“La distinción de los cuatro temperamentos, que hemos tomado de la Antigüedad, apenas puede llamarse tipificación psicológica, desde el momento que los temperamentos casi puede decirse que no son otra cosa que complexiones psicofisiológicas.”
Sin duda Jung se refiere ahí a los cuatro temperamentos que Hipócrates había asociado a los cuatro humores presentes en el organismo, una clasificación que parece menoscabar cuando dice “no son otra cosa que”. Llama la atención que lo que él denominó las cuatro funciones de la conciencia (pensar, sentir, percibir, intuir) se correspondan tanto con el predominio de cada uno uno de los valores líquidos del cuerpo que veinticinco siglos antes intuyera Hipócrates. Es curioso asimismo que Jung parezca poner en distintos cajones lo físico y lo psíquico (“no son más que complexiones psico-fisiológicas”) cuando él mismo supo sintetizar de un modo tan lúcido lo intangible con lo tangible.
Dado que Hipócrates no disponía de medios tecnológicos para llevar a cabo estudios publicables en ningún Journal de renombre, imaginamos que basó su clasificación cuaternaria en todo cuanto le diera de sí la observación y la empiria. En realidad, basta la observación para darse cuenta de que quien camina lento suele hablar lento, pensar lento, o comer lento (y al contrario). O que las personas de mejillas carnosas y blandas (temperamento linfático) suelen ser más glotonas y tener menos fuerza de voluntad que aquellas atléticas y rojizas (aire). O que las personas de frente baja sean mucho menos dadas a la objetividad que aquéllas con frente alta. O que las manos de dedos largos correlacionen con el amor al detalle y el análisis, mientras que los dedos espatulados y cortos suelan pertenecer a personas con facilidad para sintetizar. ¿Observaría Hipócrates todo esto? Quién sabe.
En todo lo que está dotado de vida, la misma nota puede resonar en distintas octavas, cada una puede ser “pulsada” en varios niveles.
Marte es un planeta “rojo”, color que asociamos a la belicidad, el fuego, la energía o la voluntad, y por ende al músculo y la fuerza, pero el rojo es –casualmente- el color de la sangre. Cuando hablamos de fuerza o de voluntad ¿podemos disociar la física de la psíquica? Cuando hablamos de calor, ¿no es acaso la sangre -y no la linfa- la que aporta calor a la piel? Inflamación viene de flama (lat.) y en griego se llama flegmoní que también viene de flóga (llama). No es de extrañar que a nadie se le ocurra pintar la habitación del bebé de rojo (el color de la floga) sino de verde pálido: por instinto y aunque nadie nos lo haya contado, sabemos con una sabiduría ancestral que la frecuencia del color rojo es más alta (es decir, su longitud de onda más baja) que la del verde, y, como está comprobado, aquél exalta la agresividad mientras que el verde propicia la relajación (aquí tienen un blog muy completo sobre la Psicología del Color), del mismo modo que sabemos hoy día que ciertos sonidos (los agudos) excitan y otros (los graves) relajan. Lo saben bien sobre todo quienes se dedican a la terapia del sonido; está comprobado el efecto terapéutico del sonido de ballenas y delfines en niños autistas, hiperactivos o con síndrome de Down, como lo sabe también la industria discográfica especializada en músicas para la relajación.
Los distintos “niveles” de que hablaba más arriba, o distintas octavas de la misma nota, se refieren no sólo a distintos niveles de densidad o sutilidad, sino de la expresión perceptible de un mismo tipo de energía. En el ejemplo anterior, decir “sangre” es análogo a decir “rojo”, a decir “Do sostenido”, “Marte”, a decir “voluntad”, a decir “Ares”, etc. El sonido audible oscila entre 10 y 1000 Hz y el color a frecuencias 1×10(4). ¿Será el universo una gigantesca gama de frecuencias?
Astronómicamente hablando, Mercurio es el planeta más rápido (por estar más cerca del Sol y ser su elíptica la más corta). Las personas mercuriales suelen ser pequeñas, movedizas (aunque no musculadas), hábiles con la palabra y rápidos de reflejos. Astrológicamente están representadas por el signo Géminis aunque no es preciso tener ahora ninguna opinión sobre la astrología, dado que también en las profesiones están plasmadas en comerciantes, conferenciantes, escritores y todos cuantos deben manejar el logos para transmitir ideas de un lado a otro. Al fin y al cabo, no en vano Hermes era el mensajero de los dioses y no su decorador, ¿casualidad?
Ya -dirán ustedes-, los mitos ancestrales provienen de la mera observación del cielo. Pero -les diré yo- ocurre que, en el caso de la astrología, ésta es anterior a los telescopios y a los cálculos de distancias interplanetarias. Mucho más antigua, incluso, que el conocimiento de que la Tierra era redonda. Lo llamemos como lo llamemos, el humano mercurial suele tener las manos pequeñas, ágiles y finas del taumaturgo, su piel es rosada y camina rápido (a pasos largos o cortos en función de si predomina, por otra parte, la humedad o la sequedad). Decir “Mercurio” o “Hermes” es, por tanto, lo mismo que decir “chakra 5”, el que resuena con la garganta, el órgano de la palabra.
El temperamento tierra (que correspondería a la función sensorial de Jung y a la bilis amarilla de Hipócrates) suele ser amarillento o terroso, de ojos más bien hundidos, suele caminar lento y, al ser la tierra la conjunción de lo frío y lo seco, en las palmas de sus manos observamos gran número de líneas (debido al mayor grado de sequedad de la piel) las cuales suelen ser poco pronunciadas (por falta de calor). Es realista, puntilloso y pragmático y su punto débil en la octava fisiológica son huesos o el intestino delgado, el órgano más pragmático de todos como se explica aquí.
Puestas así las cosas, relacionar una nota musical con un color, con un chakra o con un arquetipo parece juego de niños, pero, volviendo al cuatro, lo más curioso es que, bien sean los temperamentos de Hipócrates o bien sean las funciones de Jung el origen de todo este enredo, éstos cuatro tipos fueron divididos posteriormente por el propio Jung en dos sub-tipos que llamó introvertido y extrovertido. Estos conceptos de la escuela junguiana llevan a confusión, pues no significan exactamente lo que popularmente entendemos por tales, sino que establecen dos tipos de personalidad en función de si el foco central de la atención se ubica dentro o fuera del Yo, es decir, de si lo más importante para uno es uno mismo (sujeto) o algo/alguien externo (objeto). Podríamos decir que el introvertido junguiano es centrípeta y tiende a ajustar el entorno a de sí mismo, y el extrovertido junguiano es centrífugo y tiende a ajustarse a sí mismo al entorno. De la combinatoria, pues, entre los cuatro temperamentos o cuatro funciones y los tipos introvertido y extrovertido surgieron los ocho tipos de Heymans-Le Senne, clasificación utilizada aún aún por la psicología actual y también por los grafólogos. Pero de grafología se hablará en otra ocasión pues, como podían adivinar, en la letra también se agazapan el calor y el frío, la humedad y la sequedad.
Somos una malla móvil de posibilidades que se retuerce entre firmas, colores, órganos y puntos corporales débiles o fuertes, fuerzas centrífugas o centrípetas, dioses del Olimpo, sonidos; somos astros y hasta arcanos con conciencia. Somos poliedros rodantes de varias caras y todo es según el ángulo desde el que se nos mira, de si nos observa el psicólogo o el cromoterapeuta, de la octava con que resonemos en cada momento. Y con quién.

