Archivo de Autores para Ana di Zacco

15
abr
12

Al principio fue el Verbo (el OM)

“El cambio es lo único que nunca cambia” (Hegel)

Alquimistas, gnósticos, platónicos y neoplatónicos, hegelianos, heraclitianos, budistas, cabalistas, cuánticos… Una brisa iluminatoria nos mueve a intuir que todos están de acuerdo en los planteamientos base. Que, una vez más, todo viene a ser lo mismo. El Árbol de la Vida de la Cábala de la imagen ilustra, con el cuerpo humano traslúcido de fondo, los vórtices energéticos (chakras en versión yóguica, en la segunda imagen) que constituyen una estructura inmutable: la energía que mueve el micro y el macrocosmos (“Como es arriba, así es abajo”, Hermes Trismegisto).
Posiblemente el gnosticismo abarque mucho más que lo poético: de la confluencia entre Oriente y Occidente -repetida en tiempos preplatónicos, en las Cruzadas más tarde, y en los hippies de los 70 por penúltima vez- salta la chispa del conocimiento, muy parecida a la que debió saltar en el interior de Adán tras morder la manzana prohibida y tragar el primer bocado, cuando de pronto se dio cuenta, en un insight que le proporcionaron sus recién estrenados ojos abiertos, de quién era Eva en realidad: su Yin, su Shakti.
Occidente y Oriente (sus sabidurías) son quizá dos caras de la misma moneda: la única con que puede accederse al comercio más elevado. Lo han sabido varios, lo han transmitido; eso sí, de un modo elitista (véase v.g. el Corpus Hermeticum). Somos Luz y Sonido: energía e información. Eso es todo, que no es poco…
Les dejo aquí un video muy bello que se refiere al sonido primordial de donde salió todo. Pongan los altavoces a tope.

23
jul
11

El Poder y la Hidra

No cometan el error de creer que pueden cortarle la cabeza a una serpiente sin cabeza. Si le cortan una cabeza a una hidra, 10 más van a salir en su lugar

Esta frase lapidaria hecha por Anonymous estos días es la mejor ilustración metafórica de una idea que –afortunadamente para muchos- ya se hace insoslayable. No se podría haber resumido mejor una tendencia que plasmé en “El líder cuántico” hace más de dos años y que es ésta: el Poder, con mayúscula, está sufriendo una metamorfosis vital desde su tradicional forma piramidal -necesitada por su esencia de líderes únicos y de cúpulas- hacia otra de elementos tan repartidos -y en una multiplicidad creciente tan vertiginosa- que es cada vez más impensable de ubicar como ente y, por tanto, de cercenar su vida. Ahí está la clave. Asistimos, más o menos atónitos, a una agonizante era de las pirámides como modelo político, social y relacional. Es por ello que Anonymous usa la analogía de la Hidra de Lerna, el monstruo mitológico de múltiples cabezas que se autoregeneraban apenas cortarlas: porque no hay como no tener una cabeza única para que pase a ser un hecho irrelevante que te corten una de ellas.

En realidad, la Red ha hecho de nosotros un sistema en el que todos constituimos una de las cabezas de la Hidra. La información viaja y se dispersa a la velocidad de la luz comparado con los pies de sus perseguidores, y es indudable que el Giga de datos que al parecer Anonymous ha hackeado de la OTAN estos días, precisamente por su multiubicuidad sería imposible, apenas una hora después, de localizar ni de cercenar. Ahí está el verdadero Poder. (Vivimos un ejemplo a finales del año pasado, cuando apenas una semana después de darse a conocer Wikileaks, los usuarios que ofrecieron su propio ordenador como servidor pasaban del millar.)

Las cúpulas han muerto, viva la estructura de la Red. A pesar de ello y de insistir suficientemente en todos sus comunicados en que su esencia carece de ella, las autoridades piramidales anunciaban pomposamente hace unas semanas que había “caído la cúpula de Anonymous”. Naturalmente, prácticamente nadie dio credibilidad a tal noticia.

Cuando muchos oimos hablar de “red” en informática por primera vez, alguien nos mostraba un diagrama parecido a éste que emula un sistema solar en el cual de un ordenador “central” pendían varios otros ordenadores: contrapuesto a este otro que ha devenido todo un símbolo gráfico por todos conocido: Pero ¿cómo no se nos ocurrió esto mucho antes, si el mismísimo cerebro humano está conformado así en una maraña de comunicaciones neuronales?

¿Cómo no nos inspiró antes la naturaleza misma, igual que los pájaros la aeronáutica o los peces abisales los batiscafos? La respuesta a esta pregunta pasa necesariamente por uno de los ejemplos más utilizados cuando se habla de sistemas autorrecursivos: hubo un día en que el cerebro humano diseñó medios tecnológicos que, recursivamente, a su vez permitieron investigar con mayor profundidad el cerebro (Capra, F., “La trama de la vida”, 1996). Y por ello no podía ser hasta disponer de esos medios que a ese cerebro humano se le ocurriera interconectar ordenadores a imagen y semejanza de las mismas neuronas que, a su vez, habían ideado los primeros ordenadores que permitieron entender que el cerebro que los había diseñado funcionaba igual que ellos (etc. etc.).

