“Como es arriba, así es abajo“
(Corpus Hermeticum, Hermes Trismégisto)
“¿Cuál es la relación entre lo conocido y lo desconocido?”
(Krishnamurti)
Con frecuencia, en los temas de difícil aprehensión los humanos solemos facilitarla con paralelismos, metáforas, “comosíes” y diversas ilustraciones.
Una analogía muy usada respecto a la mente es la del iceberg: la parte visible correspondería al consciente cotidiano, y la parte hundida, desconocida, a la parte no visible de esa mole de hielo (¿la Máscara y la Sombra de Jung?).
La idea de la mente como una especie de “filtro” a través del cual percibimos el mundo ya se apuntaba en mi anterior post aunque esta idea no es en absoluto nueva: desde Platón a Krishnamurti ha habido numerosas aproximaciones en este sentido. En esa parte oscura de la mente es donde habitan los fantasmas, los traumas reprimidos -no suprimidos-, las vergüenzas, temores, identidades engañosas, creencias distorsionadoras y demás trapos sucios del alma, parte que en occidente quedaría siempre más -metafóricamente- como algo que está “abajo”, enterrado en la negrura de un Hades profundo donde hay que excavar si se le quiere conocer mínimamente bien o -en su caso- curarnos de anomalías o sufrimientos innecesarios.
En este post quisiera sugerir otro modo de considerar no sólo la mente sino ese misterio que constituyen los llamados estados alterados o no ordinarios de conciencia (ENOC).

El lector ya habrá oído hablar de ellos: se trata de estados de que hablan los grandes místicos de todas las culturas y religiones (del sufismo a Santa Teresa pasando por chamanes de Siberia o México, hasta poetas psicodélicos y gnósticos) y que ha recibido muchos nombres, desde éxtasis místico a alucinaciones por ingestión de hongos (ver Castaneda y Don Juan, Misterios de Eleusis, etc.) Todos ellos tienen varios elementos en común pero la cualidad común más habitual es la inefabilidad (la imposibilidad fáctica de describir esas sensaciones con palabras). Todos los intentos de describir esa vivencia echan mano también de diversas metáforas o comosíes: una luz cegadora que ilumina, una fusión o disolvimiento con el Todo, etc. Todas ellas parecen quedarse siempre cortas y uno sabe ya de antemano que, por más que lo intente o mejor que elija las palabras, resultará absolutamente imposible transmitir esa experiencia a nadie mediante el lenguaje a no ser que ese otro/a posea esa misma vivencia en sus registros particulares. Quizá por esta razón a los iniciados de Eleusis se les prohibía terminantemente siquiera intentarlo.
La revolucionaria teoría de B. Lipton (“La biología de la creencia“) de que el verdadero cerebro de la célula no está en su núcleo sino en la membrana -y que mencioné en el post anterior- es un punto de partida excelente para esta otra idea sobre la mente: el grueso de ésta, esa parte menos cognoscible, esa sombra o Hades en el que supuestamente hay que excavar, quizá no esté después de todo ahí abajo como la parte hundida de un iceberg sino alrededor, a modo de cascarón que se interpone entre nosotros y la realidad-real.
La posibilidad en la que insisto es que la mente como obstáculo en el camino hacia la trascendencia no es algo que esté “ahí abajo” enterrado, sino una membrana o filtro que rodea y aisla periféricamente nuestro ser central del universo, del Todo: de cuanto está ahí fuera.
Me gustaría proponer, por tanto, y partiendo de la visión de Lipton, la analogía de un humano como una burbuja o célula encapsulada dentro de un océano y cuyo interior estaría relleno de ese mismo agua que compone el exterior (los más versados en biología, si lo prefieren, pueden usar como paralelismo la célula misma, con su líquido intra y extracelular separados ambos por la doble membrana de fosfolípidos).
La idea es que la mente actuaría a modo de “envoltorio” o “compuerta” que separa nuestro Yo del universo del mismo modo que lo hace la piel entre nuestro cuerpo y el mundo físico. Dice Alan Watts: “En verdad, es sólo para el pensamiento que la piel separa el cuerpo del resto del mundo. Para la naturaleza, la piel es un agente de relacionamiento al igual que de separación.”
