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Feb
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Amar la otredad

Hace pocos días, leyendo sobre el caso de un paciente del psiquiatra Castilla del Pino citado por el filósofo J. A. Marina en Anatomía del miedo, vinieron a mi mente varias asociaciones todas a la vez, que podían resumirse –o intentar resumirse- en una sola: la Otredad.

Ese paciente relata cómo, sin venir a cuento, estando un día sentado cerca de su padre en el salón de su casa, de pronto se fijó en los rasgos de aquel de un modo en que nunca anteriormente lo había hecho. Le eran, súbitamente, “como extraños”, los “vió” de un modo distinto. Esta percepción inusual le provoca al sujeto una sensación de angustia difícil de digerir. No fue –dijo- como si su padre no fuera su padre, pero de todos modos el impacto fue, probablemente, tan desagradable como difícil de describir.

El relato de ese paciente me hizo caer en la cuenta de que –asombrosamente- tenía mucho en común con el impacto causado por experiencias espontáneas de otro tipo vividas por personas absolutamente sanas: sensaciones o vivencias, por otro lado, no necesariamente siempre desagradables. En algunos casos, incluso sumamente agradables.

Como apuntaba hace ya tiempo en un post de mi otro blog, existen –al menos- dos vías distintas de conocimiento. Pueden dárseles distintos nombres pero, para entendernos aquí fácilmente, las llamaré ahora la vía intelectual y la vía intuitiva, rogando al lector que no confunda esta última –a pesar de ese nombre provisional- con el concepto popular de la intuición.

En la primera vía de conocimiento, la intelectual, lo percibido penetra nuestro yo mediante una de las cinco puertas sensoriales (nuestros puentes con el mundo) y, una vez ahí, nuestro sistema nervioso decodifica, analiza, interpreta. Y también juzga. Por ejemplo: (1) oimos un sonido, (2) nuestra inteligencia decodificadora nos informa de que se trata de un violín, y por último (3) juzgamos: “me encanta” o bien “está desafinando”. En realidad el proceso es más complejo si añadimos los vericuetos emocionales (“me gusta ese violín”, “me pone triste”, “me recuerda a una vez que..”, etc.) que ahora mismo obviaré para no alargar demasiado este post. (Si les interesa, pueden leer a Antonio Damasio, neurocientífico portugués artífice de importantes descubrimientos, entre otros, acerca de la naturaleza de los sentimientos y las emociones.)

De la segunda vía que aquí llamo intuitiva, se han pensado y escrito innumerables ideas e hipótesis desde que el ser humano comenzó a preguntarse sobre sí mismo. Oriente –como en muchos otros asuntos de esta índole- parece tenerlo claro. A esta vía que aquí llamo la vía intuitiva, Henry Corbin la llama vía presencial, no mediada (es decir, no mediada por el aparato cognitivo). En general, la visión de la sabiduría oriental sobre el conocimiento profundo pasa inexorablemente por la disolución de los velos que se interponen entre lo percibido (lo externo) y nuestra mente (el Yo interior), una especie de “filtros” que, quizá, más que ayudarnos a aprehender la realidad, la distorsionan, no por un exceso de decodificación y análisis sino por un error en los métodos con que lo percibido es interpretado. Ahí está la trampa. Pero ¿qué hay entre ambos, entre ese mundo real de ahí fuera y nuestro centro vital y perceptor? Krishnamurti también sabía mucho sobre la relación entre observador y observado, e incluso los cuánticos han aventurado ideas nuevas sobre el misterioso engranaje entre uno y otro.

Pero para ponerlo de un modo más sencillo, la frontera básica entre ese “yo” y el resto (el “no-yo”), es la piel, ese envoltorio o frontera que nos delimita del mundo exterior. Y ahí fuera es donde está el Otro. Lipton (La biología de la creencia) opina que el verdadero cerebro de la célula es, en realidad, no su núcleo sino su membrana, por ser quien en primera instancia determina algo tremendamente importante para la vida: qué es Yo y qué no es Yo. Y entre ambos hay un problema: una especie de “filtro”. Suelo llamarlo “gafas de color” que todos llevamos puestas para circular por este mundo cegador. La siguiente pregunta sería ¿podemos percibir el mundo –y al Otro- tal como es mientras lo miremos con esas gafas puestas que en cada uno son de nuestro color subjetivo?

Según la filosofía oriental, ese “filtro” es, en realidad, lo que nosotros llamamos mente. La mente y su subjetividad es la gran trampa, un conglomerado de pre-juicios, de bagaje histórico privado, de emociones antiguas archivadas en nuestro disco duro tan personal e intransferible. Curiosamente, según el sufismo para alcanzar el éxtasis es imprescindible el “aniquilamiento”, un aniquilamiento o muerte del Yo, un despojamiento de la mente terrena. Por su parte, el objetivo final de las técnicas de meditación tan en boga hoy en día es en realidad favorecer el proceso de “limpiado de filtros”, pero sobre meditación escribiré en otra oportunidad porque el tema de este post no es este sino la Otredad.