Volviendo a nuestros tiempos, el sistema que debido a su morfología precisaba hasta ahora de cúpulas da sus últimos estertores en aras del sistema nacido paralelamente a la comunicación global y cuyo poderío emula al de la Hidra. Las primeras redes de ordenadores tipo “estrella” ceden a otro diseño mucho más sabio, mucho más operativo, mucho más descentralizado (y por tanto mucho menos vulnerable). Mucho más izquierdoso, desde una perspectiva ideológica: en él no hay gurú, ni líder central, ni mando superior o intermedio, no hay dictador que maneje la información, sino conocimiento compartido por seres cuyo anhelo no es tener más razón que los demás ni imponer su poderío, sino un enriquecimiento sistémico, un ensanchamiento comunal, como especie. Caen uno a uno líderes corruptos del sistema que languidece, como moscas bajo el efecto de un insecticida; se descubren y desmantelan poco a poco, diríase que con efecto dominó, las tramas de una mustia pirámide que patalea retorciéndose aún por sobrevivir. Crece exponencialmente, al mismo tiempo, el ansia por compartir con seres que no importa dónde viven mientras tengan intereses comunes y estos intereses no lleven el egoismo adosado. Adviene lenta pero inexorable una pandemia bienhechora: la de un tipo de verdad que se sostiene en una red tridimensional autoorganizada y mucho más sana.

Y es que ya llevamos muchos documentales vistos de National Geographic y muchos programas de Punset, y ahora ya sabemos que la especie que tiene más probabilidades de sobrevivir es aquella en la cual sus miembros son más cooperadores entre sí. Ya lo sabíamos con la cabeza pero necesitábamos saberlo también con el corazón.

Es indiscutible que internet ha sido la piedra angular que mayor relevancia práctica ha tenido para alcanzar el estado actual de las cosas y llegar a este punto de muerte-resurrección que estamos viviendo a todos niveles y en todo el planeta conjuntamente. Era necesario que comprendiéramos que la Red es, no sólo un modelo práctico y sumamente útil, sino la clase de estructura que logra que la interdependencia mútua sea, en muchos más ámbitos de los que imaginábamos, no adictiva sino armónica y fértil, tanto para el individuo como para el sistema.

No se podía comenzar la casa por la ventana pero los cimientos ya están terminados y listos para comenzar a construir sobre ellos lo que podemos ser.

19
feb
11

La eternidad y su despedazado tiempo

Los individuos y las cosas existen en

cuanto participan de la especie que los incluye, que es su realidad permanente

(J.L. Borges)

¿Qué es una realidad permanente?

Dice Schopenhauer: “Quien me oiga asegurar que el gato gris que ahora juega, en el patio, es aquel mismo que brincaba y que traveseaba hace quinientos años, pensará de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro”. Y nos aclara: “la leonidad, considerada en el tiempo, es un león inmortal que se mantiene mediante la infinita reposición de los individuos”.

Dice Marco Aurelio en “Meditaciones”: “Quien ha mirado lo presente ha mirado todas las cosas: las que ocurrieron en el insondable pasado, las que ocurrirán en el porvenir” (Marco Aurelio)

Y el gnóstico William Blake: “Ver un mundo en un grano de arena y un cielo en una flor silvestre, tener el infinito en la palma de la mano y la Eternidad en una hora.”

Puede bastar con contemplar –sin pensar- uno de los videos más vistos sobre el fractal de Mandelbrot (http://www.youtube.com/watch?v=9sfwrXpIIF8) para comprender en un instante mágico, con el tipo de comprensión menos utilizado por el humano actual, a qué se refieren todos ellos (pueden mirarlo ahora, les espero aquí sin prisa).

Todos los gatos son el mismo gato si nos atenemos –siguiendo la ilustración de Schopenhauer- a una “gatidad” que permanece, similar al río heraclitiano en el que todo permanece y todo cambia al mismo tiempo. ¿Cómo podemos integrar estos opuestos en un mismo cocktail? ¿Cómo digerir este cocktail sin embriagar la razón?

Pues con varias herramientas. Ojalá pueda aquí proporcionarles alguna que les sea útil.

Una de ellas sería la teoría del universo holográfico. Si no saben de qué trata ni siquiera la fotografía holográfica, no teman porque es muy sencillo de entender: sólo tienen que pensar en una imagen cualquiera reflejada en un espejo. Si rompemos el espejo en mil añicos, cada uno de esos diminutos trocitos reflejará la misma imagen entera y no un trocito de ella. Esto se debe a que la imagen no está ubicada en la superficie del espejo sino en otro lugar que la hace indivisible. Si desean ampliar esta idea, aquí subí hace años una de las explicaciones más asequibles que encontré: http://docs.google.com/Doc?id=dhpj4dtq_11j9f6t6.

