Archivos para la Categoría 'cerebro'

11
Nov
09

Deepak Chopra

deepak

Deepak Chopra es un médico de origen hindú pero formado en los USA que aglutina en torno a sí la tradición mística de Oriente y el pensamiento cientifico-técnico de occidente en una equilibrada integración. Lo que defiende Chopra es la superación del dualismo y lo que él llama “superstición materialista”, la convicción que sólo desde lo material pueden abordarse los problemas de salud.

Chopra defiende la unidad cuerpo-mente e integra en una visión holistica el cuerpo material, el emocional y el mental.

He recogido en una serie de videos algunas de las propuestas y explicaciones de Deepak Chopra.

El poder del pensamiento.-

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Video 3.-

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Video 7.-

Curación cuántica.-

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Video 2.-

Video 3.-

Video 4.-

Video 5.-

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Sonidos curativos.-

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22
Sep
09

No matarás

no-mataras

Nosotros los sapiens pertenecemos a una estirpe de homínidos bastante irascible pero poco agresiva.

El potencial agresivo de los humanos procede más bien de nuestra enorme inteligencia y de nuestra capacidad para planear encerronas, construir instrumentos, armas y artilugios destructivos a gran y pequeña escala.

Es muy poco probable que a puñetazos seamos capaces de matar a un congénere, para eso necesitamos emplear alguna que otra estrategia como golpearle con una piedra en la cabeza o asestarle una puñalada mortal por la espalda. Necesitamos armas y tenemos la inteligencia para construirlas.

Nuestros sistemas de modulación de la agresividad -sistemas inhibidores de la misma- son muy escasos y están muy poco desarrollados. La razón biológica de este escaso desarrollo es que no poseemos cuernos para acometer, ni garras para desgarrar, ni picos para atacar ni dientes para morder. Es decir no tenemos un armamento intrínseco que haya evolucionado con nuestra estirpe y por tanto los sistemas de inhibición de la agresividad no se han desarrollado -no han coevolucionado- con nuestras razones para enfadarnos, es por eso que la gente suele matar a otro por “un quitame allá esas pajas”.

Los sistemas inhibitorios de la agresión no están codificados genéticamente (aunque si la agresividad que siempre da premio evolutivo) es por eso que se hizo necesario inventar sistemas inhibitorios culturales que vinieran a suplir ese déficit natural.

Nuestros sistemas de inhibición de la agresividad se trasmiten a través de la cultura, entendiendo a esta en clave extendida: toda aquella clase de registros procedentes de la tradición que se trasmiten de padres a hijos o desde el sistema social o grupo al individuo.

En un post anterior me planteaba el cómo se trasmiten estos registros, es decir como se interiorizan las prohibiciones culturales en los cerebros individuales. ¿Cómo sabemos que no hay que matar al vecino?

Hay que diferenciar ahora el verbo “saber”, información, del verbo “deber”, moral y del verbo no-matar que es el polo pasivo de la interiorización del tabú.

Todo el mundo sabe que no hay que matar al prójimo y yo diria que hay una gran mayoria de humanos que seguimos este mandato, los homicidios descienden en todo el mundo de una manera progresiva desde 1900 para acá (aunque en el 2008 hayan ascendido en nuestro pais en un cifra alarmante comparada con el 2007) . También algunos sabemos que matar a otro es una cosa que no debe hacerse, por muchos motivos: morales, cívicos, racionales unos e irracionales otros y sobre todo porque existen códigos juridicos, políticos, policíacos que persiguen el crimen, el único argumento que sirve a algunos de disuasión frente al delito, aunque hay otros argumentos blandos por ejemplo: que se trata de algo irreversible, porque a nosotros tampoco nos gustaria que nos mataran, etc. Existen argumentos de todo tipo para no llevar a cabo esta miserable conducta y sin embargo hay gente que la sigue llevando a la práctica.

¿Por qué?

La falta de información, los déficits morales (la degeneración moral de Magnan), la patología psiquiátrica, la miseria económica que es la explicación marxista del crimen o la misteriosa etiqueta de “conductas antisociales” no bastan para explicarnos el por qué algunas personas se saltan a la torera un precepto que a la mayoria de nosotros nos parece algo normal, algo natural que no precisa que cavilemos demasiado en el asunto. No hay que matar y ya está.

Lo cierto es que la mayor parte de nosotros no necesitamos pensar en ello porque lo hemos incorporado o interiorizado. Y una vez interiorizado un tabú (una prohibición) ya no necesitamos pensar en ello porque se ha insertado en nuestro patrimonio -nuestro campo- epigenético. Se ha convertido en biología y ha dejado de ser una cuestión moral sobre la que podemos opinar o mantener opciones distintas.

H. C . Waddington fue un biólogo y genetista escocés que planteó el termino epigenética para explicar algunas interacciones entre el medio ambiente y los individuos que se realizaba no a través de la via del ADN sino a través de influencias medioambientales en la expresión o transcripción de la herencia genética propiamente dicha: la epigenética estudiaria pues el medio ambiente de la célula. Hoy se le da mucha más importancia a la epigenética que a la genética misma en la convicción de que gran parte de las conductas y las patologias humanas pueden explicarse mejor desde este doble origen que hace que el medio ambiente penetre en lo más íntimo de nuestro patrimonio genético -sin afectar necesariamente al ADN nuclear- y conmute procesos que no se hubieran producido sin esas aferencias de información.

La evolución no sólo opera sobre rasgos genéticos sino tambien sobre rasgos conductuales, ambientales, mórficos y simbólicos.

Lo curioso de esos aprendizajes que los humanos realizamos individualmente es que son aprendizajes que nos vienen insertados por la cultura o la tradición sin que seamos demasiado conscientes de ello. Un ejemplo es la prohibición del “No matarás”, ¿cómo hacemos la mayor parte de nosotros para cumplir este mandato sin que nunca nadie nos haya hablado del asunto?

Ahora compare usted este mandato con este otro:

“Hay que conducir siempre con el cinturón de seguridad puesto” o

“Si conduce absténgase de beber alcohol”

¿Que diferencias observa?

