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sep
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Desaprender para aprender

El duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar

(F. García Lorca)

Sin título-1 copia

Cuentan que preguntó un día la rana al ciempiés cómo hacía para mover tantos pies de un modo tan eficiente y coordinado, y que cuando el ciempiés se paró a pensarlo para responder, no supo volver a caminar nunca más.

Es algo conocido que cuando nos rascamos o revolvemos el café no tenemos que enviar órdenes conscientes para alzar la mano, dirigirla hacia esas coordenadas concretas, mover la musculatura de un modo determinado a un ritmo previamente calculado, etc. Si así fuera, estaríamos casi todo el día ocupados en ese tipo de órdenes.

Piensen en lo siguiente: solamente para cruzar una calle, en el instante en que damos una instantánea ojeada al coche más cercano que se aproxima hacia el paso de peatones, el cerebro está realizando los siguientes cálculos:

- la distancia entre ese coche y nosotros

- la velocidad estimada de ese coche

- nuestra velocidad máxima (corriendo, si es preciso)

- si, dados los parámetros anteriores, existe la posibilidad de que ambas trayectorias se crucen (con lo cual nos atropellaría)

- si existe esa posibilidad, no cruzamos; si queda descartada, cruzamos.

Y todo eso en una fracción de segundo. Algunos dirían que “presintieron” que si cruzaban le atropellarían.

Otras veces, “presentimos” que alguien no es de fiar. Si analizáramos lo que ocurre, posiblemente nos daríamos cuenta de que esa persona no mantenía el contacto visual el número de segundos suficientes (¿acaso no sabemos todos algo de lenguaje no-verbal de modo innato o, digamos, intuitivo?). Si a eso le sumamos (le sumó nuestro cerebro) alguna maledicencia oida sobre un acto poco congruente cometido por esa persona, o bien la forma de su boca nos recordó a la de alguien que no simpatizamos mucho de adolescentes, ya tenemos el resultado de la fórmula. Todo ello sin darnos cuenta, y el resultado es, en este ejemplo, que esa persona “no sabemos porqué pero no nos inspira confianza”.

Son innumerables los ejemplos de la multitud de cálculos que llevamos a cabo inconscientemente (sin intervención de nuestra voluntad consciente) gracias a la mayoría de los cuales seguimos vivos. Por supuesto, hay muchas otras decisiones que probablemente es mejor tomar en base a cálculos conscientes, estimación de pros-contras, cálculos aproximados de probabilidades, etc. (Algunos investigadores, dicho sea de paso, han llegado a la conclusión de que tras toda decisión consciente yace siempre una emoción básica, pero esto es otro tema que no es objeto de este post.)

Otra cosa que sabemos es que, cuando pensamos demasiado, interferimos con el raciocinio en aquellos mecanismos que normalmente se desenvolverían por sí solos, automáticamente por así decir (en este post se explica qué son los PAFs). Es como si la naturaleza recomendara dejar que el organismo y la mente hicieran lo que ya saben hacer, y dejar los cálculos de pros y contras (y su resultado) sólo para aquello en que necesitamos la voluntad y el análisis racional (p.e. para resolver un problema matemático, para la compra de un piso, etc.).

En este video Mentes privilegiadas se muestran unos estudios que confirmaron una vez más que, al parecer, nuestro cerebro actúa de un modo mucho más operativo si no se interfiere en ciertos automatismos, como p.e. leer. En uno de los experimentos, se muestran varias frases al sujeto y éste lee en voz alta lo que “vé”. Lo curioso es que algunas frases contenían leves errores tipográficos o sintácticos… que el sujeto no “leyó”, corroborando que el cerebro no vé lo que vé sino lo que espera ver. Lo asombroso de ese experimento es que, desconectando ciertas áreas del cerebro racional y dejando por tanto que el individuo lea sin que ésas actúen… no se cometen fallos de lectura. Sin duda se debe a que no actuaron las creencias previas (qué es lo que debería poner ahí). Es decir, haciéndolo así, el cerebro vé lo que realmente hay, sin intervención de expectativa alguna, esa modulación personal del futuro que tanto nos tienta con frecuencia. Uno de los investigadores comenta ahí:

“Es fascinante que tengamos que desconectar partes del cerebro para descubrir aptitudes ocultas… Que tengamos que discapacitar parte del cerebro para extraer habilidades … Estas no son las habilidades del que tiene algo más, son las habilidades del que tiene algo menos…”

Parecería que el Homo sapiens sapiens es, a veces, incluso demasiado inteligente… tanto que comete errores por pensar cuando no debe.

Muchos tenemos el vicio de analizar, racionalizar, calibrar cosas, situaciones o proyectos cuando no es necesario. “Déjate fluir” solemos aconsejar a los demás, pero ¿es eso tan fácil de llevar a cabo una vez desarrolladas, durante cientos de miles de años, unas capacidades que a primera vista nos han resultado adaptativas? ¿No será que nos hemos viciado con ellas como el niño a quien regalaron una bufanda y no se la quiso quitar nunca más ni para dormir hasta que se le quedó pegada al cuerpo? (como en “El caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher).

Hay que desaprender para poder aprender.

O, como dijo Krishnamurti, una taza (la mente) sólo tiene sentido cuando está vacía, no llena.

