Archivos para 26 febrero 2010

26
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¿Es la anorexia mental la consecuencia de la rivalidad sexual entre mujeres?

Para una mujer joven ser aceptada y ser atractiva es más que un deseo comprensible, es vital, una cuestión de supervivencia cuyos aprendizajes cada vez más precoces y relacionados con el galanteo y el apareamiento tienen un singular parentesco con los desordenes alimentarios. Algunos autores como Abed han llegado a proponer la hipótesis de que la competencia sexual entre mujeres es la causa de los trastornos alimentarios

Clásicamente se ha señalado, sobre todo por los psicoanalistas que la anorexia representaba un rechazo inconsciente a la femineidad o a la adquisición completa de un cuerpo femenino. Sin entrar a contradecir esta afirmación (que pudo ser cierta en las anoréxicas del siglo pasado y comienzos del XX), podemos afirmar que las anoréxicas de hoy no se caracterizan por un rechazo a la femineidad sino por una adaptación rígida a modelos hiperfemeninos (Gordon 1994). La razón por la que ha aumentado la competencia entre las hembras humanas tiene que ver con dos factores principales: la mayor disponibilidad sexual de las hembras, y la llegada cada vez más precoz de hembras al “mercado sexual”.

Crisp ha señalado acertadamente a partir de sus estudios transculturales, de anoréxicas de niñas que procedían de culturas islámicas o africanas y educadas en el Reino Unido que la mayor tolerancia sexual de estos países en relación con sus culturas de origen podía suponer una presión selectiva sobre ellas que se verían así entre dos fuegos: una presión cultural por mantener relaciones sexuales de una forma libre y precoz y otra presión procedente de su cultura que muchas veces se halla en contradicción con aquella. En mi opinión esta presión es común tanto a las niñas que proceden de países africanos o asiáticas como en las autóctonas dado que viene a dislocar un elemento que durante muchos años ha operado como un inhibidor sexual que ha mantenido a las muchachas púberes apartadas de los influjos sexuales directos, me refiero al constructo psicoanalítico conocido como “fase de latencia”, un periodo de inactividad sexual que tiene como propósito apartar a las niñas de la tarea reproductiva mientras están aprendiendo cosas útiles para su supervivencia posterior y que es más dilatado en tanto es mayor la complejidad de la sociedad en que viven. La contradicción está en que en nuestra sociedad, la de mayor complejidad que pueda pensarse ha aflojado sus controles inhibitorios llevando a nuestros adolescentes a una presión desmedida en cuanto a mantener sus primeras relaciones sexuales, que han pasado en poco tiempo desde una conducta de escarceo y ensayo hasta las relaciones completas, sin las que muchas de estas adolescentes quedan fuera de ese “mercadeo sexual”,  estigmatizando su socialización.

A diferencia del resto de especies, el ornato, adornos, colorido, plumas y actos demostrativos que son características de los machos, son en la especie humana patrimonio de las mujeres. Esta diferencia es muy importante para comprender como en nuestra especie se han distribuido los papeles de la rivalidad y la competencia sexuales .

Existe una correlación entre el adorno, colorido, cantos o colas llamativas y la dificultad con que los machos acceden a las hembras. Para hacer el argumento más sencillo podemos concluir que a más competencia entre los machos por las hembras más demostraciones visuales o acústicas se pondrán en juego como mecanismo de galanteo. En este sentido, es cierto que las hembras son, en la mayoría de las especies, un bien comunitario a proteger y que los machos competirán y aun: derivarán su agresión hacia ellos mismos para ganarse su derecho a reproducirse. Un derecho que sólo ganarán algunos, aunque los estilos reproductivos como la monogamia, poligamia y promiscuidad se hallen representados en toda la escala animal, es decir se trata en todos los casos de estrategias evolutivamente estables en el sentido de Trivers..

Lo que es un enigma es la razón por la que en la especie humana esta distribución de papeles se ha establecido al revés de todas las criaturas conocidas, al menos entre los mamíferos, siendo como es la proporción entre machos y hembras estable y en torno al 50%, ¿Cómo puede explicarse esta inversión en los roles demostrativos? ¿Es el macho un bien comunitario a proteger en nuestra especie?

