26
nov
08

El duelo, el rencor y la sal

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El duelo es sin duda una de las causas más conocidas de desequilibrio mental y físico tanto inmediato como diferido, y es, quizá de entre todos los eventos mutágenos, el que más se ha investigado como causa de enfermedad mental, con resultados muchas veces paradójicos y otras veces inquietantes.

Sabemos “que el duelo es el duelo” y que no representa un modelo adecuado para el estudio de la depresión endógena y lo sabemos después de haber reconocido que el termino psiquiátrico “depresión reactiva” es de entre todos el que menos fiabilidad tiene como diagnóstico psiquiátrico y donde casi siempre los factores sociales y los de “beneficio secundario” encuentran su mejor acomódo en la psicopatología.

La perdida afectiva y el duelo, bien a partir de una perdida física o de cualquier otro valor abstracto como la posición o el honor, son a menudo antecedentes biográficos que por encontrarse en el inicio de determinadas patologías, – sobre todo los trastornos afectivos-  pueden ser fácilmente referidas por los pacientes y al ser, además, empáticamente percibidas por los investigadores quizá por eso gozan de un determinado prestigio como eventos desencadenantes en la investigación a expensas de otros eventos que pueden incluso pasar desapercibidos.

La muerte de un hijo/a, de un esposo/a o del padre/madre por este orden son quizá los eventos más duros a los que se enfrenta el ser humano y que ponen a prueba su sistema de adaptación a veces con resultados catastróficos a largo plazo.

Nuestro organismo – me refiero al individuo psiquiátricamente normal – dispone de un sistema de corrección de este tipo de pérdidas afectivas que conocemos con el nombre de duelo, una manera de restituir y redistribuir las cargas afectivas que se depositaron en aquél que –irreversiblemente- se perdió. Se trata de verbalizar, sentir y vivenciar la pena necesaria durante el tiempo necesario para poder neutralizar la pérdida y retirar del obejto perdido las valencias afectivas que se depositaron en él. Se supone – tautológicamente-  que las personas que no llegan a reponerse de este tipo de eventos, son personas que carecen de la capacidad de resolver adecuadamente el duelo que es siempre –en condiciones ideales- un mecanismo resolutivo, uno de esos mecanismos que en otro lugar describí cómo nos llevan a una bifurcación en nuestra vida psíquica.

El duelo, es pues una situación transitoria y adaptativa que aporta la suficiente inestabilidad al sistema para obligarle a cambiar a través del dolor, se trata de “reconocer” primero y readaptarse después a un universo faltante o carente representado por la pérdida concreta y que conduzca al individuo -después de un periodo de crisis y agitación hacia la ataraxia completa; un estado libre de pena, miedo, cólera y ansiedad. En este itinerario, existen diversos grados o etapas o estados intermedios de no resolución optima, que podemos clasificar en los siguientes:

-  Hay un duelo autoresolutivo, fisiológico, comprimido en el tiempo bien sea de alta o de baja intensidad. Se trata del proceso fisiologico e ideal.

– Un duelo inextingible, inconsolable, presidido por la pena silenciosa y la evitación de la compasión ajena.

- Una enfermedad fisica se desarrolla durante el cumplimiento del duelo con independencia de que el sujeto relacione ambos eventos.

- Una yuxtaposición del duelo con un cuadro generalmente afectivo, es decir una complicación psiquiátrica se añade al proceso fisiologico del duelo.

- La negación del duelo. El individuo no puede hacer el duelo, porque el dolor y la pena sobrepasan su sistema defensivo. Quizá a algunas personas les resulte imposible sentir pena y opten por la desesperación colérica o la mortificación continuas, bien en silencio o bien en forma de quejas destinadas a proyectar su desesperación en otros.

En ocasiones la incapacidad de realizar el duelo se relaciona con la extrema aversión del sujeto a ser compadecido. He observado que muchas personas con duelos crónicos que son absolutamente incapaces de tolerar la compasión ajena. Esta podría ser una explicación para su deserción de los rituales sociales benefactores.