Ambas son prohibiciones pero existe una diferencia fundamental entre ellas: la primera prohibición es antiquísima, data de unos 50.000 años y las segundas solo tienen una década. Los efectos que ambas prohibiciones tienen en los cerebros individuales son inmensas, las primeras se han automatizado, se guardaron en un lugar muy lejano a la corteza cerebral, se encuentran en los planos mas profundos del cerebro, alli donde guardamos los patrones de acción fijos para andar, beber, comer o movernos sin pensar, se han corporizado. La segundas están en nuestro consciente, hemos de pensar en ellas y forzosamente a veces las olvidamos, todavia no han penetrado en nuestro inconsciente, aun no se han automatizado y no son todavía cuerpo sino idea.

Para que una idea se corporice hacen falta al menos tres generaciones (unos 60-80 años) pero es necesario además que la idea haya logrado penetrar en los cerebros de nuestros progenitores al menos para que la acaten si lleva un “no” delante. Sólo después de haber pasado por tres generaciones de linajes no homicidas podemos pensar que en nosotros no existe pulsión homicida alguna y que es muy poco probable que alimentemos abogados o pleitos por esa causa. Pero existe aun algo más sorprendente: puede existir una culpa transgeneracional por algun crimen que el sujeto no cometió, ni contempló ni tiene noticia alguna sobre el asunto. Todo parece indicar que las transgresiones de prohibiciones ancestrales -igual que las prohibiciones- pasan de generación en generación tratando de encontrar un huesped que les ponga fin: es el tema de la maldición familiar o del destino, un tema que se encuentra bien explorado por los mitos. El tema de la redención individual de toda una estirpe.

Este proceso de interiorización de un mandato transbiológico como es la orden de “no matar” puede tener interrupciones, excepciones y obstáculos, el principal y más conocido es la guerra. En la guerra no solamente se detiene el mandato sino que es posible que matar sea necesario para sobrevivir lo que cambia el panorama de anteriores interiorizaciones colectivas, asi y todo las guerras son escenarios de crimenes gratuitos y sádicos como ya estamos acostumbrados a ver en los informativos. La guerra es una enfermedad traumática para más de una generación, nosotros por ejemplo seamos hijos o nietos de los que hicieron la guerra civil estamos contaminados en España por aquel conflicto y en cierto modo todavía estamos sufriendo las consecuencias, ¿quién de nosotros no tuvo un pariente asesinado o un criminal en aquella contienda?

Lo que señala en la dirección de que tantos los valores como sus transgresiones -los vicios- se trasmiten del mismo modo y a través de las mismas vias simbólico-culturales y terminan convirtiendose en algo corpóreo.

Lo importante es caer en la cuenta de que los tabúes o prohibiciones culturales se insertan en nuestro cuerpo como si fueran instrucciones genéticas aun sin serlo y que se trasmiten como si fueran genes replicándose a si mismos aun sin estar compuestas de ADN.

Lo que redunda en la idea que más arriba expuse: que la via genética no es la unica via de trasmisión de caracteres innatos. El tabú de “no matarás” es innato a pesar de no venir codificado en nuestro genoma. Cuando un niño viene al mundo ya accede a él mediante un conocimiento previo (no es una tabla rasa) se trata de aprendizajes culturales, históricos, étnicos e incluso filogenéticos que no necesariamente se encuentran codificados en su ADN.

Es muy posible que todos los sistemas de inhibición de la agresividad no sean sistemas neurobiológicos heredados sino campos epigenéticos aprendidos que terminan por interiorizarse y que se comportan como si fueran cuasigenes. La inhibición de la agresividad puede realizarse de muchas formas pero siempre necesita de un otro que la desactive, a través de la sumisión, del llanto, de la debilidad o de la ternura es como los animales desactivan la agresión de los adultos, nosotros los humanos tambien sabemos hacerlo y tenemos además la empatia que es un añadido relacionado con la capacidad de nuestro cerebro de encontrar similitudes con nuestros semejantes.

En este post hablé de la metacognición y la empatía: una de las prestaciones de nuestro cerebro emocional.

Efectivamente el Verbo puede hacerse carne, que es otra manera de decir que lo cultural puede encarnarse y hacerse proceso biológico a través de esa interfase que llamamos inconsciente: el lugar donde Psique y Soma se encuentran no solamente bis a bis, uno frente a otro sino donde el individuo se articula con la corporalidad del mundo.

20
Sep
09

Desaprender para aprender

El duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar

(F. García Lorca)

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Cuentan que preguntó un día la rana al ciempiés cómo hacía para mover tantos pies de un modo tan eficiente y coordinado, y que cuando el ciempiés se paró a pensarlo para responder, no supo volver a caminar nunca más.

Es algo conocido que cuando nos rascamos o revolvemos el café no tenemos que enviar órdenes conscientes para alzar la mano, dirigirla hacia esas coordenadas concretas, mover la musculatura de un modo determinado a un ritmo previamente calculado, etc. Si así fuera, estaríamos casi todo el día ocupados en ese tipo de órdenes.

Piensen en lo siguiente: solamente para cruzar una calle, en el instante en que damos una instantánea ojeada al coche más cercano que se aproxima hacia el paso de peatones, el cerebro está realizando los siguientes cálculos:

- la distancia entre ese coche y nosotros

- la velocidad estimada de ese coche

- nuestra velocidad máxima (corriendo, si es preciso)

- si, dados los parámetros anteriores, existe la posibilidad de que ambas trayectorias se crucen (con lo cual nos atropellaría)

- si existe esa posibilidad, no cruzamos; si queda descartada, cruzamos.

Y todo eso en una fracción de segundo. Algunos dirían que “presintieron” que si cruzaban le atropellarían.