Entre las especies donde la hembra elige al macho lo usual es que sean los machos los que hacen ostentación, mientras en aquellas especies donde elige el macho, la ostentación viene incluida en la competencia agonística entre los machos. Este paradigma de la etología, nos lleva a preguntarnos ¿quién elige a quién, en nuestra especie?

Una de las características del cortejo en los humanos es el hecho (que no compartimos con el resto de la especies) de la disociación que hacemos tanto los hombres como las mujeres en nuestros motivos de elección de pareja. Así podemos elegir según decidamos llevar a cabo una estrategia a corto o a largo plazo. Mi impresión es que en las relaciones a corto plazo, es la hembra quien elige, por la razón fundamental de que existen menos hembras que machos interesadas en este tipo de relaciones, mientras que en las relaciones a largo plazo son los machos los que eligen. Esta disociación explicaría la presencia de ornato, plumas, adornos, maquillajes y ropas sugerentes en la mujer y la conquista de rango social por parte del hombre, que les aseguraría a ambos el éxito en el corto plazo.

Lo que es seguro es que la rivalidad femenina es un programa genético derivado de la competencia agonística y si ha sobrevivido a la deriva filogenética es porque ha producido grandes beneficios a las hembras que lo adoptaron. La evolución no hace gastos superfluos y debemos concluir que este programa genético está bien instalado en el cerebro sexual de la hembra humana.

En mi opinión la razón de esta contradicción de modelos en la conducta demostrativa se halla emparentada con la elección de la monogamia como modelo hegemónico de preferencia en la selección de parejas por parte de las mujeres.

Todo parece indicar que la monogamia evolucionó desde una sexualidad de ordalía y promiscuidad y que representó un hito en las relaciones de pareja y comunitarias. Abrió horizontes de cooperación y de ahorro a largo plazo entre los individuos, favoreció la crianza de los hijos y permitió acumular bienes económicos que terminaron por defender los intereses a largo plazo de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, asegurando un mejor reparto de las tareas y de las cargas.

La hembra mamífera atada de pies y manos a su función reproductiva vivípara, parte con una penalización original con respecto a los machos de su misma especie. No sólo lleva la peor parte en la distribución de tareas reproductivas sino que sus partos, lactancias y crianzas de su prole la mantiene ocupada de por vida sin contar con las amenazas sanitarias que soportan debido precisamente a su “función materna” y a la estrechez de su canal pélvico derivada de la bipedestación. Entre el macho y la hembra mamífera existe una asimetría programada por la especie, una asimetría biológica.

No sucede así en todas las especies por igual pero es una constante en la mayoría, sobre todo – como he dicho antes en los vivíparos -. La distribución de tareas de reproducción y de cuidado de la prole tienen una amplia gama de recursos en la naturaleza, que recorren desde la monogamia, hasta los harenes o la simple promiscuidad. Sin embargo la estrategia evolutivamente más estable para asegurarse la colaboración del macho en las tareas del cuidado y alimentación de la prole, es sin duda la monogamia. De hecho los trastornos alimentarios no sólo no existen en los países con escasos recursos alimentarios sino que son prácticamente desconocidos en aquellas sociedades que regulan el matrimonio a través de la poligamia (Khandelwal, 1991), lo que puede interpretarse aceptando que la poligamia es protectora para los conflictos agonísticos de la mujer (rivalidad intrasexual mujer- mujer)

Para una hembra monógama, discriminar las intenciones del macho para las tareas ulteriores al propio coito son tan necesarias y vitales como asegurarse una pareja sexual atractiva, tan importante es pues atraerlo como mantenerlo, en palabras de Buss “la evolución ha favorecido a las estrategias femeninas diseñadas para evaluar estas intenciones en paralelo con su preferencia por la sensibilidad y el alto estatus socio-económico del varón”. (Buss 1989).

Trataré de explicar qué cosas son las que hacen las hembras para discriminar a los machos colaboradores de los machos galanteadores y qué cosas son las que hacen los machos para librarse de la carga de la crianza de sus hijos que les impedirá seguramente tener otros hijos con otras hembras dispuestas.