De modo análogo, los cromosomas contienen, plegada en el ADN, la información correspondiente al organismo entero. Recién iniciado el s. XX, Hans Driesch (1867-1941), experimentó con embriones de erizo de mar. Al destruir varias de sus células, no nacía una parte proporcional de erizo, sino un erizo de mar entero. Como resulta patente, esto apunta en la misma dirección que el ejemplo de los fragmentos de espejo: cada parte contiene al todo. (Si no lo han hecho antes, éste es otro buen momento para mirar el video del fractal.)

Volvamos ahora a ese gato de Schopenhauer: el que vivió hace quinientos años y el que juega ahora en el patio son pequeños fragmentos de ese espejo y corresponden en realidad al mismo y único gato aunque lo que nuestros ojos perciban sean trocitos de ese gato crónico, inmutable, universal. A ese único gato inmortal podemos llamarlo Gatidad, y Gato a cada una de sus proyecciones (el gato de nuestro vecino, el gato que se nos murió hace poco, el gato con que nos cruzamos en un callejón). Krishnamurti habló en muchas ocasiones de lo nefasto de la fragmentación.

Otra herramienta para comprender una realidad permanente (pero cambiante) es observar ese ilustrativo video sobre la fractalidad que, a mi parecer, está íntimamente vinculada con la perspectiva holográfica: la parte contiene al todo y el todo a las partes. ¿Cómo es posible también esta paradoja? ¿Puede estar A dentro de B si B está dentro de A? Naturalmente que sí, sólo hay que pensar en la esponja, que está en el mar, y a la vez el mar dentro de la esponja.

Otra herramienta-ejemplo que puede ser útil: cuando se nos rompe un termómetro, se forman multitud de gotitas de mercurio. Apenas se las empuja cerca de sus vecinas, se funden instantáneamente con ellas, como si se hubieran echado de menos inconsolablemente durante eones de tiempo, agrupándose más y más entre sí hasta llegar a formar de nuevo un todo. El que eran desde siempre y que un accidente fragmentó.

Anclada al tiempo y al espacio, sólo nuestra mente nos engaña presentándonos dividida una gran y entera realidad. Posiblemente el ansia de fusión de dos amantes desnudos, la sensación de completud y dilución del “yo” en el todo, la reunión con Dios de los místicos o la identificación del chamán con su bosque tengan mucho que ver con (o sean distintas versiones de) una misma e inmutable tendencia de cuanto está vivo: el retorno a un inicio que la psicología actual traduce como ansia por aquel paraíso uterino donde todo comenzó. ¿Volverá a fragmentarse una vez logrado el Uno?

Y, aún más, ¿comenzó nuestro Yo realmente ahí? Oigamos a Schopenhauer:

Una infinita duración ha precedido a mi nacimiento, ¿qué fui yo mientras tanto? Metafísicamente podría quizá contestarme: “Yo siempre he sido yo; es decir, cuantos dijeron yo durante ese tiempo, no eran otros que yo.”

Y a Spinoza: “Sub especie aeternitatis”

Y a tantos otros que no es necesario enunciar pues todos son parte de lo Unico.

05
jul
10

Rompetechos y la ley de la atracción

Hasta hace relativamente poco, la mayor parte de la gente creíamos que los optimistas lo son simplemente porque todo les va bien, y los pesimistas porque todo les va mal. Estábamos imbuidos de una causalidad rectilínea, lineal, estática que tenía sus raíces en los últimos siglos de explicaciones mecanicistas del mundo.

Pero las cosas han cambiado desde que la cuántica dejó de parecer una disciplina exclusiva de licenciados de alto nivel y se mostró como la más generosa y sensible de todas las ciencias, germinando y desplegando su multitud de ramitas hacia prácticamente todos los campos del conocimiento. Algunos aún se resisten a admitir sus innumerables aplicaciones a casi todo, pero, del mismo modo que no es necesario ser micólogo para saber que hay setas venenosas, no es necesario ser físico cuántico para comprender –aunque sea a nivel intuitivo- que de sus principios básicos (complejos y simples a la vez) surge una nueva comprensión del mundo y un nuevo modo de pensar la vida, visión que arrasó la concepción secular de las cosas y nos puso en camino de concebir desde otro prisma desde la mente humana a la célula, pasando por la botánica o cualquier cosa que esté integrada por elementos que vibran y que constituyen sistemas autoorganizados.

Esta idea no es original. Muchos -y me adhiero- piensan que en un futuro que ya está aquí el desconocer las ideas elementales de la física cuántica será tan limitador como puede serlo en nuestros días no hablar inglés o no saber manejar un ordenador. Es por esta razón que desde hace unos años han surgido obras como la famosa película documental “Y tú qué sabes?” (What the bleep do you know?) e incluso libros divulgativos, aunque a nivel más popular, del tipo de “El Secreto”. Pero, sea en el nivel que sea, han dado sus frutos y es por ello que a casi todo el mundo le suena familiar eso que algunos conocen como la “Ley de la Atracción” y, a algunos menos, conceptos como la sincronicidad de Jung o los campos mórficos de Sheldrake. Pero esto no importa ahora.