Muchos síntomas relacionados con formas crónicas de automortificación tienen como antecedente común, una perdida afectiva significativa que no se resolvió adecuadamente. A veces la reiteración de calamidades, la propensión a los accidentes, la obesidad mórbida y la policirugia electiva son formas de autopenalización, relacionadas con un duelo sin elaborar. Respecto a esta cuestión, me gustaría añadir que el duelo necesita de cierta ayuda externa para poderse realizar, no se trata – en suma- de un mecanismo interno del todo, el duelo precisa de un entorno social que lo formalice mediante una serie de rituales destinados a la catarsis y otra serie de mecanismos destinados a recordarle al sujeto que está de luto (o a que otros hagan duelo por él). Vivimos en una sociedad donde se facilita un olvido demasiado rápido y precoz que se salda la mayor parte de las veces con un estado crónico de malestar cuando no en una depresión franca.

El duelo se  parece mucho al rencor y en su gestión encontramos muchos parecidos. Por ejemplo pensamos que el rencor se resuelve con el perdón y no es siempre cierto: el rencor solo puede ser neutralizado por el amor pues muchas formas de perdón ocultan una mala negociación con el rencor que puede quedar silencioso provocando una enfermedad fisica. El rencor es un resentimiento por una ofensa real o imaginaria que es permanente y tenaz. A diferencia de las pérdidas el rencor se manifiesta con ira en lugar de pena aunque en muchas ocasiones la ira puede ser un derivado de la pena, una externalizacion de la misma. En algunas ocasiones he observado que el rencor es un sentimiento que viene a complicar un duelo no elaborado, simplemente el sujeto deposita su rencor en otra persona con objeto de no sentir pena. Este tipo de sujetos son los que son incapaces de resolver duelos dado que son incapaces de sentir compasión o autocompasión: y hay que recordar ahora que la pena es la señal que induce a los demás a compadecernos.

Señalizar las pérdidas es pues de importancia capital para los humanos pues sólo a través de la crisis somos los humanos capaces de modificar el estatu quo psicológico y cambiar nuestras posiciones de salida con respecto a aquello que se perdió. De tal importancia es este mecanismo que fiarlo todo a nuestros mecanismos psicológicos individuales es una tarea destinada frecuentemente al fracaso, es por esta razón que existen rituales antropológicos que ayudan a los que pierden algo con apoyo comunitario.

En los pueblos indios precolombinos, las tribus sioux, por ejemplo, el luto es un periodo de purificación para el viudo/a. Se le retira de cualquier rol o actividad social y se le prohibe el acceso sexual, hasta el tiempo que el cabeza de familia determine como preciso. Esta prescripción del luto es enormemente protectora para el sujeto, porque sitúa el duelo fuera del sujeto mismo y de su propio albedrío. Al resultar un precepto externo, no intrapsíquico, deja de representar un trabajo suplementario que el individuo puede violar o acatar, resultando esta cuestión irrelevante. En consecuencia, la depresión es prácticamente desconocida en los pueblos que prescriben el luto, como una forma de profilaxis antropológica.

La gente común ya no hace duelos debido en parte al debilitamiento de los apoyos comunitarios y la desamortización de los rituales religiosos que hacian de cemento de unión y cohesión entre la comunidad, hoy el duelo se ha convertido en un trabajo en solitario y es por eso que suele presentarse en la consulta del psicólogo en lugar del templo o el velatorio, el duelo se ha convertido en una especie nosológica que identificar y tratar. En nuestras sociedades opulentas las personas que pierden algún ser querido tienen más probabilidades de acabar con una depresión o al menos con una etiqueta de “depresión reactiva”o de cualquier otra enfermedad psíquica o somática que de establecer un calendario regular que de cuenta del dolor y la pena que la propia pérdida deparó, todo parece estar dispuesto para el olvido y que cada cual se apañe con sus propias fuerzas. La sociedad blanquea y reniega de la muerte y todo parece indicar que el luto se ha convertido en un signo externo sospechoso, la catarsis de la pena en algo de mala educación y la búsqueda de apoyos como un signo de debilidad de carácter.

El duelo no es – en definitiva- sino el aspecto intrapsíquico del luto. En realidad las sociedades que prescriben el luto tienen menos posibilidades de generar depresiones entre sus miembros. Por el contrario, aquellas sociedades donde se sobrecarga el aspecto intrapsíquico de la pena, al trivializar o eludir las prescripciones sociales que lo institucionalizan como una forma de control social sobre el individuo, tienen más probabilidades de generar depresiones, como resultado de la mala gestión individual.

Es en este sentido donde el Natrum muriaticum homeopático adquiere una importancia podríamos decir cultural.