Mantengo la suposición de que tanto machos como hembras harán lo que mejor se acomode a los planes de sus genes, que aunque carecen de intencionalidad ejercen una presión evolutiva sobre los individuos portadores de tal modo que podremos concluir que tanto machos como hembras adoptarán las estrategias necesarias para tener el máximo de hijos al menor precio posible de cuidados y de inversión en su alimentación.

Ya he dicho que en esta partida de naipes la mujer parte con una desventaja al margen de su mayor inversión de nursing y teaching: no puede abandonar a sus hijos mientras están en su vientre, cosa que podrían hacer y de hecho hacen los peces que ovulan en el lecho del río cuando el macho está listo para eyacular y aprovechar esa fracción de segundo para dejar al macho descuidado o imberbe al cuidado de la nidada. La hembra vivípara no puede abandonar a sus crías como hacen las sepias, lo que si pueden hacer – y de hecho hacen- los machos que las fecundaron, con algunas excepciones.

Estas excepciones son diversas según las de distintas especies, pero siempre tienen que ver con las condiciones o el pago que impone la hembra al macho previamente al coito, a veces puede tratarse de una estrategia de simple aplazamiento o de escarceos demostrativos de huida previos al acoplamiento.

. Este pago puede relacionarse con la condición de que le construya un nido, que le aporte regalos o comida o que escarbe en la tierra una buena madriguera, como ejemplo de laboriosidad previa al consentimiento. Todo parece indicar que las hembras que adoptan una estrategia esquiva con respecto a los galanteos del macho se aseguran un mayor “cumplimiento” por parte de este en la parte que le toca en el contrato, siempre y cuando -claro está – la “prueba” no sea demasiado dura o agotadora o no existan en el entorno inmediato otras hembras fáciles que no pidan nada a cambio. Un macho que ya haya invertido determinados recursos en la seducción de una hembra estará menos dispuesto a dejarla, dado que este abandono le dejaría con parte de su inversión sin crédito que ofrecer a otra hembra. Este argumento debe ser cierto en aquellas especies donde las hembras esquivas son la regla. y evolutivamente estable en muchas especies animales, pero naturalmente no es así del todo en el ser humano.

Las hembras de nuestra especie están distribuidas de un modo ecológicamente estable entre esquivas y fáciles. Su equilibrio se mantiene por oscilación como siempre sucede en los sistemas abiertos. Una mayoría de hembras esquivas asegura el “cumplimiento” de los machos domésticos, pero no de los galanteadores. Las hembras no tienen manera de conocer de antemano las “verdaderas intenciones de los machos”, porque inmediatamente surge la contraestrategia evolutiva, si las mujeres esquivas abundan, los machos desarrollarán conductas engañosas a fin de cohabitar con ellas y disimular sus verdaderas intenciones de abandonar a la hembra a su suerte apenas haya comenzado la crianza.

Por otra parte una mayoría de hembras fáciles dejarían en desventaja a las esquivas que aspiran a la monogamia y su efecto de llamada aumentaría el numero de machos galanteadores con lo cual y de nuevo, el convertirse en macho doméstico pasaría a ser una rareza por la que competirían las hembras a su vez, multiplicando el número de machos domésticos.

El número de machos domésticos y galanteadores junto con las hembras esquivas y fáciles se encuentra en todas las comunidades vivientes en un equilibrio matemático, en torno al cual se establece una densidad estable. El sistema tiende hacia la autoregulación, apenas se desequilibra momentáneamente, siempre que se entienda que este adverbio en términos evolutivos precisa más de una generación.

Las hembras humanas (al menos las occidentales opulentas) se agrupan en torno a este atractor ideológico (un meme) que es el “atractivo físico” y la rivalidad sexual que a su vez es un programa genético yuxtapuesto y mucho más aquellas mujeres intelectuales, perfeccionistas y sensatas que forman el grupo de las más vulnerables para padecer esta enfermedad. Sin saberlo la hembra compite con otras hembras por el bien social que representa el macho doméstico, aquel que no abandona a la hembra después del parto aun habiéndola escogido por su atractivo sexual que por si mismo no asegura la cooperación posterior.