Rompetechos era un gracioso ejemplo gráfico de un optimista (miope en su caso, para más inri) que, debido a su aplastante miopía, iba generando destrozos y catástrofes a su alrededor pero a quien jamás ocurría nada malo. La Ley de la Atracción se encarnaba en él a la perfección y hasta nos hace pensar en el solipsismo dado que, para él, lo que no alcanzaba a ver simplemente no ocurría, ejemplificando cómo el mundo nos devuelve, como en reflejo, la misma visión con la que lo percibimos, en un flujo contínuo de sucesos en vaivén que, curiosamente, se acoplan como un guante a nuestro modo de ir por él.

Uno de los regalos más conocidos que nos ha hecho la cuántica es el llamado entanglement (entrelazamiento), que viene a enseñarnos que dos partículas alejadas entre sí ya sea un metro o sea kilómetros (en realidad la distancia es irrelevante, según los experimentos llevados a cabo), reaccionan igual y al mismo tiempo al ser intervenida una de ellas. Como saben, un hecho así no tiene ninguna explicación “razonable” en base a las leyes que la física tradicional conocía hasta ahora. Y sin embargo, es así: parecen existir unos hilos invisibles, una malla de causalidades, que correlacionan dos cosas, individuos, o sucesos que –según la lógica lineal- no tienen relación.

Y es ese entanglement o entrelazamiento, esos hilos invisibles, los que vinculan, por ejemplo, a un optimista y lo que le devuelve el mundo. De modo análogo, a una persona pesimista las cosas le irán mal por algo que popularmente llamamos “atraer la desgracia” o lo que la psicología llama “patrones repetitivos”, el psicoanálisis deseos reprimidos y el lenguaje popular “gafes”.

Quizá recuerden la pelicula “Forrest Gump” como ejemplo de un botarate a quien todo le sale bien y parece atraer la buena suerte que a su alrededor se ceba con casi todos aquellos más inteligentes que él mismo.

Rompetechos no creía en el mal, todo lo veía desde un prisma ingenuo (y miope), y no hay duda de que por eso mismo las desgracias jamás le ocurrían a él. Vean cómo incluso a un amenazante león lo tomaba por un cariñoso perrito:

(im

En realidad, en el mundo hay muchos rompetechos y, análogamente, también muchos pesimistas a los cuales todo les irá mal hasta que tomen conciencia de que el mundo y uno mismo estamos conectados por un entrelazamiento que nada sabe de nuestra ya caduca lógica. Es por esta razón que numerosos neurocientíficos ya hablan abiertamente de que es el cerebro el que crea la realidad y no al revés(1), lo cual –estarán de acuerdo- habríamos tomado por una aberración unas décadas atrás(2).

Es posible que si Rompetechos hubiera tenido conocimientos de cuántica le hubiera ocurrido como al cienpiés del cuento oriental, el cual dejó de saber coordinar sus pies en cuanto alguien le preguntó cómo podía hacer algo tan complicado y hubo de pararse a pensarlo. Y esto se debe a que hay principalmente dos vías para llegar a lo mismo pero hemos divinizado y sobresaturado demasiado una de ellas, la del intelecto. Hay cualidades que operan de forma muy distinta según se traten de un don natural pero descontrolado, o bien sean tomadas desde la atalaya de la conciencia.

Es seguro que el intelecto sea un enorme bien, una valiosísima herramienta, pero también es posible que sea necesario pero no suficiente. Si fuéramos conscientes de todas las probabilidades que nos ofrece el mundo en vez de limitarnos a enfocar la que más se ajusta a nuestro modo de verlo(3), quizá entonces también dejaríamos de estar tan subyugados por la materia (ese viejo sueño) y, de paso y lo que es aún mejor, acaso también por el sufrimiento.

Si observan bien la expresión de Thich Quang Duc -un monje budista que eligió inmolarse hace varios años como protesta por la opresión del budismo en Vietnam- comprenderán mejor a qué se refiere este post. No parece creíble que sólo con el intelecto pueda lograrse trascender el sufrimiento, sino que, una vez pasado por él, podemos  ir más allá.

Y más allá posiblemente esté todo entrelazado, entangled.

.

(1) Entrevista a Deepak Chopra aquí

(2) Según Francisco J. Rubia (catedrático de Fisiología de la UCM y autor de diversos libros) está bien establecido que la percepción no es una copia fidedigna de la realidad exterior, sino que sólo una parte se compone de estímulos externos, el resto es aportado por el cerebro. Para más información, ver esta conferencia del Dr. F. Rubia.

(3) En este post de este mismo blog hablamos de probabilidades y enfoques.

25
abr
10

Predecir para ahorrar

En este post nos preguntábamos cuál es la causa de que a los humanos nos moleste tanto –a veces lo reconocemos, otras no- el no “tener la razón”, hecho que deriva con mucha frecuencia en tensiones, discusiones y/o frustraciones que representan un alto coste energético, y que por otro lado no suelen llevar a ningún buen puerto. (Los mediterráneos y latinos, dicho sea de paso, somos un pueblo que cree que los decibelios del grito convencen más al otro que la sensatez.)