Otras veces, “presentimos” que alguien no es de fiar. Si analizáramos lo que ocurre, posiblemente nos daríamos cuenta de que esa persona no mantenía el contacto visual el número de segundos suficientes (¿acaso no sabemos todos algo de lenguaje no-verbal de modo innato o, digamos, intuitivo?). Si a eso le sumamos (le sumó nuestro cerebro) alguna maledicencia oida sobre un acto poco congruente cometido por esa persona, o bien la forma de su boca nos recordó a la de alguien que no simpatizamos mucho de adolescentes, ya tenemos el resultado de la fórmula. Todo ello sin darnos cuenta, y el resultado es, en este ejemplo, que esa persona “no sabemos porqué pero no nos inspira confianza”.

Son innumerables los ejemplos de la multitud de cálculos que llevamos a cabo inconscientemente (sin intervención de nuestra voluntad consciente) gracias a la mayoría de los cuales seguimos vivos. Por supuesto, hay muchas otras decisiones que probablemente es mejor tomar en base a cálculos conscientes, estimación de pros-contras, cálculos aproximados de probabilidades, etc. (Algunos investigadores, dicho sea de paso, han llegado a la conclusión de que tras toda decisión consciente yace siempre una emoción básica, pero esto es otro tema que no es objeto de este post.)

Otra cosa que sabemos es que, cuando pensamos demasiado, interferimos con el raciocinio en aquellos mecanismos que normalmente se desenvolverían por sí solos, automáticamente por así decir (en este post se explica qué son los PAFs). Es como si la naturaleza recomendara dejar que el organismo y la mente hicieran lo que ya saben hacer, y dejar los cálculos de pros y contras (y su resultado) sólo para aquello en que necesitamos la voluntad y el análisis racional (p.e. para resolver un problema matemático, para la compra de un piso, etc.).

En este video Mentes privilegiadas se muestran unos estudios que confirmaron una vez más que, al parecer, nuestro cerebro actúa de un modo mucho más operativo si no se interfiere en ciertos automatismos, como p.e. leer. En uno de los experimentos, se muestran varias frases al sujeto y éste lee en voz alta lo que “vé”. Lo curioso es que algunas frases contenían leves errores tipográficos o sintácticos… que el sujeto no “leyó”, corroborando que el cerebro no vé lo que vé sino lo que espera ver. Lo asombroso de ese experimento es que, desconectando ciertas áreas del cerebro racional y dejando por tanto que el individuo lea sin que ésas actúen… no se cometen fallos de lectura. Sin duda se debe a que no actuaron las creencias previas (qué es lo que debería poner ahí). Es decir, haciéndolo así, el cerebro vé lo que realmente hay, sin intervención de expectativa alguna, esa modulación personal del futuro que tanto nos tienta con frecuencia. Uno de los investigadores comenta ahí:

“Es fascinante que tengamos que desconectar partes del cerebro para descubrir aptitudes ocultas… Que tengamos que discapacitar parte del cerebro para extraer habilidades … Estas no son las habilidades del que tiene algo más, son las habilidades del que tiene algo menos…”

Parecería que el Homo sapiens sapiens es, a veces, incluso demasiado inteligente… tanto que comete errores por pensar cuando no debe.

Muchos tenemos el vicio de analizar, racionalizar, calibrar cosas, situaciones o proyectos cuando no es necesario. “Déjate fluir” solemos aconsejar a los demás, pero ¿es eso tan fácil de llevar a cabo una vez desarrolladas, durante cientos de miles de años, unas capacidades que a primera vista nos han resultado adaptativas? ¿No será que nos hemos viciado con ellas como el niño a quien regalaron una bufanda y no se la quiso quitar nunca más ni para dormir hasta que se le quedó pegada al cuerpo? (como en “El caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher).

Hay que desaprender para poder aprender.

O, como dijo Krishnamurti, una taza (la mente) sólo tiene sentido cuando está vacía, no llena.

15
Sep
09

Memes, virus y arquetipos

Debemos a Richard Dawkins la idea de meme que ya publicó en su libro best seller “El gen egoista”, aunque alli sólo insinuaba una posible conexión entre la idea-fuerza de gen, una serie de instrucciones que son capaces de autoreplicarse y la idea de meme que seria algo asi como una idea, una imagen, una creencia. El meme seria pues un gen cultural que perseguiría los mismos fines de los genes: sobrevivir y autoreplicarse.

Pero no debe entenderse que los memes son metáforas sino realidades concretas como los genes. De hecho se ha desarrollado toda una ciencia memética que estudia precisamente como esos memes se trasmiten, se contagian y sobreviven infectando o parasitando los cerebros individuales.

Naturalmente lo verbos “parasitar” o “infectar” sí son metáforas. Metáforas que procede de los puntos de vista radicalmente darwinistas como el propio Dawkins, su más ferviente defensora en el campo de la divulgación Susan Blakemore o uno de sus seguidores el filósofo de la mente Daniel Dennet que defienden la idea de que la cultura humana se ha desarrollado de una forma muy parecida a la evolución: por selección natural, exisitirían ideas (memes) que se reproducirían más eficazmente y que competirían más eficientemente con otros memes a la hora de instalarse en otros cerebros y desde alli ganar nuevos organismos a los que “infectar”.

Se trata de las conocidas ideas de los neodarwinistas que mas atrás llamaba darwinistas radicales. Para entender mejor la diferencia entre los neodarwinistas y otros evolucionistas como Lynn Margulis o Stephen Jay Gould recomiendo este articulo de la wikipedia. En adelante les llamaremos gradualistas. Se trata de los que creen que la evolución no ha sido el escenario de luchas entre organismos simples a la hora de propagar su genoma sino asociaciones, consorcios pluricelulares que han digerido o fagocitado a otros seres unicelulares aumentando asi su complejidad, Lynn Margulis en su libro de culto “Captando genomas” habló de simbiogénesis para nombrar su concepto asociativo y gradual como motor de la evolución.

Personalmente creo que la idea de meme es un plagio de la idea jungiana de arquetipo y que no añade nada a lo que los psicólogos jungianos entienden como tal y que puede usted consultar aqui.