Centrándonos en esta segunda manera de conocer algo que no es intelectual, la siguiente pregunta casi cae por su propio peso: ¿eso que espera ser conocido se trata de distintas realidades o de una sola? Le dejo esta pregunta a cuantos filósofos y pensadores han dedicado a ello mucha energía, y me limitaré a aventurar una tercera opción: quizá el dilema no sea si hay una o más realidades, sino si existen acaso distintos planos de una misma realidad del mismo modo en que, en el mismo punto exacto del dial de una radio, sólo cambiando la banda de AM a FM podemos encontrarnos con distintas emisoras. Una especie de “base de datos cósmica”, quizá replegada sobre sí misma, donde acaso se conglomere todo el saber, toda la verdad. Pero ¿cómo acceder a esa base de datos cósmica? ¿Podemos “cambiar el interruptor” de AM a FM a voluntad y percibir qué más se está emitiendo en aquella misma frecuencia de emisión pero en otra banda justo por encima o debajo de ella?

Al parecer, el Sapiens sapiens está todavía a medio hacer, como una especie de prototipo que aún está en período de pruebas evolutivas. Según F. Traver la mayoría de enfermedades mentales vendrían a ser una especie de “averías” previsibles en una humanidad que está en fase de “estiramiento”, como los huesos de un adolescente en plena mórfosis hacia su maduración como adulto. Yo, que sé muy poco y además estoy un poco “demodé”, prefiero esa analogía informática que después del boom de las ciencias cognitivas quedó como en desuso pero que, sin embargo, creo que ilustra muy bien algo que desearía dejar lo más claro posible. Supongamos que en un viejo Comodore-64 (que sólo recordamos ya los que pasamos de los 40!) deseáramos instalar el Windows Vista: un sistema demasiado complejo para ser integrado por un cerebro tan rudimentario. Pero esa base de datos cósmica está ahí, sea o no sea nuestro hardware o nuestro software (o la cooperación de ambos) capaces de acceder a ella. Y algunas personas acceden a ella, unas a voluntad y otras espontáneamente.

Y entonces se percibe un atisbo a esa otra realidad que a unos puede volverles locos para siempre o, como mínimo, producirles una gran sensación de angustia por incapacidad de asimilación, en otros proporcionarles un momento de bienestar sencillo pero desconocido, y en otros alcanzar el nivel de éxtasis o arrobamiento cuyo único mal es la imposibilidad de ser descrito ni transmitido mediante palabras. Los más afortunados podemos vivirlo como algo sumamente gratificante, algo que expansiona la conciencia de tal manera que nunca más se vuelve a ser el mismo ni puede volverse hacia atrás. Por suerte.

Y este tipo de experiencias incluye también la percepción del Otro, de la Otredad, y si he comenzado hablando de las dos vías de conocimiento es precisamente porque al Otro también puede percibírsele de dos modos distintos, por esas dos vías. De acuerdo con la primera, el Otro es una cara, una identidad, una mirada, una subjetividad que intelectualmente sabemos distinta. Existe un abismo de discontinuidad que es casi imposible de saltar. Desde nuestra plataforma lógica y racionalizante, todos sabemos muy bien que el Otro es, precisamente, otro, con sus bagajes y archivos y subjetividad inalcanzables y su olor tan diferente al nuestro. Un Otro con ideas propias y afianzadas en su raigambre experiencial y biográfica. En otras palabras, alguien distinto cuyas opiniones y apreciaciones no tienen porqué coincidir con las nuestras. Siendo así, ¿por qué entonces discutimos entonces los humanos en absoluto? me pregunto. La respuesta es: porque en realidad la vía intelectual no es suficiente para percibir al Otro en su inmensidad gozosa. Percibir la Otredad en su esplendidez única y distinta es un goce sublime, extático, que les deseo a todos. Ella, la Otredad del Otro, probablemente no esté ahí para ser aprehendida con el intelecto, sino para ser amada en su esencia misma.


5 Respuestas a “Amar la otredad”


  1. Febrero 28, 2009 a las 9:18 pm

    Un magnifico post Ana, ese final es espléndido:
    la Otredad del Otro, probablemente no esté ahí para ser aprehendida con el intelecto, sino para ser amada en su esencia misma.
    Yo creo que esa sensación de extrañamiento del paciente de Castilla del Pino es enfrentarse directamente y cara a cara con eso que llamas la Otredad, una alteridad radical-

  2. Marzo 8, 2009 a las 12:01 am

    Hola Ana!
    Me ha encantado tu blog!
    la otredad es la puerta de entrada a la alteridad, a ver al otro como un ser que trasciende mi mirada egoica y que se levanta indiscutiblemente distinto y original. Mas alla´de la discontinuidad hay un salto a lo absoluto en el que descubrimos la trama secreta que nos conecta siendo distintos en apariencia.

    Un abrazo de

    luz

    Adriana

  3. 3 Cristina Trullà
    Marzo 8, 2009 a las 12:49 pm

    Paradógicamente, pienso que ‘amar la otredat’ tan solo es posible cuando precisamente ‘el otro’ deja de ser ‘el otro’, o sea, cuando no hay otro, cuando la linea de separación que constituye nuestra piel se difumina, se esfuma… Uy, qué lío!!

    Magnífico post, sí, magnífico!!

  4. Octubre 27, 2009 a las 8:18 pm

    No cristina yo creo que la Otredad excluye la difuminación, el perderse en el otro, la fusion o la indiferenciación. Cada vez más creo que la via acertada es mantener la bipolaridad tensando los hilos y que cada cual se apoye en su propio vacio pues sin vacío no puede haber otredad.


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