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9 Responses to “Desaprender para aprender”


  1. septiembre 20, 2009 en 8:42 pm

    Lo cierto es que esos músicos “savants” que salen en el video vienen a representar el paroxismo de un virtuosismo que en mi opinión parece talento y seguramente lo es pero se trata de un talento que no tiene nada que ver con los talentos habituales que conocemos y que se cobra a cambio un cuantioso peaje en forma de disadaptación para otros ámbitos de la vida. Todo pareciera señalar en la dirección de que la evolución ha ensayado mutliples estrategias para dotar a los humanos de habilidades cognitivas e instrumentales (nunca mejor dicho) que crecen casi siempre a expensas de lo emocional, o lo social.
    Efectivamente esos niños tienen algo menos pero no creo que sea cierto que haya siempre que pagar ese precio, al fin y al cabo esos “savants” quedan muy bien como espectaculo pero ¿cual será la aportación que harán a la humanidad?.

  2. septiembre 21, 2009 en 8:45 pm

    Quizá los savants hay servido para saber un poco más -sólo un poco más- sobre los humanos, igual que sabemos más estudiando a los animales y a las estrellas. Desde luego a primera vista estoy de acuerdo, parecen de circo, como l’Home Elefant…

  3. 3 malu gascon
    septiembre 22, 2009 en 4:37 am

    Tan cierto que una taza cumple su función cuando está vacía…!! Es tarea de dejar ir los contenidos de nuestra taza para aprender de nuevo….Esto sabemos que no es facíl, pero tampoco imposible..creo que el observarse con las espectativas, prejuicios, raciocinios… ayuda a por lo menos estar más conscientes de lo que hacemos. Y a rectificar lo que podamos.. Volver a ser niños con las sorpresa de ver lo viejo como nuevo..

  4. septiembre 30, 2009 en 11:22 am

    Los animales y las flores no se equivocan nunca. El error es humano, y tal vez sea el mejor maestro. El día a día es un continuo pacto con el error. Fluir o no fluir depende en gran medida de las exigencias del momento, o eso creo, pensar es igual que correr: no se puede parar de golpe.
    No sé si añadir “Algo más…”, ¡ay!
    Sí, algo a lo que doy vueltas estos días ¡ay!: ¿cómo relacionarías tu post con la hamartia?

    Saludos

  5. octubre 1, 2009 en 8:20 pm

    Frac: ahora que sé que te referías a la hamartía aristotélica y no a la amartía-simple pecado, me habré de leer la Ética a Nicómaco y pensármelo bien, porque la frontera a primera vista me parece difusa, aunque tampoco acabo de ver en qué has podido relacionarlo en tu mente siempre lúcida con los detalles, hasta los invisibles :)

  6. 6 RH
    octubre 8, 2009 en 10:03 am

    Escribía Korolenko: la necesidad es la señora de nuestros movimientos. Y quien aquí comenta piensa a veces en lo útil del olvido “razonable” (puesto que el verdadero olvido puede que no exista) para poder asimilar cuanto con apariencia de nuevo se nos pueda presentar.

    Presumo en lo irracional del alma
    el racional sosiego del ser”.

    Procuro comprender, atenazado por toda la riqueza de limitaciones que poseo, la simple existencia de un hecho cierto: la capacidad de compartir entre algunas mentes privilegiadas y otras que no lo somos, brevedades próximas a lo perfecto.

    Un placer leerte, Ana.

  7. octubre 8, 2009 en 8:36 pm

    Gracias RH por la referencia a Korolenko (a quien no conocía) y por tu comentario.
    Sí, Anangé tiene mucho que decir en todo movimiento. No sé si hay olvidos razonables, pero unos parecen más sensatos que otros en el sentido de que hay que “hacer espacio” para lo nuevo (vaciar la taza), como los ordenadores, y parecería que nuestra mente ya aparece en el mundo sabiendo eso.
    Y sí, compartir: de eso va la Red.

  8. octubre 27, 2009 en 2:17 am

    Savants una isla de sabiduría rodeados de un oceáno de ignorancia
    Abrazo de luz
    Adriana

  9. 9 Jacobo
    noviembre 1, 2009 en 12:19 pm

    ¡Hola Paco! Llevo varias semanas metiéndome en este blog (y en el de las hadas y el rey carmesí,claro) absorbiendo las cosas que nos cuentas y disfrutándolas mucho. Relacionado con este post quería ofrecerte y ofreceros una obra que posiblemente conozcais y que a mí me pareción muy original. Se trata de “Decisiones instintivas” de Gerd Gigerezner, en la que se plantea las características que tienen nuestras decisiones. Me acordé de él por el ejemplo del ciempiés, ya que este autor defiende que si preguntásemos a un jugadord de beisbol qué pasos sigue a la hora de recoger una bola que va por el aire no sabría explicarlo. Una de las conclusiones más sorprendentes es el nivel de conocimiento de una materia puede jugar en contra de una buena decisión; así, una persona con conocimiento medio sobre cualquier tema puede resultar menos eficiente en sus respuestas que una persona que apenas sabe nada. El azar juega a favor del más ignorante porque sus decisiones instintivas no entran en conflicto con los conocimientos adquiridos. Una obra muy gustosa, os la recomiendo.
    Un saludo a todos


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