Sin embargo no son conceptos idénticos sino que mantienen ciertos solapamientos: la principal diferencia entre un meme y un arquetipo es que el meme compite con otros memes mientras que los arquetipos no compiten entre sí sino que resuenan con las posibilidades de ser de los humanos y se constelan (se encarnan o activan) en ellos. La idea de meme fuertemente influenciada por una visión radical de la evolución termina por antropoformizar demasiado tanto a los genes como a los propios memes confiriéndoles capacidad de planear por sí mismos algo que no deja de ser un exceso.

Sólo la conciencia es capaz de planear, ni lo genes ni lo memes son capaces de planear nada por si mismos ni siquiera la posibilidad de autoreplicarse, los genes ser replican en la reproducción y efectivamente compiten con otros alelos con los mismos intereses tal y como expliqué aqui.

El gen y el meme tienen además entre si algunas diferencias: la primera es que el gen es un trozo de la hélice del ADN algo asi como una página de ese gran libro de instrucciones que llamamos ADN o genoma. El meme sin embargo es algo inmaterial y es esta condición de intangibilidad la que lleva a sus detractores (tanto los de Dawkins como los de Jung) a entender estas ideas como bellas metáforas poéticas sin consistencia cientifica alguna.

Lo cierto es que los que asi piensan se encuentran apresados por la idea de que tan sólo en la materia se encuentra la potencialidad de información. A lo sumo muchos de ellos estarian dispuestos a admitir que en la energia tambien puede ser transportada información, pero se preguntan ¿como es posible que la información se encuentre inscrita en la nada?¿Cual es el soporte fisico del meme?

Antes de seguir me gustaria que el lector visionara estos dos cortos videos para conocer mejor las teorias de Dennet y contrastarlas con las suyas propias.

Los memes peligrosos por Daniel Dennet.

Video 1

Video 2

Para entender mejor qué es un meme veamos la metáfora que invoca y que no es otra sino la del los virus.

Un virus es una entidad biológica misteriosa al menos por dos razones, la primera es que no pertenecen ni al reino animal ni al reino vegetal, la segunda es que ni están vivos ni muertos. Contradicen una de las ideas fuerza de la biologia que suscribe la idea de que para hablar de vida tienen que haber células. ¿Si no existen células podemos hablar de un ser vivo? ¿Si no pertenecen al reino animal ni al reino vegetal que son entonces?

Los virus son trozos de ADN ( o de ARN) encapsulados en una especie de caparazón proteinico que sirve de envoltura al ADN o ARN que portan empaquetado. Se trata de la demostración de que existen formas de vida que no comparten la condición de sostenerse sobre la vida celular, ahora bien la vida de los virus es bastante curiosa, porque en realidad, aunque tienen forma y andan por doquier (en realidad no andan en absoluto a diferencia de las bacterias que poseen movilidad), y a pesar de su estatismo solo pueden replicarse si penetran en el interior de una célula para lo que se sirven de herramientas diseñadas para penetrar sus membranas y otras como ventosas para adherirse a ellas. La pregunta que podria hacerse en este momento es la siguiente, ¿cual es el estado de un virus cuando hace vida extracelular? ¿Mueren y viven los virus?

virus_big

Obervese este virus con forma dodecaédrica y ventosas adheridas a su cápsula

Lo cierto es que los virus cuando no encuentran huéspedes a los que parasitar lo pasan bastante mal y se inactivan al poco tiempo de vivir a la intemperie. Y parece tambien que la función teleológica de los virus no es vivir (cosa dificil de entender en un virus que pasa la mayor parte de su tiempo inactivo) sino reproducrise, es decir conseguir copias de sí mismo a expensas de enfermar o matar a su huesped.

Otro misterio biológico que aun no se encuentra del todo explicado es de dónde proceden los virus. A mí la teoria que más me resuena es que los virus son trozos de ADN (o ARN) que han escapado de las fortalezas del núcleo de una célula. Al parecer esta teoria es la que más seguidores tiene entre los expertos pero tiene un problema: si los virus necesitan células para replicarse significa que no pudieron existir antes de ellas. En este caso no serian los organismos más elementales que podemos encontrar a lo largo de la evolución sino probablemente un subproducto celular que encontró una forma de existencia a medio camino enre los cristales y las células que procederian de rupturas escapistas de trozos de ADN, es decir de información genética fragmentaria. La idea que acabo de exponer se encuentra reforzada por otros hallazgos que señalan en la dirección de que estos trozos de información que ha logrado escapar del núcleo de la célula no compete sólo a los virus: existen otros trozos aun más pequeños que pululan por el espacio extracelular, los plásmidos, por dentro del citoplasma celular como los trasposones, otras particulas como los viroides e incluso proteinas mal plegadas que se replican a sí mismas como los priones que no contienen ni DNA ni RNA pero con capacidad infectiva y autoreplicadora.

Si yo fuera el virus de la rabia me interesaría que mi huésped estuviera furioso para asi pasar a otro a través de su saliva,  pero como el virus de la rabia no puede planear no cabe ninguna duda de que el virus de la rabia y la rabia coevolucionaron. Lo que significa en términos evolutivos que la vida celular y la vida vírica pudieron tambien coevolucionar.

Estos descubrimientos biológicos han puesto sobre el tapete una idea fundamental que de alguna forma ha roto con el modelo célular en que creiamos que estaba fundada la vida. No cabe ninguna duda de que la vida reposa sobre la información, entendida esta como una forma energética no degradable.

Dicho de otra manera es posible que todas esas particulas sean basura genética escapada de la célula y que su función evolutiva sea disponer de una reserva de información genética cuya función podria ser la recombinación con algunas especies celulares y no tanto la idea que es hoy la más frecuente al menos en nuestro imaginario: que los virus son enemigos a los que combatir, es muy posible que los virus patógenos para el hombre sean una pequeña minoria de todo un almacén genetico de basura genética dispersa de la que algún dia podamos beneficiarnos para penetrar dentro de la célula con mensajes médicos beneficos para ella.