Pero no se trata tan sólo de no “tener la razón” ante un interlocutor, sino también ante la vida.

“¿Por qué esa manía crónica de ajustar o encajar contínuamente la realidad a lo percibido o creído de antemano? Quizá porque en nuestro fuero interno nos molesta bastante que la realidad subjetiva no acabe de coincidir con los esquemas que preconcebimos ni recordamos ya cuándo. El abismo que las separa nos produce vértigo”

Se apuntaba ahí al desajuste o abismo como metáfora de la diferencia que existe entre nuestras expectativas y la cruel realidad, y a la posibilidad de que sea precisamente esta especie de diferencia de potencial la que nos cuesta tanto manejar.

En el 2005, Álvaro Pascual-Leone, renombrado neurólogo español, declaraba en una entrevista hecha por Punset:

“lo que hace el cerebro es generar una expectativa (…) realiza una predicción sobre lo que debe esperar. Ahora, por ejemplo, me has formulado una pregunta esperando una respuesta (…) tienes ciertas expectativas sobre lo que diré y cómo lo diré, etcétera. Si surge algo distinto a lo esperado, se produce un conflicto entre tu lo que esperas y lo que obtienes. Creo que nuestro cerebro está codificado para generar expectativas y detectar lo inesperado. Así que, en último término, las ilusiones no son más que un momento de desequilibrio inesperado entre lo que esperamos que suceda y la realidad se nos presenta”

Pero sucede que el cerebro es muy listo, y sabe perfectamente que, por la cuenta que le trae, ha de espabilarse para ir saltando del modo más operativo (y rápidamente) los pequeños abismos cotidianos entre realidad y expectativa, entre predicción y hechos: no siempre predice bien.

Según los últimos descubrimientos del Max Planck Institute for Brain Research (Frankfurt) y el departamento de Psicología de la Universidad de Glasgow publicados el mes pasado en el Journal of Neuroscience, parece ser que la clave de ese intento desesperado de predecir -aunque con gran margen de error- no es otra que el ahorro de energía.

“Si nos encontramos frente al escritorio de nuestra oficina, que hemos visto cientos de veces, nuestro cerebro no necesita emplear mucho tiempo para procesar esta escena conocida. Lo que sucede, en realidad, es que nuestra corteza visual tiene ya formada una imagen mental de dicho espacio, que le sirve para predecir lo que veremos, antes incluso de que entremos en la habitación.  Sin embargo, si en un momento dado entráramos en la oficina y allí encontráramos algo totalmente inesperado, como a una persona desconocida sentada en nuestra propia silla, el cerebro tendría que hacer un gran esfuerzo para procesar una escena que no sería “tal y como se esperaba”.”

Dice Lars Muckli, uno de los investigadores que ha participado en el último estudio, “el cerebro espera ver cosas, y simplemente pretende confirmar sus expectativas.” Aquí está el extracto del artículo publicado (en inglés).

Como ven, parecería que en estos cinco años transcurridos entre unas y otras investigaciones, no se haya adelantado mucho en el sentido de saber cómo evitar decepciones o frustraciones ante la grieta que aparece a veces entre nuestros deseos o previsiones y los hechos reales, a evitar sufrir ante la evidencia, pero quizá ya no quede mucho, si no para evitarlo, al menos para comprenderlo.

Mientras el humano no conozca la solución, el autoengaño y la negación freudiana parecen ser las alternativas más “al alcance” y que requieren menos energía de todas. Como dice el sabio refranero:

“No hay peor sordo que el que no quiere oir”.

Ni peor ciego que el que no quiere ver, podríamos añadir(1).

(1) En lo relativo a la visión y al qué enfocamos y porqué, ver el post “Enfocando la probabilidad”.

05
feb
10

El electrón que colma el vaso (o la no-linealidad del inconsciente internáutico)

Andaba esta mañana algo resacosa pensando en un poutpourri de ideas (entre ellas, recientes ideas vertidas por A. Schuschny -”Chusni” para sus amigos españoles) a la espera de mi bus preferido para la patafísica diletante. Iba diciéndome para mis adentros “Sí, somos los que estamos y estamos los que somos, pero ¿estamos unidos suficientemente para hacer “algo”?
Y luego:

“Hace falta, realmente, eso de “unirse para algo” o bien…….?”
Y a continuación:

“También está eso de la masa crítica, los quantos de Planck, etc.”
Y luego: pausa (como siempre, alguien hablaba muy fuerte desde su móvil y, claro, siempre despista un poco).
Y enseguida:

“Déjate fluir, ya llegará eso que no sabes qué es pero que pugna por ser escrito”.
Y, paralelamente a esa manía de leer en los autobuses (en esto también somos cada vez más los maniáticos), he abierto mi libro del momento por la página pertinente, en la cual Margaret Mead decía, citada serendípicamente por Erwin Laszlo:

“Nunca dudes del poder de un pequeño grupito para cambiar el mundo”.

“¿Sincronicidad?”, no he podido por menos de pensar.