Que la sal común (el cloruro sódico) pueda llegar a convertirse en un medicamento útil para las depresiones es una cuestión que llamará la atención de muchos. Naturalmente que no es un antidepresivo, porque este concepto es un concepto alopático que está en contradicción con el paradigma homeopático, pero el Natrum muriaticum siempre actuará mejor en un entorno de pena contenida, de pena mortificante y no manifiesta y tambien en los casos de rencor, bien si se trata de un rencor proyectado sobre otro o un rencor vuelto contra si mismo.

Es el efecto de la dilución y la dinamización la que le confiere este rango de medicamento a lo que no es – alopaticamente- sino un condimento destinado a proporcionar a la comida un sabor especial que la haga más apetecible. En su sentido homepático el Natrum muriaticum impide a largo plazo tanto la sequedad de la pena tanto como la sequedad del rencor.

No hay que olvidar sin embargo que la sal es un potente tóxico y que los excesos de sodio pueden ser mortales, en este sentido debemos recordar que todo medicamento homeopático se basa en la toxicología, y que su simillinum es el espejo o la acción inversa que el medicamento homeopático logra sobre la intoxicación del mismo a dosis ponderales.

El Natrum muriaticum no es un antidepresivo que se pueda prescribir según los criterios de prescripción de la medicina alopática. Sin embargo funciona mejor en aquellos individuos con un fondo de pena irresuelta, de decepción existencial o de agotamiento nervioso, estén o no deprimidos clinicamente.. En este sentido el diagnostico psiquiátrico tiene muy poca importancia porque puede utilizarse en todas aquellas patologías que remitan a un evento remoto de perdida afectiva o de resentimiento.

A diferencia de Ignatia que se emplea en las perdidas recientes, el Natrum muriaticum despliega un mayor efecto en las perdidas antiguas.

El Natrum muriaticum se adapta bien a las personas “terrestres”, pragmáticas, flemáticas, reservadas y fuertes. Se describen delgados de cintura para arriba y gruesos de cintura para abajo, pegados a la tierra y a la realidad. Se trata de personas que no se quejan y que no buscan el consuelo o la simpatía hacia ellos, que lloran a escondidas y que tienden a la idealización de sus objetos de amor. Son leales y persistentes en sus afectos y quizá por eso tienden a decepcionarse frecuentemente en sus interacciones con los demás. Se trata de personas “secas” que con el tiempo van adquiriendo una sequedad que va más allá de la pura metáfora de carácter.

Se reconocen, en lo particular por su deseo de sal, de pescado, por su predilección por el baño del mar y por su intolerancia al sol. Buscan el aire libre y pueden ser gregarios, aunque no demasiado extrovertidos.

El Natrum muriaticum debe usarse a altas diluciones, desplegando así sus mejores resultados.

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4 Responses to “El duelo, el rencor y la sal”


  1. 1 Cristina Trullà
    noviembre 29, 2008 en 3:58 pm

    Qué importancia tienen para la salud algunas de las cosas que nos empeñamos en rechazar, o peor todavía, en olvidar.
    El duelo y el luto por lo perdido, ese sentimiento, esa práctica que probablemente nos convirtiera en tiempos remotos en humanos.
    Gracias, Paco.

  2. 2 carolina Ortiz
    diciembre 27, 2008 en 2:39 pm

    Para el uso de El Natrum muriaticum, en altas disoluciones, a que se refiere en el caso de un duelo por separación. lleva aprox. unos 4 años, sin salir de un estado de dolor y tristeza internos.
    Ya hay una aceptacion del hecho, pero queda la esperanza con recuerdos entrelazados con idealizaciones de reencuentro.

  3. 3 beatriz tovar
    septiembre 17, 2009 en 8:24 pm

    buenas tardes, si es cierto, perdonar es un acto humildad;pero que dificil es hacerlo. mi hija tiene mucho rencor hacia, por haberle dicho cuando estudiaba, que ni vei el dia que se graduara y se largara, de me echo de su casa y no termino de salir de choque. ( DEL DUELO) le mando siempre bendiciones a ellas y la humnidad entera. pero ya cerre ese siclo. ella en su habitat y yo en el mio. ley de vida. creces y vas.

  4. septiembre 18, 2009 en 11:23 pm

    Mas dificil que perdonar a su hija es perdonarse a uno mismo, ahi está la dificultad.


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