Pero no es mi intención en este post hablar de los posibles usos médicos futuros de los virus como portadores de soluciones curativas sino trazar un paralelismo entre ellos y los arquetipos. Ya dije más arriba que la idea de meme era una revisión de la idea de arquetipo y dije tambien que la idea de meme habia sido inspirada por una idea evolucionista radical: la de que determinadas ideas compiten por parasitar cerebros individuales y desde alli difundirse al mayor número posible de cerebros.

Es cierto que algunos memes son muy peligrosos tal y como nos contó Dennet en los videos de arriba y que muy probablemnte podemos entender la historia humana como una historia de creencias que tratan de imponerse a las del vecino. Una idea muy interesante es que efectivamente una creencia siempre tiende a imponerse a los demás pero yo no creo que este potencial maligno se halle en la idea misma sino en la natrualeza vanidosa y corrupta del hombre que trata de imponer a los demás sus propias formas de ver la vida. Por ejemplo la idea de Dios no mata a nadie pero la idea de religión ya es más peligrosa porque agrupa a las personas entre seguidores y no seguidores de esa religión. El culto por la patria o por la propia etnia tampoco tiene esa potencialidad salvo si se confronta con las demás, si nosotros somos el pueblo elegido es porque los demás ni siquiera tienen la consideración de semejantes: Dios les olvidó en el reparto. Por tanto esta justificado que les exterminemos.

Lo cierto es que los virus y los arquetipos se parecen mucho:

  • Están inertes cuando no están dentro de un organismo vivo.
  • Tienen forma aunque no los podamos ver.
  • Contienen información.
  • Se replican sólo en condiciones biológicas, el resto del tiempo viven en una especie de limbo que llamamos “cultura”.
  • Los arquetipos se constelan en una persona concreta del mismo modo que los virus parasitan células vivas.

De manera que cuando le hablen de los virus deténgase a pensar por un momento si no será, al fin y al cabo, un virus el que salve a la humanidad gracias a esa información que aun no hemos aprendido a manejar. Tampoco sabemos manejar la información que procede de los arquetipos y que tanto nos podria ayudar a salir de aprietos emocionales, al fin y al cabo fue un titán el que trajo el fuego a los hombres contra la voluntad de Dios.

Nadie sabe por qué todos los dioses han querido mantener a la humanidad en la precariedad.

Pero tampoco cabe ninguna duda de que existe un voluntad decidida por parte de la humanidad de saber por qué los dioses mantienen esta intransigente postura.

04
Sep
09

Homeopatía y psicoterapia

hormiga y neurona

Durante mas de 15 años ejercí la psicoterapia con una metodología ecléctica inspirada en el psicoanálisis aunque fuertemente influida también por posiciones humanistas. Me formé en una época donde ya se conocían algunas razones por las que la psicoterapia era o no efectiva. Después de muchos años donde la pugna se dio entre posiciones conductuales y psicoanalíticas, gran parte de mi actividad profesional discurrió en un entorno donde la integración era el modelo que parecia acercarse más al ideal.

Ya se conocia por aquel entonces que:

  • Todas las psicoterapias eran igualmente efectivas, no existía ninguna hegemonia de unas sobre otras.
  • La variable critica parecia reposar más en el terapeuta que en la técnica.
  • Las psicoterapias funcionaban por razones bien distintas a las que sostenían sus defensores muchas veces por razones desconocidas.
  • Las psicoterapias verbales precisaban de cierto “gusto psicológico” y compromiso por parte de los pacientes, una especie de vocación incrustada en su conciencia que corrientemente no existía en los pacientes más graves.
  • La verbalización de los problemas, la reconstrucción cognitiva de lo vivído, el análisis de la transferencia, la catarsis emocional y la provisión de nueva información pos si mismas parecian no ser suficientes para algunos pacientes.

Había algo que se nos estaba escapando, algo que no era verbal y que no dependía de la reconstrucción cognitiva o emocional.

En esa práctica psicoterapéutica de unos 20 años aprendí algunas cosas sobre “como se curan los pacientes” y por qué otros pacientes no mejoran con la psicoterapia a pesar de los esfuerzos, también aprendí algunas cosas del por qué algunos pacientes empeoran con la psicoterapia.

No cabe ninguna duda de que la psicoterapia es efectiva por la información que fluye entre dos personas y que no es necesariamente verbal. No puede atribuirse todo su potencial curativo ni a la energía, ni a nada material pues usualmente no se usan fármacos. También es cierto que no podemos prescindir del llamado efecto placebo o de la sugestión pura y simple (presentes en todas las interacciones humanas) sin embargo y a pesar de las ideas de algunos autores como Eysenck -el padre de la idea de que en la psicoterapia sólo existe efecto placebo- la psicoterapia es algo más que efecto placebo y contiene en su proceder virajes a veces imprevisibles que se encuentran más allá de él.

Hoy, las psicoterapias han pretendido alcanzar un cierto estatuto cientifico y es por eso que han dejado de ser artesanales y han optado por una cierta protocolización. Algunos terapeutas protocolizan sus intervenciones de tal forma que son capaces de manejar las interacciones con sus pacientes de un modo más comprensible para ellos mismos. Sin embargo la efectividad de la psicoterapia suele ser la misma y es mayor cuanto mayor es la experiencia del terapeuta y su capacidad para empatizar con un amplio grupo de desórdenes mentales o psicosomáticos.

Por razones personales dejé de ejercer la psicoterapia y entré en contacto con la homeopatía de la que por aquel entonces no sabia una palabra. Me di cuenta de que existían ciertos paralelismos entre la psicoterapia que yo practicaba y el ejercicio de la homeopatía.

Una de las ideas que comparten ambas disciplinas es el papel que juegan los síntomas y su relacion con la enfermedad. Para los médicos y para muchos psicólogos el síntoma es la expresión de una enfermedad, algo asi como su forma. Podemos reconocer las enfermedades por los molestos y disfuncionales síntomas, de lo que se trata en una terapia médica o psicológica es de hacerlos desaparecer o al menos disminuir su intensidad o adaptarse a ellos.