Planck descubrió que hacía falta un determinado nivel de energía para que un electrón se lanzara a probar otro tipo de vida, otro nivel de definición, el salto cuántico. Y es que hay procesos lineales y no-lineales. Por ejemplo: el vaso se llena (linealmente) a base de una gota, y otra, y otra, y otra… El vaso se llena de agua linealmente, ceñido a la lógica aristotélica que nadie va a discutirle: la suma de varias gotas es susceptible de llenar un vaso. Pero…
Una sola gota lo colma y derrama, repentinamente, el esfuerzo de todas las anteriores: la masa crítica, el punto de inflexión de las campanas de Gauss. Virajes cuánticos.
Y el electrón salta de nivel e indaga en otras vidas posibles.
Pero, amigo Chusni y colegas -insistía yo-: ¿realmente la masa crítica no requiere más esfuerzo grupal? ¿Realmente la masa crítica tiene efecto por sí misma?
El cemento de la masa crítica es -indudablemente- internet.
Y sigue diciendo el libro que citaba casualmente (?) a M. Mead que esa masa crítica de humanos (Úbermensch? mutantes, les llamo yo) es la que puede decidir cómo nos salimos de esta bifurcación que llamamos crisis: o nos hundimos en la catástrofe lineal definitiva, o nos salvamos a través de una ósmosis espiritual no-lineal que nos contagie recíprocamente de una nueva percepción de eso que llamamos realidad.

Eso sí puede salvarnos y por esto hoy, un día de invierno soleado, he vislumbrado al fín un rayo de esperanza.

04
ene
10

La cuántica en fácil

Fred Alan Wolf (“Y tú qué sabes?”) nos presenta estos videos para comprender la cuántica de un modo digerible y humorístico.

Video 1.-

Video 2.-

Video 3.-

Video 4.-

Video 5.-

Video 6.-

Video 7.-

Video 8.-

23
dic
09

Los twitts del año

Por cortesía de Ana di Zacco y Francisco Traver, una composición festivo navideña para felicitar el año a través de esa nueva tecnología literaria que conocemos ya como twiteo.

22
nov
09

Jung, Hipócrates y el poliedro humano

La distinción de los cuatro temperamentos, que hemos tomado de la Antigüedad, apenas puede llamarse tipificación psicológica, desde el momento que los temperamentos casi puede decirse que no son otra cosa que complexiones psicofisiológicas.”

Sin duda Jung se refiere ahí a los cuatro temperamentos que Hipócrates había asociado a los cuatro humores presentes en el organismo, una clasificación que parece menoscabar cuando dice “no son otra cosa que”. Llama la atención que lo que él denominó las cuatro funciones de la conciencia (pensar, sentir, percibir, intuir) se correspondan tanto con el predominio de cada uno uno de los valores líquidos del cuerpo que veinticinco siglos antes intuyera Hipócrates. Es curioso asimismo que Jung parezca poner en distintos cajones lo físico y lo psíquico (“no son más que complexiones psico-fisiológicas”) cuando él mismo supo sintetizar de un modo tan lúcido lo intangible con lo tangible.

Dado que Hipócrates no disponía de medios tecnológicos para llevar a cabo estudios publicables en ningún Journal de renombre, imaginamos que basó su clasificación cuaternaria en todo cuanto le diera de sí la observación y la empiria. En realidad, basta la observación para darse cuenta de que quien camina lento suele hablar lento, pensar lento, o comer lento (y al contrario). O que las personas de mejillas carnosas y blandas (temperamento linfático) suelen ser más glotonas y tener menos fuerza de voluntad que aquellas atléticas y rojizas (aire). O que las personas de frente baja sean mucho menos dadas a la objetividad que aquéllas con frente alta. O que las manos de dedos largos correlacionen con el amor al detalle y el análisis, mientras que los dedos espatulados y cortos suelan pertenecer a personas con facilidad para sintetizar. ¿Observaría Hipócrates todo esto? Quién sabe.

En todo lo que está dotado de vida, la misma nota puede resonar en distintas octavas, cada una puede ser “pulsada” en varios niveles.

Marte es un planeta “rojo”, color que asociamos a la belicidad, el fuego, la energía o la voluntad, y por ende al músculo y la fuerza, pero el rojo es –casualmente- el color de la sangre. Cuando hablamos de fuerza o de voluntad ¿podemos disociar la física de la psíquica? Cuando hablamos de calor, ¿no es acaso la sangre -y no la linfa- la que aporta calor a la piel? Inflamación viene de flama (lat.) y en griego se llama flegmoní que también viene de flóga (llama). No es de extrañar que a nadie se le ocurra pintar la habitación del bebé de rojo (el color de la floga) sino de verde pálido: por instinto y aunque nadie nos lo haya contado, sabemos con una sabiduría ancestral que la frecuencia del color rojo es más alta (es decir, su longitud de onda más baja) que la del verde, y, como está comprobado, aquél exalta la agresividad mientras que el verde propicia la relajación (aquí tienen un blog muy completo sobre la Psicología del Color), del mismo modo que sabemos hoy día que ciertos sonidos (los agudos) excitan y otros (los graves) relajan. Lo saben bien sobre todo quienes se dedican a la terapia del sonido; está comprobado el efecto terapéutico del sonido de ballenas y delfines en niños autistas, hiperactivos o con síndrome de Down, como lo sabe también la industria discográfica especializada en músicas para la relajación.