Si es cierto que la anorexia representa la activación del programa rivalidad llevado al paroxismo, en una sociedad de hembras competitivas y alienadas habrá que suponer que una forma de neutralizar este fenómeno se realiza a través de posibilitar una relación en exclusiva con el padre sin la interferencia de la madre (De Giacomo 1993), lo que contiene sugerencias terapéuticas de elevado interés. No hay que olvidar que la posición anoréxica es una postura de elevado poder para aquella que la ejerce en relación con el manejo de su ambiente

La mayor enemiga de una hembra fascinada por la monogamia es la hembra fácil, aquella que simplemente escoge a los machos (a los hombres) en función de su atractivo físico, de su posición social o de su rango jerárquico a un costo o precio distinto al de la cooperación. La primera objeción que se puede poner a esta clasificación de hembras esquivas o de hembras fáciles (que es un ejemplo sacado de la etología) es que las hembras humanas no son todo el tiempo esquivas o fáciles, como tampoco es cierto que los hombres sean todo el tiempo domésticos o galanteadores. Claro que no, el ser humano ha desarrollado – quizá debido a la enorme potencialidad de sus aprendizajes- la capacidad de ser hoy domestico y mañana galanteador, así como la hembra ayer esquiva puede tornarse mañana fácil con la misma u otra pareja, en el descubrimiento de algo que se ha venido en llamar la monogamia sucesiva, una forma de monogamia al fin y al cabo que no hace sino someter a la mujer a nuevos esfuerzos de por vida a fin de mantener sus parejas sucesivas. De hecho está establecido que los trastornos alimentarios correlacionan con dos factores de relevancia sociodemográfica: una elevada tasa de divorcios y la baja tasa de natalidad, ambas predicen una alta tasa de casos. (Abed, 1998)

Lo que es lo mismo que admitir que el ser humano ha desarrollado en mayor medida que otras especies una mayor capacidad de engañar, (en este caso engañar con la apariencia) disimular los engaños y también discriminar las intenciones engañosas de los demás para con nosotros mismos puesto que lo mejor para un grupo humano en términos de estabilidad evolutiva es que las hembras sean esquivas las 5/6 partes del tiempo (o de la población total) y fáciles la 1/6 parte (o población) restante, siempre que los machos domésticos representen el 5/8 del total o del tiempo invertido en cooperar y los galanteadores sólo representen el 1/8 del total de la población o el tiempo invertido en merodear. Es en este punto exacto donde el sistema se estabiliza hasta la próxima descompensación generacional (Dawkins, 2002)

Se podrá enseguida decir que estos argumentos no tienen nada que ver con los problemas que plantean las anoréxicas de hoy y es cierto, porque este dilema no solamente afecta a las anoréxicas, afecta a todas las mujeres actuales, como en el siglo XIX les afectó a todas el doble modelo de moral sexual aunque no todas desarrollaran síntomas de enfermedad mental: en aquel caso no todas las mujeres eran histéricas, aunque quizá las histéricas del XIX no eran sino el síntoma de una enfermedad social más amplia que se llamaba disimulo, como la de hoy se llama apariencia.

Se trata tan sólo de un intento más de explicar cual es la sobrecarga adicional que la mujer actual tiene que soportar respecto a sus antepasadas, una sobrecarga que procede de su búsqueda de simetría y de competencia sexual a través de la belleza física y de los rendimientos intelectuales, un meme que ha venido a ocupar el lugar de la rivalidad entre hembras que buscan a ciegas un hueco en la mirada del otro que lleva a muchas de ellas no sólo al fracaso reproductivo sino a la decrepitud y devastación física y mental.

Bibliografía.-

BUSS, D.M.:

(1995): “Psichologycal sex differences: origins thought sexual selection”. American Psychologist, 50(3), 164-168

ABED R T. :

-  “The sexual competition hypothesis for eating disorders” British Journal of Medical Psychology” 71:525-547 1998.