Para un terapeuta formado psicodinámicamente o un homeópata el síntoma es el proceso biológico puesto en marcha por el organismo vivo para deshacerse de la enfermedad.

Dicho de otro modo: el síntoma nos orienta hacia una enfermedad pero también aprendimos a verlo en clave de autocuración, representa los intentos del organismo -a veces fallidos-  por curarse.

Si esto último es cierto, curarse no implicaria necesariamente suprimir los sintomas sino aprovecharse de ellos para impulsar la curación en un determinado sentido.

Usualmente los síntomas pueden dividirse en dos grandes grupos: los agudos y los que acompañan a una enfermedad crónica, lo que precisa de una teorización acerca de qué cosa es una enfermedad aguda y qué cosa es la cronicidad.

Nuestra tendencia como médicos es considerar que las enfermedades crónicas son consecuencia de una enfermedad aguda que no se trató correctamente o no desapareció del todo o bien que en la evolución de las enfermedades crónicas se dan recidivas, es decir reagudizaciones que es necesario suprimir para que la enfermedad pierda virulencia.

Me di cuenta precisamente tratando pacientes con psicoterapia que esta supresión de sintomas agudos era un error y que precisamente el episodio agudo es una oportunidad para curarse. ¿Qué hacer con esas personas normaloides que dicen que no tienen ningun problema y que desarrollan enfermedades psicosomáticas o viven todo el tiempo enredados en la ansiedad o la depresión? ¿es verdad que estas personas no tienen ningún problema?

Claro que los tienen, todos tenemos problemas solo que algunas personas se han especializado en ocultarlos o negarlos de tal modo que viven ajenos a ellos y son incapaces de verbalizarlos. Este tipo de personas alexitímicas son propensos a desarrollar enfermedades psicosomáticas, en una psicoterapia no hay más remedio que descompensarlos, es decir conseguir que hagan una enfermedad aguda.

Toda enfermedad crónica sueña con convertirse en una enfermedad aguda.

Y eso es precisamente lo que hace la homeopatia: inocular una enfermedad aguda en condiciones controladas a través de un veneno diluido infinitesimalmente que ha perdido su capacidad tóxica química pero guarda algo que representa una información, un simillinum, un parecido con la enfermedad que sufre el paciente como la hormiga se parece a la neurona de la fotografía de arriba.

Pero para entender mejor el concepto de enfermedad aguda y enfermedad crónica es necesario retomar un concepto físico fundamental: me refiero e la segunda ley de la termodinámica que gobierna a los organismos vivos y que dice asi: desde el punto de vista termodinámico todos los sistemas tienden hacia su destrucción a través de la ganancia de entropía.

La ganancia de entropía tiene que ver con el orden y el supremo orden es el inorgánico es decir la muerte. Es posible decir que la muerte es el punto hacia el que tienden todos los seres vivos y que se produce a través de la ganancia de entropia. La neguentropia, es decir el balance negativo de entropia sería el punto opuesto en el que el sistema ha perdido energia y ha ganado información y que a veces llamamos desorden.

Es importante saber que los estados neguentrópicos son estados en los que los sistemas poseen una mayor información y que se caracterizan todos ellos por un estado de baja energía es decir por fatigabilidad. La estabilidad no informa de nada, la inestabilidad y el desorden contienen información sistémica que pueden traspasar a otro sistema biológico.

Desde este punto de vista la enfermedad señala algo, es decir informa sobre algo mucho más que la salud que por ser estable no contiene en si misma información. La enfermedad es desorden.

Sin embargo las enfermedades se graduan según una escala relacionada con el punto de desorden (neguentropia) que acumulan. Asi las enfermedades crónicas se encuentran más lejos de la estabilidad que las enfermedades agudas. Las enfermedades agudas, por ejemplo en los niños se encuentran muy cercanas a la salud, basta a veces un dia o dos de fiebre alta para que el niño recupere su estabilidad anterior, hablamos entonces de restitutio ad integrum, la recuperacion de las condiciones iniciales.

En la enfermedad aguda el sujeto puede recuperar sus condiciones iniciales (su estado anterior a la enfermedad) sin embargo en la enfermedad crónica es imposible recuperar más que el estado anterior de la última bifurcación.

Y sucede por una razón: porque a veces la enfermedad crónica se reajusta y organiza en torno a unas condiciones cercanas a la estabilidad: un estado disipativo, el orden en el desorden.

De manera que podemos teorizar que las enfermedades son estados alejados de la estabilidad y que dependen de las condiciones iniciales tal y como sabemos desde Prigogyne. Determinadas enfermedades serian reversibles (restitutio ad integrum) y otras por el contrario solo pueden retroceder hasta la ultima bifurcación que es aquel punto donde el sistema se desequilibró tratando de encontrar una nueva estabilidad en el desorden, algo que el propio Prigogyne describió como estructuras disipativas que son un buen modelo para entender la cronicidad.

Es por esta razón que las enfermedades crónicas son tan estables aun dentro de un entorno de baja energía y de malestar: es posible hablar de una reorganización de la enfermedad dentro de la propia enfermedad que la vuelve dócil y aparentemente inmóvil.

Es por eso que la psicoterapia y tambien la homeopatía a veces agravan a los pacientes pues obligan a la enfermedad a descompensarse y a buscar una nueva reorganización a veces haciendo una reagudización y otras veces empeorando los sintomas sin evidencia alguna de agudización.

Hasta el mismísimo Freud describió este asunto en “Analisis terminable e interminable” y que bautizó con el nombre de “reacción terapeutica negativa”, una especie de resistencia heorica del sistema que no se resignaba a abandonar la estabilidad ganada en la enfermedad. Freud pensaba -no sin cierta intuición- que esta reacción se debia al masoquismo primario, es decir a una especie de pulsión de muerte que se opondría a la pulsion libidinal que era en teoria la que llevaba el proceso analitico adelante.