No son casuales expresiones como “he de digerir bien esa idea” o “a mi vecino no lo trago” en vez de “he de oler bien esa idea” o “a mi vecino no lo toco nada”.
de que las máquinas digitales lo hicieran todo por nosotros, recordarán que uno de los requisitos para obtener una imagen clara es enfocar bien el tema central aunque el resto quede borroso. Un dispositivo en el interior del objetivo nos indica cuándo estamos enfocando a la distancia correcta.
Si han visto ya las dos partes del documental “Y tú qué sabes?” -un encomiable intento de difusión popular de algo tan arduo para los no entendidos como es la mecánica cuántica-, sabrán que, al parecer de la física teórica actual, ya no hay modo de negar una idea que antes nos habría parecido ciencia-ficción: cuanto percibimos es una y sólo una de muchas posibilidades, todas las cuales están ahí dispuestas a que las percibamos. En este breve trailer verán más claro esto de las múltiples posibilidades (técnicamente denominado superposición cuántica), ilustrado en este ejemplo con numerosas pelotas de baloncesto que se reducen a una apenas intentamos mirarlas:


“ver” un círculo donde solamente hay una serie de puntos distanciados entre sí en forma de círculo, un fenómeno ilusorio que se debe a que el cerebro rellena lo que falta (casi instantáneamente) para que lo percibido se “ajuste” a nuestra concepción creencial previa (en este ejemplo, el conocimiento previo al cual ajustamos lo que “vemos” sería la forma de un círculo). La abstracción como solución de urgencia para salvar distancias demasiado grandes. En otras palabras: las ilusiones ópticas tienen su razón de ser en la necesidad de que dos realidades se acoplen entre sí (la subjetiva -patrimonio exclusivo de la memoria- y la percibida, a la que, por siempre novedosa e inesperada, poco le importan nuestras experiencias previas). Si hemos de tener en cuenta estos hechos, entonces el amor podría ser un producto de nuestra imaginación, una hipótesis.
Al principio fue el Uno, cuando la felicidad palpitaba replegada en sí misma y no eran precisos números para la esencia.
ún más orgullosas y separatistas de lo que fueran, pero es improbable que alcancemos el fondo de esa posibilidad: los rumores sobre rumores son interpretaciones de estudiosos.
instauraron las primeras guerras por algo más que la hembra de más ancha cadera. Aún así, el imperio del Dos duró más eras de lo previsto por lo razonable.
s el cual luego fue llamado Hermes: el Tres reclamó su personalidad de árbitro y de él surgieron los juicios salomónico
s, las tres hijas que innumerables sultanes se empeñaron en tener durante mil y una noches, los tres Reyes Magos, la cara visible de las pirámides, las tres doshas
entretenimiento de cualquier sabio venidero que dispusiera de tercer ojo.
larga época de esplendor y sentido, alguien descubrió
allá por China un éter que Hipócrates no supo pensar
de Siete días, las escalas de Siete notas, los Siete grandes pecados enroscados a una serpiente de Siete chakras. Los Siete colores eligieron apuntar al cielo con un arco sin flecha.
e el todo
es más que la suma de las partes, se pusieron a sumar vértebras y se fundieron en esotérico abrazo para que los apóstoles supieran cuántos debían ser, nosotros podamos contar huevos y ponernos de pié
La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes…

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