Archivos para Noviembre 2009

22
Nov
09

Jung, Hipócrates y el poliedro humano

La distinción de los cuatro temperamentos, que hemos tomado de la Antigüedad, apenas puede llamarse tipificación psicológica, desde el momento que los temperamentos casi puede decirse que no son otra cosa que complexiones psicofisiológicas.”

Sin duda Jung se refiere ahí a los cuatro temperamentos que Hipócrates había asociado a los cuatro humores presentes en el organismo, una clasificación que parece menoscabar cuando dice “no son otra cosa que”. Llama la atención que lo que él denominó las cuatro funciones de la conciencia (pensar, sentir, percibir, intuir) se correspondan tanto con el predominio de cada uno uno de los valores líquidos del cuerpo que veinticinco siglos antes intuyera Hipócrates. Es curioso asimismo que Jung parezca poner en distintos cajones lo físico y lo psíquico (“no son más que complexiones psico-fisiológicas”) cuando él mismo supo sintetizar de un modo tan lúcido lo intangible con lo tangible.

Dado que Hipócrates no disponía de medios tecnológicos para llevar a cabo estudios publicables en ningún Journal de renombre, imaginamos que basó su clasificación cuaternaria en todo cuanto le diera de sí la observación y la empiria. En realidad, basta la observación para darse cuenta de que quien camina lento suele hablar lento, pensar lento, o comer lento (y al contrario). O que las personas de mejillas carnosas y blandas (temperamento linfático) suelen ser más glotonas y tener menos fuerza de voluntad que aquellas atléticas y rojizas (aire). O que las personas de frente baja sean mucho menos dadas a la objetividad que aquéllas con frente alta. O que las manos de dedos largos correlacionen con el amor al detalle y el análisis, mientras que los dedos espatulados y cortos suelan pertenecer a personas con facilidad para sintetizar. ¿Observaría Hipócrates todo esto? Quién sabe.

En todo lo que está dotado de vida, la misma nota puede resonar en distintas octavas, cada una puede ser “pulsada” en varios niveles.

Marte es un planeta “rojo”, color que asociamos a la belicidad, el fuego, la energía o la voluntad, y por ende al músculo y la fuerza, pero el rojo es –casualmente- el color de la sangre. Cuando hablamos de fuerza o de voluntad ¿podemos disociar la física de la psíquica? Cuando hablamos de calor, ¿no es acaso la sangre -y no la linfa- la que aporta calor a la piel? Inflamación viene de flama (lat.) y en griego se llama flegmoní que también viene de flóga (llama). No es de extrañar que a nadie se le ocurra pintar la habitación del bebé de rojo (el color de la floga) sino de verde pálido: por instinto y aunque nadie nos lo haya contado, sabemos con una sabiduría ancestral que la frecuencia del color rojo es más alta (es decir, su longitud de onda más baja) que la del verde, y, como está comprobado, aquél exalta la agresividad mientras que el verde propicia la relajación (aquí tienen un blog muy completo sobre la Psicología del Color), del mismo modo que sabemos hoy día que ciertos sonidos (los agudos) excitan y otros (los graves) relajan. Lo saben bien sobre todo quienes se dedican a la terapia del sonido; está comprobado el efecto terapéutico del sonido de ballenas y delfines en niños autistas, hiperactivos o con síndrome de Down, como lo sabe también la industria discográfica especializada en músicas para la relajación.

(Notas tomadas en el seminario "Sonidos terapéuticos", por el mexicano M. Arrieta, may-2005)

Los distintos “niveles” de que hablaba más arriba, o distintas octavas de la misma nota, se refieren no sólo a distintos niveles de densidad o sutilidad, sino de la expresión perceptible de un mismo tipo de energía. En el ejemplo anterior, decir “sangre” es análogo a decir “rojo”, a decir “Do sostenido”, “Marte”, a decir “voluntad”, a decir “Ares”, etc. El sonido audible oscila entre 10 y 1000 Hz y el color a frecuencias 1×10(4). ¿Será el universo una gigantesca gama de frecuencias?

Astronómicamente hablando, Mercurio es el planeta más rápido (por estar más cerca del Sol y ser su elíptica la más corta). Las personas mercuriales suelen ser pequeñas, movedizas (aunque no musculadas), hábiles con la palabra y rápidos de reflejos. Astrológicamente están representadas por el signo Géminis aunque no es preciso tener ahora ninguna opinión sobre la astrología, dado que también en las profesiones están plasmadas en comerciantes, conferenciantes, escritores y todos cuantos deben manejar el logos para transmitir ideas de un lado a otro. Al fin y al cabo, no en vano Hermes era el mensajero de los dioses y no su decorador, ¿casualidad?