Y no andaba equivocado del todo porque en realidad lo que está en juego en una enfermedad es precisamente la ganancia o perdida de entropia, es decir la aproximación o distanciamiento del equilibrio y ya sabemos que el supremo equilibrio, el supremo orden es la muerte. Para un paciente con una enfermedad aguda, pongamos por caso una amigdalitis, su cercania con el equilibrio se logrará después de superar la crisis, pero para un enfermo diabético ,una enfermedad aguda no le curará de su diabetes sino que le llevará al punto en que estaba en su ultima bifurcación, un punto que en cualquier caso para él no es la restitución sino quizá un estado peor en el sentido de que la enfermedad aguda puede activar otras enfermedades que sólo se manifiestan en un estado de neguentropía.

De manera que la pulsión de muerte freudiana no existe, lo que existe es una tendencia a la estabilidad en todos los niveles energéticos, aun en los más bajos lo que se traduce en una viscosa adherencia a la enfermedad.

Significa que no es que las enfermedades agudas o el estrés causen enfermedades por sí mismas sino que propician la emergencia de otras enfermedades que no se hubieran manifestado de no alcanzar un estado lejano al equilibrio, un estado neguentrópico, pues son precisamente estos estados de entropía negativa (que poseen mayor información) los que propician y activan todas las vulnerabilidades genéticas.

En realidad para que una vulnerabilidad genética se manifieste es necesario una información externa que sólo se producirá en un estado neguentrópico.

Es esta la razón por la que todas las pulgas suelen ir al mismo perro. No es que las enfermedades agudas causen las crónicas sino el estado del sistema alejado del equilibrio. Por la misma razón el estrés prolongado al disminuir la entropía del sistema pone al organismo en condiciones de enfermar a cualquier vulnerabilidad.

Y es por eso que el tratamiento de las enfermedades crónicas debe hacer por capas, de dentro afuera, tal y como recomiendan los homeópatas, del sintoma más nuevo al mas antiguo, recorriendo hacia atrás como en una cebolla todas sus capas hasta llegar a la ultima bifurcación donde el sistema ya no puede ser recobrado, decimos entonces que el estado del paciente es irreversible. Por ejemplo no podemos curar una diabetes tipo 1 con fármacos, ni homeopáticos ni de cualesquiera otra naturaleza, ni una esquizofrenia crónica con ningún método pues siempre nos dariamos de bruces con una última capa de la cebolla que resultaria impermeable. Algo que los psicoanalistas denominan acertadamente mediante una metáfora mineral: “la roca de la castración”

Sin embargo si podemos aprovechar una reagudización de la esquizofrenia o un primer episodio psicótico para conseguir un estado de reequilibrio del sistema que no implique una perdida de entropía eludiendo asi la cronicidad. Pienso que los tratamientos del futuro deberán contar con este esquema: intervención en crisis durante los episodios agudos y darle una mayor importancia a las manifestaciones sintomáticas de la enfermedad como algo genuino -que indica un esfuerzo sanador- y no sólo como algo a suprimir.

Clinicamente está bien establecido desde la época clásica que las esquizofrenias tienen mejor pronóstico cuando debutan con un episodio agudo y desorganizado que cuando debutan de forma insidiosa con síntomas negativos y poco claros , las formas tormentosas suelen tener mejor pronóstico que las formas apagadas. Si nos limitamos a oscurecer el curso natural de la enfermedad taponándola con psicofármacos lo que estamos oscureciendo a largo plazo es la evolución de esta enfermedad hacia la cronicidad.

El tratamiento ideal seria la no-supresión de los síntomas y la intervención psicoterapeutica debería limitarse a acompañar al paciente en su brote agudo hasta que fuera capaz de integrarlo en su psiquismo no como un cuerpo extraño a enquistar sino como una experiencia existencial que como todas las demás ha de integrarse narrativamente. Los psicofármacos convencionales lo que hacen es imponer su poderío químico taponando los esfuerzos del cerebro en evacuar las irrupciones caóticas que proceden del inconsciente.

Una enfermedad mental es siempre una irrupción del caos en el psiquismo vigil y consciente, una expresión de desorden que es la forma como la naturaleza busca de nuevo un renacimiento después de una experiencia emocional devastadora. Una especie de sueño que no pudo ser soñado.

Toda la medicina alopática funciona de este modo, un fármaco es una sustancia química que con independencia de su idoneidad en un proceso cualquiera tiene una diana terapéutica. Por ejemplo los inhibidores de la recaptación de serotonina tan prescritos hoy en dia, contienen como todos los sistema quimicos señales y ruidos. La señal es inequívoca -bloquean la recaptación de serotonina en las sinapsis- y lo hacen con independencia de si el cerebro tiene o no la suficiente serotonina para funcionar adecuadamente. Van a ligarse obligatoriamente a determinados receptores aumentando la disponibilidad de serotonina.

Pero aumentar la disponibilidad del cerebro de la serotonina tiene un peaje biológico puesto que es imposible estimular un sistema y dejar intactos a los demás: al aumentar la serotonina en determinadas sinapsis estamos modificando todo el sistema cerebral. Lo estamos reseteando puesto que el cerebro sometido al bombardeo de los inhibidores tratará de adaptarse a la nueva situación, no solamente fabricando más receptores para la serotonina sino enmudeciendo a unos y estimulando a otros neurotransmisores.

No existen tratamientos específicos cuando introducimos un psicofármaco en el organismo y cuya diana está en el cerebro, todo el sistema se ve afectado por el ruido informativo que causa la molécula: modificar solo un sistema es una ilusión de la psicofarmacología.

Y a veces, sin embargo, en un paciente deprimido este desbarajuste le mejora la depresión. No sabemos por qué pero es posible especular que es el ruido precisamente el que obliga al cerebro a reajustarse y a veces este reajuste provoca una mejoria clinica como probablemente suceda con la terapia electroconvulsiva.

En conclusión la psicoterapia y la homeopatía comparten no pocos presupuestos sobre el hecho de enfermar y sobre el hecho de sanar, tambien son de señalar las correspondencias entre sus respectivas visiones sobre la cronicidad y la resolución de la enfermedad entendiendo los sintomas como expresión de un intento biológico por alcanzar un estado termodinámico cercano al equilibrio.