(Notas tomadas en el seminario "Sonidos terapéuticos", por el mexicano M. Arrieta, may-2005)

Los distintos “niveles” de que hablaba más arriba, o distintas octavas de la misma nota, se refieren no sólo a distintos niveles de densidad o sutilidad, sino de la expresión perceptible de un mismo tipo de energía. En el ejemplo anterior, decir “sangre” es análogo a decir “rojo”, a decir “Do sostenido”, “Marte”, a decir “voluntad”, a decir “Ares”, etc. El sonido audible oscila entre 10 y 1000 Hz y el color a frecuencias 1×10(4). ¿Será el universo una gigantesca gama de frecuencias?

Astronómicamente hablando, Mercurio es el planeta más rápido (por estar más cerca del Sol y ser su elíptica la más corta). Las personas mercuriales suelen ser pequeñas, movedizas (aunque no musculadas), hábiles con la palabra y rápidos de reflejos. Astrológicamente están representadas por el signo Géminis aunque no es preciso tener ahora ninguna opinión sobre la astrología, dado que también en las profesiones están plasmadas en comerciantes, conferenciantes, escritores y todos cuantos deben manejar el logos para transmitir ideas de un lado a otro. Al fin y al cabo, no en vano Hermes era el mensajero de los dioses y no su decorador, ¿casualidad?

Ya -dirán ustedes-, los mitos ancestrales provienen de la mera observación del cielo. Pero -les diré yo- ocurre que, en el caso de la astrología, ésta es anterior a los telescopios y a los cálculos de distancias interplanetarias. Mucho más antigua, incluso, que el conocimiento de que la Tierra era redonda. Lo llamemos como lo llamemos, el humano mercurial suele tener las manos pequeñas, ágiles y finas del taumaturgo, su piel es rosada y camina rápido (a pasos largos o cortos en función de si predomina, por otra parte, la humedad o la sequedad). Decir “Mercurio” o “Hermes” es, por tanto, lo mismo que decir “chakra 5”, el que resuena con la garganta, el órgano de la palabra.

El temperamento tierra (que correspondería a la función sensorial de Jung y a la bilis amarilla de Hipócrates) suele ser amarillento o terroso, de ojos más bien hundidos, suele caminar lento y, al ser la tierra la conjunción de lo frío y lo seco, en las palmas de sus manos observamos gran número de líneas (debido al mayor grado de sequedad de la piel) las cuales suelen ser poco pronunciadas (por falta de calor). Es realista, puntilloso y pragmático y su punto débil en la octava fisiológica son huesos o el intestino delgado, el órgano más pragmático de todos como se explica aquí.

Puestas así las cosas, relacionar una nota musical con un color, con un chakra o con un arquetipo parece juego de niños, pero, volviendo al cuatro, lo más curioso es que, bien sean los temperamentos de Hipócrates o bien sean las funciones de Jung el origen de todo este enredo, éstos cuatro tipos fueron divididos posteriormente por el propio Jung en dos sub-tipos que llamó introvertido y extrovertido. Estos conceptos de la escuela junguiana llevan a confusión, pues no significan exactamente lo que popularmente entendemos por tales, sino que establecen dos tipos de personalidad en función de si el foco central de la atención se ubica dentro o fuera del Yo, es decir, de si lo más importante para uno es uno mismo (sujeto) o algo/alguien externo (objeto). Podríamos decir que el introvertido junguiano es centrípeta y tiende a ajustar el entorno a de sí mismo, y el extrovertido junguiano es centrífugo y tiende a ajustarse a sí mismo al entorno. De la combinatoria, pues, entre los cuatro temperamentos o cuatro funciones y los tipos introvertido y extrovertido surgieron los ocho tipos de Heymans-Le Senne, clasificación utilizada aún aún por la psicología actual y también por los grafólogos. Pero de grafología se hablará en otra ocasión pues, como podían adivinar, en la letra también se agazapan el calor y el frío, la humedad y la sequedad.

Somos una malla móvil de posibilidades que se retuerce entre firmas, colores, órganos y puntos corporales débiles o fuertes, fuerzas centrífugas o centrípetas, dioses del Olimpo, sonidos; somos astros y hasta arcanos con conciencia. Somos poliedros rodantes de varias caras y todo es según el ángulo desde el que se nos mira, de si nos observa el psicólogo o el cromoterapeuta, de la octava con que resonemos en cada momento. Y con quién.

15
nov
09

Mente digestiva, intestino mental

intest-cerebroNo son casuales expresiones como “he de digerir bien esa idea” o “a mi vecino no lo trago” en vez de “he de oler bien esa idea” o “a mi vecino no lo toco nada”.

Si toman ustedes un poco de plastilina, hacen con ella un gusano muy largo y delgado y, cuando lo tengan hecho, lo aplastan bien entre las manos hasta hacer de ello una bola compacta, obtendrán una reproducción muy gráfica del encéfalo… y también del intestino delgado.

