nuestra madre (fuente de amor y de dominio) y nos buscamos la vida con objetos sustitutivos, tambien mujeres como ella aunque diferentes en algunas cosas y similares en otras. Este tránsito tiene muchas dificultades, las vicisitudes del deseo masculino tropiezan una y otra vez en ese fantasma edipico: “esa es demasaido parecida a mi madre, esa se llama igual, aquella es demasiado dominante, esa otra seria mas amiga de ella que mia”, etc. La mayor parte de los hombres resuelven este dilema disociando a las mujeres, por una parte las idealizadas: la madre y de otraslas devaluadas “las putas” algo que se conoce como el complejo virgen-puta, es con ellas con quien fornican y solo con ellas, mantienen asi el universo de su deseo impermeable, hay madres y hay putas, “todas las mujeres son putas menos mi madre”, eso es lo que hacen la mayor parte de los hombres que conozco con distinta intensidad pero ese mecanismo por otra parte facilitado socialmente para que los varones no teman el sexo.

Las mujeres no necesitan devaluar o idealizar porque ellas abandonaron a su madre al comenzar su periplo edipico, la abandonaron por amor a su padre, por lealtad con la diferencia sexual y al deseo de tener un hijo con él. Por eso las mujeres no necesitan “putos”, pues no precisan disociar el mundo en putos y santos, es por eso que las mujeres no suelen disociar el sexo del amor y es por eso que las mujeres suelen tener más problemas con el sexo que con el amor que es siempre una reminiscencia de su amor por el padre. Y es por eso que los problemas que tienen las mujeres con el sexo se dan precisamente por el amor, tienen como condicion el amor, si no hay amor, no hay juego y el sexo y el deseo pueden establecerse, pero la dificultad está en que Eros y Afrodita vayan de la mano.

Asi hay diferencias respecto al sexo:

  • En los hombres se da más el miedo al amor si hay sexo.
  • En las mujeres más el miedo al sexo si hay amor.

Es por eso que existen Valmonts, paralelamente a la existencia de Cecilias.

Y más allá de eso porque existe una reglamentación social que trata de embalsamar el deseo individual haciéndolo imposible o regulándolo de tal modo que resulta irreconocible. Es por eso que Cecilia y Valmont juegan el mismo juego sin saber a qué juegan, un juego de subversión que pone el orden social patas arriba al mismo tiempo que sostiene al propio sistema sin cuestionarlo.




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