-  “Psychiatry and darwinism. Time to reconsider?”. British Journal of Psychiatry 177:1-3. (2000)

BUSS, D.M. & SCHMITH D.P.(1993): ” Sexual strategies theory:an evolutionary perpective on human mating”. Psychological review, 100(2), 204-232.

BUSS, D.M.(1999): “Evolutionary psychology: The new science of the mind”. Allyn & Bacon.. Needham Heights. USA

CRISP.A.H.: (1980) “Anorexia nervosa: Let me be” London. Academic press Inc.

DAWKINS Richard (2002): “El gen egoista” Salvat- Ciencia. Barcelona

DALY M. WILSON. M (1983): ” Sex, evolution, and behavior”. Belmont. California. Wadswortoh.

DE GIACOMO, P (1993):” Finite systems and infinite interactions: the logic of human interaction and its application to psychotherapy”. Bramle Books. Norfolk.Conn

Nota.- Este post es una parte de un articulo que se publicó en psiquiatria.com en 2004 y cuyo texto completo está aqui.

05
feb
10

El electrón que colma el vaso (o la no-linealidad del inconsciente internáutico)

Andaba esta mañana algo resacosa pensando en un poutpourri de ideas (entre ellas, recientes ideas vertidas por A. Schuschny -”Chusni” para sus amigos españoles) a la espera de mi bus preferido para la patafísica diletante. Iba diciéndome para mis adentros “Sí, somos los que estamos y estamos los que somos, pero ¿estamos unidos suficientemente para hacer “algo”?
Y luego:

“Hace falta, realmente, eso de “unirse para algo” o bien…….?”
Y a continuación:

“También está eso de la masa crítica, los quantos de Planck, etc.”
Y luego: pausa (como siempre, alguien hablaba muy fuerte desde su móvil y, claro, siempre despista un poco).
Y enseguida:

“Déjate fluir, ya llegará eso que no sabes qué es pero que pugna por ser escrito”.
Y, paralelamente a esa manía de leer en los autobuses (en esto también somos cada vez más los maniáticos), he abierto mi libro del momento por la página pertinente, en la cual Margaret Mead decía, citada serendípicamente por Erwin Laszlo:

“Nunca dudes del poder de un pequeño grupito para cambiar el mundo”.

“¿Sincronicidad?”, no he podido por menos de pensar.

Planck descubrió que hacía falta un determinado nivel de energía para que un electrón se lanzara a probar otro tipo de vida, otro nivel de definición, el salto cuántico. Y es que hay procesos lineales y no-lineales. Por ejemplo: el vaso se llena (linealmente) a base de una gota, y otra, y otra, y otra… El vaso se llena de agua linealmente, ceñido a la lógica aristotélica que nadie va a discutirle: la suma de varias gotas es susceptible de llenar un vaso. Pero…
Una sola gota lo colma y derrama, repentinamente, el esfuerzo de todas las anteriores: la masa crítica, el punto de inflexión de las campanas de Gauss. Virajes cuánticos.
Y el electrón salta de nivel e indaga en otras vidas posibles.
Pero, amigo Chusni y colegas -insistía yo-: ¿realmente la masa crítica no requiere más esfuerzo grupal? ¿Realmente la masa crítica tiene efecto por sí misma?
El cemento de la masa crítica es -indudablemente- internet.
Y sigue diciendo el libro que citaba casualmente (?) a M. Mead que esa masa crítica de humanos (Úbermensch? mutantes, les llamo yo) es la que puede decidir cómo nos salimos de esta bifurcación que llamamos crisis: o nos hundimos en la catástrofe lineal definitiva, o nos salvamos a través de una ósmosis espiritual no-lineal que nos contagie recíprocamente de una nueva percepción de eso que llamamos realidad.

Eso sí puede salvarnos y por esto hoy, un día de invierno soleado, he vislumbrado al fín un rayo de esperanza.