Ya -dirán ustedes-, los mitos ancestrales provienen de la mera observación del cielo. Pero -les diré yo- ocurre que, en el caso de la astrología, ésta es anterior a los telescopios y a los cálculos de distancias interplanetarias. Mucho más antigua, incluso, que el conocimiento de que la Tierra era redonda. Lo llamemos como lo llamemos, el humano mercurial suele tener las manos pequeñas, ágiles y finas del taumaturgo, su piel es rosada y camina rápido (a pasos largos o cortos en función de si predomina, por otra parte, la humedad o la sequedad). Decir “Mercurio” o “Hermes” es, por tanto, lo mismo que decir “chakra 5”, el que resuena con la garganta, el órgano de la palabra.

El temperamento tierra (que correspondería a la función sensorial de Jung y a la bilis amarilla de Hipócrates) suele ser amarillento o terroso, de ojos más bien hundidos, suele caminar lento y, al ser la tierra la conjunción de lo frío y lo seco, en las palmas de sus manos observamos gran número de líneas (debido al mayor grado de sequedad de la piel) las cuales suelen ser poco pronunciadas (por falta de calor). Es realista, puntilloso y pragmático y su punto débil en la octava fisiológica son huesos o el intestino delgado, el órgano más pragmático de todos como se explica aquí.

Puestas así las cosas, relacionar una nota musical con un color, con un chakra o con un arquetipo parece juego de niños, pero, volviendo al cuatro, lo más curioso es que, bien sean los temperamentos de Hipócrates o bien sean las funciones de Jung el origen de todo este enredo, éstos cuatro tipos fueron divididos posteriormente por el propio Jung en dos sub-tipos que llamó introvertido y extrovertido. Estos conceptos de la escuela junguiana llevan a confusión, pues no significan exactamente lo que popularmente entendemos por tales, sino que establecen dos tipos de personalidad en función de si el foco central de la atención se ubica dentro o fuera del Yo, es decir, de si lo más importante para uno es uno mismo (sujeto) o algo/alguien externo (objeto). Podríamos decir que el introvertido junguiano es centrípeta y tiende a ajustar el entorno a de sí mismo, y el extrovertido junguiano es centrífugo y tiende a ajustarse a sí mismo al entorno. De la combinatoria, pues, entre los cuatro temperamentos o cuatro funciones y los tipos introvertido y extrovertido surgieron los ocho tipos de Heymans-Le Senne, clasificación utilizada aún aún por la psicología actual y también por los grafólogos. Pero de grafología se hablará en otra ocasión pues, como podían adivinar, en la letra también se agazapan el calor y el frío, la humedad y la sequedad.

Somos una malla móvil de posibilidades que se retuerce entre firmas, colores, órganos y puntos corporales débiles o fuertes, fuerzas centrífugas o centrípetas, dioses del Olimpo, sonidos; somos astros y hasta arcanos con conciencia. Somos poliedros rodantes de varias caras y todo es según el ángulo desde el que se nos mira, de si nos observa el psicólogo o el cromoterapeuta, de la octava con que resonemos en cada momento. Y con quién.

15
Nov
09

Mente digestiva, intestino mental

intest-cerebroNo son casuales expresiones como “he de digerir bien esa idea” o “a mi vecino no lo trago” en vez de “he de oler bien esa idea” o “a mi vecino no lo toco nada”.

Si toman ustedes un poco de plastilina, hacen con ella un gusano muy largo y delgado y, cuando lo tengan hecho, lo aplastan bien entre las manos hasta hacer de ello una bola compacta, obtendrán una reproducción muy gráfica del encéfalo… y también del intestino delgado.

En nuestro interior, el intestino es el encargado de disociar, de discernir qué es bueno y qué es malo: un órgano al que le tocó desempeñar una función labor bastante cartesiana, apremiado como vive por la obligación crítica de decidir –y decidirlo además con prontitud- entre el sí o el no, entre “esto me lo quedo” o “esto lo tiro”, que es muy parecido a lo que hacemos nosotros en esa curiosa catársis semestral de los climas templados conocida como “cambio de armarios”. Imaginamos que debe ser una tarea muy estresante para un tubo de paredes de tejido muscular, mucosas, neuropéptidos y divertículos, tener que decidir siempre con urgencias entre aprovechar y tirar, entre bueno o malo, entre ceros y unos.