Los llamados estados no ordinarios de conciencia que intentan describirse a la desesperada como una fusión con el Todo y que la ciencia actual sigue investigando serían, entonces, ni más ni menos que exactamente esto: una fusión de nuestra naturaleza con la naturaleza del cosmos… cuando esa membrana separadora se perfora y aparece una grieta, un puente, un vaso comunicante entre nuestra conciencia y el universo: una rendija por la que atisbamos ese gran misterio que yace ahí fuera, eterno e infinito. Ese interminable Todo al que puede llamarse, de entre muchas otras formas, Brahman:
“Los seres que tienen una forma,
en cualquier matriz que se produzcan
el gran Brahmán es su matriz común.”
(Bhagavad Gita XIV, 4)
Esa perforación puede ser tan pequeña como la que haría un alfiler o tan grande como una vía abierta por la que ese líquido exterior (el Todo) fluye a sus anchas del/al interior. Puestas así las cosas y una vez fusionados ambos líquidos, discernir cuál es uno y cuál el otro no deja solamente de ser posible sino, además, de tener sentido alguno: el Yo y el Todo son la misma cosa. ¿Lo fueron desde siempre?

(ilustración de la autora)
Considero preciso, antes de continuar, dejar claro que no debe confundirse el éxtasis (del griego έξτασης = “estar fuera“) y el insight (del inglés, “visión de dentro“). Este último es el término con el que los profesionales “psi” se refieren a una especie de comprensión lúcida o revelación, un clic repentino que se produce en el sujeto cuando logra atisbar dentro de sí mismo y comprender un misterio que le venía produciendo sufrimiento. El éxtasis en cambio, como su nombre indica, parece tener más que ver con una visión de lo que hay -por así decir- “ahí fuera” y que, en función de creencias particulares previas, a veces se identifica como Dios, lo supremo o infinito. A este respecto nos dice Claudio Naranjo:
“[para el profesor Gershom G. Scholem] las religiones tienen su origen en la conciencia de la unidad, en la que no es necesario experimentar un estado excepcional de éxtasis (…) A esto le sigue la religión institucional, que sitúa un abismo entre Dios, el Ser trascendental y las criaturas finitas. Esta es la condición para el surgimiento del misticismo. El misticismo “se esfuerza por juntar los fragmentos que el cataclismo religioso ha roto, por recuperar la antigua unidad que la religión ha destruido, pero en un nuevo plano en el que el mundo de la mitología y el de la revelación se reúnen en el alma del hombre”" (“Una introducción a la búsqueda del crecimiento”, Claudio Naranjo).
Esta perforación de que hablaba antes sería una explicación del porqué los testimonios que tenemos de todas las épocas y culturas intentan -en vano casi siempre- describir a los demás esa sensación como una de fusión o disolución con algo inmenso, infinito, con el Todo, e incluso como de desgarrarse un velo (¿esa línea negra de la ilustración?). ¿Será esta insistencia en la idea de la fusión o comunión una mera casualidad?
Y por otro lado, ¿por qué se produce esa “perforación” o desgarro en la membrana que hasta entonces parecía hermética?
Ignoro la respuesta. Lo que sí es un hecho es que no siempre ocurre a voluntad, como si se hubiera producido una especie de rotura o desgarro inintencionado del cascarón sin control alguno. Es obvio que lo producen ciertas sustancias químicas (LSD) o naturales (hongos como el cornezuelo del centeno), así como músicas y danzas, mantras, rezos, sonidos de ciertos instrumentos, meditación zen, ciertos tipos de respiración y muchas otras técnicas. Probablemente el Opus Magnum alquímico se refiera también a lo mismo y sean muchas las sendas que conducen a una sola y simple Verdad. Stanislav Grof (creador del sistema llamado Respiración Holotrópica, que se basa principalmente en un determinado tipo de respiración unido a ciertos estímulos musicales) opina que algunas patologías mentales no serían sino la incapacidad técnica de asimilar esa “inundación” de líquido -o luz- del exterior. En cambio, sustancias como el cannabis parecen favorecer más la vía introspectiva que un atisbo del universo exterior.