03
feb
10

Amor homeopático

Si usted hace una búsqueda en Google con la palabra “amor” se dará cuenta de que probablemente esta palabra es una de esas que se encuentran en todos lados, que tienen el don de la ubicuidad. Amor es un tema universal, se encuentra en canciones, poemas, pinturas, esculturas, literatura buena y mala y ultimamente tambien en las paginas new age que recomiendan un poco ingenuamente que el amor es la pócima que puede salvar al mundo. Recomiendan cosas tales como ésta:

“Si amas cambiarás el mundo y con él cambiará tu manera de percibirlo y de estar en él”.

O sea que el amor para algunos es una especie de esencia floral curativa, un curalotodo.

Y es verdad en un cierto nivel de definición pero no es verdad en el nivel de definición práctico por donde discurren nuestras vidas aqui abajo.

Los psicoanalistas, al menos algunos con los que he departido sobre este asunto también abrazaron desde siempre esta opción, la mayor parte de los malestares humanos proceden del desamor y de la agresión reprimida, cosa que tambien puede ser cierta pero esta verdad no equivale a pensar que dando amor indiscriminadamente las cosas mejoran. En realidad no es asi de sencillo y todos los que hayan leido este post ya saben que es un “wicked problem” y que en cierta manera las cosas no se resuelven con buenas intenciones o con esa mania caritativa de darle a los demás lo que les falta que seguramente es amor como decian los Beatles.

El mismisimo Freud -que aun no sabia que era un “wicked problem”- en un artículo memorable conocido como “Análisis terminable e interminable”  cayó en la cuenta de que determinados pacientes sometidos a su esfuerzo por curarles de su neurosis, no sólo no mejoraban, cosa incomprensible para él, sino que encima de eso, empeoraban. A esta curiosa forma de reaccionar la llamó “reacción terapeutica negativa” que incluyó entre las formas más graves de resistencia y que se encontraba más allá de lo cognitivo y de lo somprensible o racional. El paciente empeoraba cuantos más esfuerzos invertía el terapeuta en su curación, Freud creyó encontrar en esta maniobra algo tanático, la propia pulsión de muerte o compulsión repetitiva. Y tenia, en su nivel de definición, tambien razón.

Y la verdad del asunto es que algunas personas no pueden ni amar ni ser amados. Aunque yo diria que lo más amenazante para las personas es resultar amados porque el amor en activa puede ser disfrazado de muchas formas, una de las mas frecuentes es  la abnegación, una curiosa palabra que contiene en si misma la clave de lo que se pretende ocultar o negar. Los abnegados son aquellos que aman porque amando dejan de sufrir las consecuencias de su necesidad de amor, se brindan a los demás para ocultar-se a sí mismos aquello que pretenden obturar que no es otra cosa sino la necesidad de recibir. El abnegado sin embargo va mucho más allá del autoengaño: se niega sí mismo y a sus necesidades.

Y es que los humanos somos una especie de simios bastante retorcidos, porque ¿qué tiene el amor de amenazante? ¿por qué protegerse del amor ajeno? ¿No es absolutamente deseable ser amado?

Aquellos de ustedes que aun no hayan superado su fase jesuítica creerán que el amor es algo deseable, que es importante e incluso placentero que los demás nos amen. Eso es tambien verdad en otro nivel de definición, pero hay un pero. Los demás, si nos aman lo hacen por alguna razón que no siempre está en nosotros. Lo más frecuente es que el amor que se nos brinda, incluso el más altruista de todos, el de nuestra madre, se encuentre contaminado por los deseos de nuestra madre de otras cosas, por lo que le faltó, por el lugar que nosotros ocupamos en esa falta. El amor incondicional que es la forma buena y digestiva del amor es muy poco frecuente -aunque no diré que imposible- lo común es que amor, demanda, revancha, justificación, exigencia, odio, venganza, celos, territorialidad, reproche, sacrificio, dependencia, apego, asimiento y expectativas amorosas e incluso sexuales vayan de la mano o se comporten como condiciones de intercambio.

Es por eso que el amor es una amenaza para aquellos que tuvieron la experiencia primaria de ser amados por una madre que no las tenia todas consigo con respecto a qué esperaba de su hij@. Por lo que cuelga de ese amor que no tuvimos más remedio que aceptar tal y como se nos dió.