El encéfalo es también dual: está dividido en dos hemisferios que procesan todo material venido del exterior de dos modos bastante distintos. Y es dual también porque tendemos a concebir el mundo exterior bajo otra necesidad igualmente apremiante de otorgarle a todo una categoría que por consenso llamamos “juicio de valor” (es decir, “esto bueno” / “esto malo”, o “esto me conviene” / “esto lo tiro” porque “esto me produce (o producirá) placer” / “esto me produce (o producirá) dolor”). Lo cual no es ninguna banalidad, pues no es lo mismo tratar de integrar opuestos de modo armonioso que la sensación de tener que elegir entre la posibilidad de goce y la posibilidad de sufrimiento sin posibilidad de rebobinar. Y esa pulsión a catalogar los estímulos, las ideas y los acontecimientos en dos cajones básicos es un discernimiento que solemos hacer más allá de la voluntad consciente y razonadora, y con mucha más rapidez de la que utilizamos para analizar incertidumbres domésticas o morales sin tener en cuenta una gran verdad que dijo Epícteto: “lo importante no son los hechos, sino cómo los tomamos”.

Está comprobado por diversos estudios que ambos –intestino delgado y cerebro- desempeñan sus tareas más estrechamente vinculados de lo que nos damos cuenta. De hecho todo en nuestro cuerpo lo hace en ese gran todo que es nuestro Yo, pero éste es uno de los casos más sintomáticos. Un buen ejemplo cotidiano es el hecho de que, si comemos en un ambiente de discusión o de tensión, esa comida nos caerá mal, o también que ante un disgusto se altera automáticamente el hambre (con más frecuencia disminuye o desaparece aunque se da también el caso contrario). Ante fenómenos así de curiosos, cabría preguntarnos ¿quién es el que no ha “digerido” bien? ¿el intestino los alimentos, o la mente la tensión? ¿Cómo afectan el uno al otro o viceversa?

Para esclarecer en lo posible este hermanamiento, y tal como explica muy bien F. Traver en este post, en el aparato digestivo se hallan circulando ciertos neuropéptidos como si de su casa propia se tratara, que vienen a ser como neurotransmisores afincados en el intestino, de lo cual se desprende que el intestino vendría a ser una especie de “pequeña mente digestiva” o que, cuando menos, funciona como tal.

La misión del intestino delgado es hacer una especie de bricolage con la materia prima que le vamos suministrando, es decir, una función básicamente de reciclaje, de transformación, desintegrando hasta su nivel molecular esa materia prima para que, a partir de ello, pueda ser elaborado todo lo que el resto de nuestro cuerpo necesitará si quiere seguir vivo: una clave que acaso se corresponde con la transmutación alquímica, el alambique donde se cuece el futuro de todas nuestras células, el mismo lugar, por cierto, donde se ubica según algunos orientales el fuego del Hara, esa caldera en la que los practicantes avanzados de artes marciales aseguran obtener su sorprendente fuerza.

En la mente -cerebro quienes lo prefieran- ocurre algo análogo: en ella hace su entrada contínuamente, desde el mundo exterior y a través de los cinco sentidos conocidos, una enorme dosis de materia prima a cada instante. El reduccionismo es un buen método para analizar, clasificar, ubicar en cajones y decidir a qué estímulo intelectual y/o emocional le ponemos la etiqueta “Para guardar y ya veremos” y cuál etiquetamos como “Para tirar”. Quizá el problema es que, a diferencia del intestino delgado, nos ocupa tanta energía llevar a cabo esa labor de clasificación que nos perdemos en ella y luego nos quedan fuerzas para más, olvidando con frecuencia que, más allá de ponerlas a buen recaudo, además había que reciclar esas moléculas de información, transformar emociones antiguas en asombros nuevos, memorias marchitas en esperanzas a estrenar, transmutar placeres antiguos en dichas presentes, partículas de nuestra pequeña biografía en esencias de potencialidad.

11
Nov
09

Deepak Chopra

deepak

Deepak Chopra es un médico de origen hindú pero formado en los USA que aglutina en torno a sí la tradición mística de Oriente y el pensamiento cientifico-técnico de occidente en una equilibrada integración. Lo que defiende Chopra es la superación del dualismo y lo que él llama “superstición materialista”, la convicción que sólo desde lo material pueden abordarse los problemas de salud.

Chopra defiende la unidad cuerpo-mente e integra en una visión holistica el cuerpo material, el emocional y el mental.

He recogido en una serie de videos algunas de las propuestas y explicaciones de Deepak Chopra.

El poder del pensamiento.-

Video 1.-

Video 2.-

Video 3.-

Video 4.-

Video 5.-

Video 6.-

Video 7.-

Curación cuántica.-

Video 1.-

Video 2.-

Video 3.-

Video 4.-

Video 5.-

Video 6.-

Video 7.-

Sonidos curativos.-

Video 1.-

Video 2.-




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