No son casuales expresiones como “he de digerir bien esa idea” o “a mi vecino no lo trago” en vez de “he de oler bien esa idea” o “a mi vecino no lo toco nada”.
Si toman ustedes un poco de plastilina, hacen con ella un gusano muy largo y delgado y, cuando lo tengan hecho, lo aplastan bien entre las manos hasta hacer de ello una bola compacta, obtendrán una reproducción muy gráfica del encéfalo… y también del intestino delgado.
En nuestro interior, el intestino es el encargado de disociar, de discernir qué es bueno y qué es malo: un órgano al que le tocó desempeñar una función labor bastante cartesiana, apremiado como vive por la obligación crítica de decidir –y decidirlo además con prontitud- entre el sí o el no, entre “esto me lo quedo” o “esto lo tiro”, que es muy parecido a lo que hacemos nosotros en esa curiosa catársis semestral de los climas templados conocida como “cambio de armarios”. Imaginamos que debe ser una tarea muy estresante para un tubo de paredes de tejido muscular, mucosas, neuropéptidos y divertículos, tener que decidir siempre con urgencias entre aprovechar y tirar, entre bueno o malo, entre ceros y unos.
El encéfalo es también dual: está dividido en dos hemisferios que procesan todo material venido del exterior de dos modos bastante distintos. Y es dual también porque tendemos a concebir el mundo exterior bajo otra necesidad igualmente apremiante de otorgarle a todo una categoría que por consenso llamamos “juicio de valor” (es decir, “esto bueno” / “esto malo”, o “esto me conviene” / “esto lo tiro” porque “esto me produce (o producirá) placer” / “esto me produce (o producirá) dolor”). Lo cual no es ninguna banalidad, pues no es lo mismo tratar de integrar opuestos de modo armonioso que la sensación de tener que elegir entre la posibilidad de goce y la posibilidad de sufrimiento sin posibilidad de rebobinar. Y esa pulsión a catalogar los estímulos, las ideas y los acontecimientos en dos cajones básicos es un discernimiento que solemos hacer más allá de la voluntad consciente y razonadora, y con mucha más rapidez de la que utilizamos para analizar incertidumbres domésticas o morales sin tener en cuenta una gran verdad que dijo Epícteto: “lo importante no son los hechos, sino cómo los tomamos”.
Está comprobado por diversos estudios que ambos –intestino delgado y cerebro- desempeñan sus tareas más estrechamente vinculados de lo que nos damos cuenta. De hecho todo en nuestro cuerpo lo hace en ese gran todo que es nuestro Yo, pero éste es uno de los casos más sintomáticos. Un buen ejemplo cotidiano es el hecho de que, si comemos en un ambiente de discusión o de tensión, esa comida nos caerá mal, o también que ante un disgusto se altera automáticamente el hambre (con más frecuencia disminuye o desaparece aunque se da también el caso contrario). Ante fenómenos así de curiosos, cabría preguntarnos ¿quién es el que no ha “digerido” bien? ¿el intestino los alimentos, o la mente la tensión? ¿Cómo afectan el uno al otro o viceversa?
Para esclarecer en lo posible este hermanamiento, y tal como explica muy bien F. Traver en este post, en el aparato digestivo se hallan circulando ciertos neuropéptidos como si de su casa propia se tratara, que vienen a ser como neurotransmisores afincados en el intestino, de lo cual se desprende que el intestino vendría a ser una especie de “pequeña mente digestiva” o que, cuando menos, funciona como tal(1).
La misión del intestino delgado es hacer una especie de bricolage con la materia prima que le vamos suministrando, es decir, una función básicamente de reciclaje, de transformación, desintegrando hasta su nivel molecular esa materia prima para que, a partir de ello, pueda ser elaborado todo lo que el resto de nuestro cuerpo necesitará si quiere seguir vivo: una clave que acaso se corresponde con la transmutación alquímica, el alambique donde se cuece el futuro de todas nuestras células, el mismo lugar, por cierto, donde se ubica según algunos orientales el fuego del Hara, esa caldera en la que los practicantes avanzados de artes marciales aseguran obtener su sorprendente fuerza.
En la mente -cerebro quienes lo prefieran- ocurre algo análogo: en ella hace su entrada contínuamente, desde el mundo exterior y a través de los cinco sentidos conocidos, una enorme dosis de materia prima a cada instante. El reduccionismo es un buen método para analizar, clasificar, ubicar en cajones y decidir a qué estímulo intelectual y/o emocional le ponemos la etiqueta “Para guardar y ya veremos” y cuál etiquetamos como “Para tirar”. Quizá el problema es que, a diferencia del intestino delgado, nos ocupa tanta energía llevar a cabo esa labor de clasificación que nos perdemos en ella y luego nos quedan fuerzas para más, olvidando con frecuencia que, más allá de ponerlas a buen recaudo, además había que reciclar esas moléculas de información, transformar emociones antiguas en asombros nuevos, memorias marchitas en esperanzas a estrenar, transmutar placeres antiguos en dichas presentes, partículas de nuestra pequeña biografía en esencias de potencialidad.
(1) Fritjof Capra, en “La trama de la vida” nos cuenta:
“Tradicionalmente, los neurocientíficos han asociado las emociones cn áreas específicas del cerebro (…) lo cual es correcto. No obstante, no es la única parte donde se concentran los péptidos. Todo el intestino está cargado de ellos. (…) Sentimos literalmente nuestras emociones en nuestras entrañas.”
La no localidad de la mente; en cada parte, grande o pequeña, de nuestro ser, como en el resto de los seres, reside un aspecto de la conciencia. Este pensamiento ilumina y os doy las gracias a tí Ana y a Francisco por la generosidad con la que váis destilando estas ideas.
Me gusta tu comentario sobre “reciclar las moléculas de información”, si, es necesrio para seguir encontrándose con la vida en su diversidad y si es posible enriquecerla pasando el testigo que es nuestro destino, pasar.
Por cierto como creo que no había tenido ocasión os felicito por la nueva apariencia del blog, pequeños cambios que renuevan.
Que me ha gustado mucho y además, por variar,pienso tenerlo en cuenta…
Así que al final nuestro intestino y en menor medida nuestra mente son dis pequeños Ratzinger que dividen el mundo entre lo bueno y lo malo. Lo que no se es si al igal que aquel estos también confunden con frecuenca lo uno y lo otro…
Dichoso cuerpo lo listo que es comparado con mi mente
Ole,por eso cuando leo algo que me emociona o escucho la música que me llega, lo siento en las tripas.Cuando mi mente se cierra,se cierra mi estómago. Te creo, la conexión existe. Un saludo.