Como este tipo de personas vivencian el hecho de ser amados como una amenaza se protegen de serlo aunque esto no les impide, a su vez, amar.

Son simplemente incapaces de ponerse en el polo pasivo y resultar receptivos con el amor que les llega desde fuera aunque pueden ser incluso muy activos para darse e incluso a veces una tendencia es la compensación de la otra: los que no pueden recibir amor son personas muy queridas por los demás porque siempre están en el lugar del dador. Y esta actitud es socialmente muy aceptable aunque muy perturbadora para el propio sintiente.

Y en este post voy a hablar de como desactivar ese miedo a recibir amor.

La clave está en la homeopatía.

Hay gente que no tolera el amor en dosis ponderales mientras que otras personas son capaces de recibir amor en cantidades desorbitadas.

Es como si algunos tuvieran un receptáculo elástico que como un globo pudiera hincharse a placer acaparando todo el amor que les llega incluso las sobredosis, tienen una enorme resistencia -por asi decir- al amor porque saben desembarazarse de aquello que va colgando siempre del valor puro y duro: un precio, una tasa, un peaje.

Estas personas resisten bien los tsunamis del amor porque han desarrollado una extraña capacidad para disociarse de aquello que les llega y de quedarse sólo con lo bueno descartando lo peor. Pero estas personas que están acostumbradas a dar sus excedentes en plan directo y sin someterse a los necesarios ayunos de depuración suelen ser malos amadores porque acaso no entienden que los demás no han adquirido esa especial resistencia al amor incluso a su toxicidad.

Lo curioso de la vida es que los amadores y los amados suelen encontrarse puesto que cada una de estas especialidades son en sí complmentarias, uno disfruta dando y el otro recibiendo. Sin embargo esta relación complementaria está destinada al fracaso por una razón.

Ambos esconden una carta marcada que se sustrajo a la conciencia, uno sus necesidades de recibir a las que quizá no se cree merecedor y el otro su necesidad de desprenderse de la toxicidad que le acompaña desde su infancia pero además necesita que no caiga en el vacio, en ese gap o hueco por donde suelen caerse los excesos. Necesita un hueco con sentido, un hueco contenedor.

La solución está en donar el amor a microdosis, pequeñas dosis de amor vigilando no sobrepasar el numero de Avogadro. eludiendo asi los efectos secundarios Lo realmente curioso del amor en dosis homeopáticas es que no puede ser rechazado pues apenas es detectado por la conciencia del fóbico amador.

El mecanismo de acción del amor homeopático no es a través de la forma, ni de la inundación de amante excesivo, no es algo que se acopla a un receptor sino algo vibracional. O se está o no se está en sintonía. Tampoco hace falta estar en sintonia todo el tiempo ni en todos los ámbitos de la vida. Yo diria que no hace falta siquiera ni la presencia física y todo sucede siguiendo más las leyes y principios cuánticos que los newtonianos, esos que dicen que “el roce hace el cariño” o que “el amor es ciego pero no manco”. Estas ideas deterministas son bien conocidas por todo el mundo y tienen también su sitio en la verdad, en algunos amores convencionales de los que hablé aqui.

Pero el amor homeopático no funciona de ese modo, no es algo que opere desde el contacto sino que ejerce una acción a distancia a través de determinados hilos invisibles, unas cuerdas o enlaces tan duros y obstinados como esa fuerza que une al cloro con el sodio (fuerza nuclear débil se llama en fisica).

Porque el amador en realidad es un dador de electrones, una especie de agente antioxidante que como el té verde cede sus electrones sobrantes a los intoxicados por el amor.

Están condenados a encontrarse. Y a equilibrarse.

Y lo hacen a nivel atómico, a un nivel informacional, pues la cantidad de información que lleva lo poco es mucho mayor que lo que lleva lo mucho.

Y rebota autoregenerándose como la cola de una lagartija.

Sólo somos capaces de soportar pequeñas dosis de Verdad: es por eso que los deprivados y los intoxicados están destinados a encontrarse.

Y no sólo para repetir la experiencia original sino para transcenderla.




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