En nuestro interior, el intestino es el encargado de disociar, de discernir qué es bueno y qué es malo: un órgano al que le tocó desempeñar una función labor bastante cartesiana, apremiado como vive por la obligación crítica de decidir –y decidirlo además con prontitud- entre el sí o el no, entre “esto me lo quedo” o “esto lo tiro”, que es muy parecido a lo que hacemos nosotros en esa curiosa catársis semestral de los climas templados conocida como “cambio de armarios”. Imaginamos que debe ser una tarea muy estresante para un tubo de paredes de tejido muscular, mucosas, neuropéptidos y divertículos, tener que decidir siempre con urgencias entre aprovechar y tirar, entre bueno o malo, entre ceros y unos.

El encéfalo es también dual: está dividido en dos hemisferios que procesan todo material venido del exterior de dos modos bastante distintos. Y es dual también porque tendemos a concebir el mundo exterior bajo otra necesidad igualmente apremiante de otorgarle a todo una categoría que por consenso llamamos “juicio de valor” (es decir, “esto bueno” / “esto malo”, o “esto me conviene” / “esto lo tiro” porque “esto me produce (o producirá) placer” / “esto me produce (o producirá) dolor”). Lo cual no es ninguna banalidad, pues no es lo mismo tratar de integrar opuestos de modo armonioso que la sensación de tener que elegir entre la posibilidad de goce y la posibilidad de sufrimiento sin posibilidad de rebobinar. Y esa pulsión a catalogar los estímulos, las ideas y los acontecimientos en dos cajones básicos es un discernimiento que solemos hacer más allá de la voluntad consciente y razonadora, y con mucha más rapidez de la que utilizamos para analizar incertidumbres domésticas o morales sin tener en cuenta una gran verdad que dijo Epícteto: “lo importante no son los hechos, sino cómo los tomamos”.

Está comprobado por diversos estudios que ambos –intestino delgado y cerebro- desempeñan sus tareas más estrechamente vinculados de lo que nos damos cuenta. De hecho todo en nuestro cuerpo lo hace en ese gran todo que es nuestro Yo, pero éste es uno de los casos más sintomáticos. Un buen ejemplo cotidiano es el hecho de que, si comemos en un ambiente de discusión o de tensión, esa comida nos caerá mal, o también que ante un disgusto se altera automáticamente el hambre (con más frecuencia disminuye o desaparece aunque se da también el caso contrario). Ante fenómenos así de curiosos, cabría preguntarnos ¿quién es el que no ha “digerido” bien? ¿el intestino los alimentos, o la mente la tensión? ¿Cómo afectan el uno al otro o viceversa?

Para esclarecer en lo posible este hermanamiento, y tal como explica muy bien F. Traver en este post, en el aparato digestivo se hallan circulando ciertos neuropéptidos como si de su casa propia se tratara, que vienen a ser como neurotransmisores afincados en el intestino, de lo cual se desprende que el intestino vendría a ser una especie de “pequeña mente digestiva” o que, cuando menos, funciona como tal(1).

La misión del intestino delgado es hacer una especie de bricolage con la materia prima que le vamos suministrando, es decir, una función básicamente de reciclaje, de transformación, desintegrando hasta su nivel molecular esa materia prima para que, a partir de ello, pueda ser elaborado todo lo que el resto de nuestro cuerpo necesitará si quiere seguir vivo: una clave que acaso se corresponde con la transmutación alquímica, el alambique donde se cuece el futuro de todas nuestras células, el mismo lugar, por cierto, donde se ubica según algunos orientales el fuego del Hara, esa caldera en la que los practicantes avanzados de artes marciales aseguran obtener su sorprendente fuerza.

En la mente -cerebro quienes lo prefieran- ocurre algo análogo: en ella hace su entrada contínuamente, desde el mundo exterior y a través de los cinco sentidos conocidos, una enorme dosis de materia prima a cada instante. El reduccionismo es un buen método para analizar, clasificar, ubicar en cajones y decidir a qué estímulo intelectual y/o emocional le ponemos la etiqueta “Para guardar y ya veremos” y cuál etiquetamos como “Para tirar”. Quizá el problema es que, a diferencia del intestino delgado, nos ocupa tanta energía llevar a cabo esa labor de clasificación que nos perdemos en ella y luego nos quedan fuerzas para más, olvidando con frecuencia que, más allá de ponerlas a buen recaudo, además había que reciclar esas moléculas de información, transformar emociones antiguas en asombros nuevos, memorias marchitas en esperanzas a estrenar, transmutar placeres antiguos en dichas presentes, partículas de nuestra pequeña biografía en esencias de potencialidad.

(1) Fritjof Capra, en “La trama de la vida” nos cuenta:

“Tradicionalmente, los neurocientíficos han asociado las emociones cn áreas específicas del cerebro (…) lo cual es correcto. No obstante, no es la única parte donde se concentran los péptidos. Todo el intestino está cargado de ellos. (…) Sentimos literalmente nuestras emociones en nuestras entrañas.”




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