Una gran curiosidad sobre si ambas vivencias -insight y éxtasis o estados no ordinarios de conciencia- tenía que ver entre sí me ha llevado a profundizar en ello en la medida de mis posibilidades. En este momento tiendo a creer que, contra lo que parecería a primera vista, no hay vinculación directa entre ambas por ser demasiados los testimonios que pueden cumplir lo uno sin lo otro, sino que parecen fenómenos desligados, independientes, aunque por supuesto no incompatibles. A partir de multitud de evidencias, se desprende que el estado no ordinario (ENOC) tampoco parece tener relación directa (a) ni con el nivel de conocimientos teóricos ni filosóficos, (b) ni con la cultura, ideología ni época de la humanidad, (c) ni con el nivel intelectual. Dicho de otro modo: los insights alcanzables mediante técnicas de introspección -desde el psicoanálisis a las diversas ramas de la psicología pasando por el psicodrama de Jodorowsky- ni son suficientes para tener mayor probabilidad de ENOCs, ni tampoco parecen -asombrosamente- siquiera imprescindibles. En sentido inverso, esa inefable sensación como de comunión con el Todo tampoco parece ni propiciar ni evidenciar -también asombrosamente- un grado especialmente mayor de conocimiento de sí mismo sino de otro tipo de realidad aunque es obvio que constituye por sí mismo una vivencia tras la cual -salvo excepciones- no puede volverse atrás ni ser el mismo que antes (este sí sería un punto que comparten el insight y el éxtasis o estado no ordinario).
Como único posible efecto del estado ENOC sobre el autoconocimiento apuntaré solamente que, tras vislumbrar por esa grieta momentánea que nuestra esencia es idéntica -o la misma cosa que- ese gigantesco e inefable Todo, la relevancia en términos relativos de los sufrimientos humanos (esa minúscula motita dentro de ese infinito océano vivo) quizá descienda abruptamente simplemente como consecuencia natural de un devastador contraste, lo cual es muy distinto a una comprensión intelectual.
Me preguntaban mientras estaba escribiendo esto para qué serviría entonces esta experiencia. Algunos dicen que la evolución carece de intencionalidad y, en esa línea, preguntarse si existe un porqué y un para qué en todo nos llevaría por otros senderos filosóficos y religiosos (darwinismo versus creacionismo, azar versus diseño intencionado, etc.) que no son objeto de este escrito.
Lo que sí parece evidente a estas alturas es que vivimos como funámbulos crónicos entre dos aparentes realidades: la nuestra -esta de aquí- y la otra -la de ahí fuera. Quizá lo que llamamos estados no ordinarios no sean sino el impactante contacto entre ambas, que cada uno habrá de integrar, como mejor pueda, en su conciencia individual.
Esta experiencia que se conoce también con el nombre de “la Totalidad en la parte” es probablemente una de las experiencias espirituales más potentes para el cambio y el nombre asequible de la “Teoría holográfica del universo” (explicada muy bien aquí para los que deseen estar al día). Un sujeto que ha tenido esta experiencia raramente -como hemos dicho- volverá a ser el mismo, aunque ese cambio no tiene nada que ver con la adquisición de un conocimiento nuevo como sucede en el insight o con el hallazgo de algún tipo de comprensión psíquica, sino con el descubrimiento de una hiperconexión entre el arriba y el abajo, de una relación de sentido cósmica que se acompaña de un sentimiento de comunión o -paradójicamente- de un vacío de Yo que se inunda de compasión y en una atmósfera de bienestar indescriptible.
A modo de epílogo, les dejo el testimonio particular del científico Fritjof Capra, físico y autor, entre otros, del magnífico libro “El Tao de la física“, “Las conexiones ocultas“, etc:
“Estaba sentado una noche al borde del océano una noche de verano, mirando desfilar las olas y sintiendo el ritmo de mi respiración, cuando tomé de repente conciencia de todo mi medio ambiente como estando implicado en una gigantesca danza cósmica.
Siendo físico, sabía que la arena, las rocas, el agua, el aire alrededor de mí estaba compuesto de moléculas vibrantes y de átomos, consistiendo en partículas que crean y destruyen otra por interacción. Sabía también que la atmósfera de la Tierra estaba contínuamente bombardeada por las lluvias de rayos cósmicos y partículas de alta energía sometidas a múltiples colisiones cuando penetran en el aire. Todo esto me era familiar por mi investigación física sobre altas energías, pero hasta ahí sólo lo habiá experimentado a través de gráficos, de diagramas y de matemáticas. Mientras estaba en la playa, mis experimentos pasados se volvieron vivientes. Ví cascadas de energía bajar del espacio en cuyo seno las partículas estaban siendo creadas y destruidas según pulsaciones rítmicas. Ví los átomos de los elementos y los de mi cuerpo participar en esta danza cósmica de la energía. Sentía los ritmos y entendía los sonidos, y en ese momento preciso supe que era la danza de Shiva, el señor de la danza adorado por los hindúes.”
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