Bibliografia:

Este post se ha realizado bajo la inspiración de textos del Dr Gebauer sobre sus investigaciones sobre el mecanismo de acción de la homeopatía a las que remito al lector interesado en profundizar sobre estos aspectos:

Homeopatia, enzimas e información

Una nueva teoria sobre las dilucione infinitesimales

25
Ago
09

La naturaleza de la mente

Por su interés he tratado de compendiar los diálogos entre Krihsnamurti, Bohm, Sheldrake y un psiquiatra que hablan en torno al tema de la mente, el sufrimiento y el Yo.

Son seis videos, que vale la pena ver por su profundidad a todos los interesados en la mente.

Video 1:

Video 2:

Video 3:

Video 4:

Video 5:

Video 6:

That´s all folks

17
Jul
09

Impurezas cognitivas y homeopatía

Este blog recibe numerosas entradas de personas que buscan información sobre homeopatía y que dejan comentarios y preguntas en cada uno de los post dedicados a este menester.

Muchas veces no contesto estas consultas por dos razones, la primera de ellas es que este no es el lugar para hacer consultas especificas e individuales. La segunda razón es porque yo no soy homeópata sino un simple aficionado.

Lo que yo soy es psiquiatra y llegué a la homeopatía movido por mi insaciable curiosidad. Utilizo una docena de remedios homeopáticos para tratar síntomas inabordables por otros medios o que no responden a los tratamientos convencionales  o generan molestias  o efectos secundarios intolerables.

De manera que soy un heterodoxo y utilizo la homeopatía como si fuera alopatía, usando remedios de forma sintomática, algunas veces -cuando lo tengo muy claro- utilizo remedios constitucionales pero la mayor parte de las veces el uso que doy a estas alternativas terapéuticas es el síntoma raro, los síntomas reactivos a alguna emoción reciente, o aquellos microsíntomas que no están en el espectro de lo abordable de forma alopática. Un ejemplo de estos últimos síntomas que no merecen la atención de los médicos convencionales es éste: “dolores quemantes que mejoran con el frío”, una indicación para el Arsenicum album.

Es por eso que celebré los protocolos Banerji pues permitían una prescripción de la homeopatía mas acorde con el sentir médico que procede según esta secuencia: anamnesis-diagnóstico-tratamiento. Una secuencia que es mejorable seguramente pero que se encuentra tan incrustada entre la tradición médica que es imposible obviarla.

Hace algún tiempo subí en este mismo blog un post de algunas indicaciones poco conocidas sobre medicamentos homeopáticos que según mi experiencia me habían resultado útiles para tratar algunos síntomas psiquiátricos que presentaban mis pacientes. Se trata, efectivamente, de mi experiencia, en ningún caso de una especulación teórica, todo lo que digo aqui procede de mi experiencia y es por eso que no suelo contestar a los que me hacen preguntas que no se encuentran entre lo que llamo mi experiencia personal. Ellos sabrán disculparme.

La red está plagada de discusiones acerca de la homeopatía, desde aquellos que la defienden con unos u otros argumentos hasta los que piensan que no es más que un placebo. Yo quiero aportar aquí mi opinión:

Descocemos como funcionan esas microdosis de venenos que llamamos medicamentos homeopáticos, pero una cosa he aprendido: su relación con el efecto más duro del placebo es cuestionable. De ser efectiva por efecto-placebo o perjudicial por el efecto-nocebo la homeopatía se comporta de una forma muy rara.

La primera evidencia es que no son de esperar resultados con cualquier medicamento sino tan sólo con aquellos que han demostrado su eficacia contra un síntoma determinado. Y así y todo, con una buena elección de por medio podemos encontrarnos con que nuestro paciente no ha notado ninguna mejoría.

Dicho de otra manera la homeopatía es seguramente menos eficaz que el placebo en las patologías complejas, sus efectos no son aditivos, ni existen superposiciones como sucede con los medicamentos alopáticos que deben -al menos entre los antidepresivos- un 30% de su acción al efecto placebo y otro 25 % a factores inespecíficos.

¿Como es posible que la homeopatía sea tan efectiva en los animales, plantas, niños o dementes?

Una de las cosas que desde siempre me llamó la atención respecto a la homeopatía es que era mucho más eficaz en aquellas personas que no mantenían opiniones dogmáticas sobre su malestar. Ese tipo de personas que no se encuentran contaminados por la yatrogenia social y mantienen abierto un sistema de exploración de lo novedoso pero que tampoco militan contra la ciencia oficial. Poco a poco fuí objetivando que las personas que mantienen puntos de vista fuertemente cartesianos o mecanicistas, opiniones genéticas sobre su malestar o creencias contaminadas a partir del contagio social son resistentes a ella.

Las certezas sobre el malestar crean resistencias contra la salud.

Del mismo modo lo son aquellas patologías que implican recompensas cerebrales antagónicas con los propósitos de la salud. Es muy difícil tratar con homeopatía una adicción a drogas, una esquizofrenia o una anorexia mental y lo es porque el cerebro se encuentra ocupado con saliencias farmacológicas o con cogniciones tóxicas de tal modo que el medicamento homeopático no puede ejercer su función de poner en marcha la cascada curativa que es siempre paulatina, se produce a partir de pequeños cambios imperceptibles que poco a poco van sumando sus efectos hasta conseguir la curación.

Pondré un ejemplo:

Nadie puede dejar de fumar con homeopatía por una razón fundamental:

El que quiere dejar de fumar no lo hace por si solo porque teme los síntomas de la abstinencia, el malestar que seguirá necesariamente – según él-  al abandono del cigarrillo, un miedo que le disuade una y otra vez para hacerlo. Algunas personas son capaces de dejar de fumar con apoyo psicológico o con el concurso de ciertos fármacos (como el bupropion) que estimulan el sistema dopaminérgico y sitúan al ex-fumador en una continuo estado de hiperactividad o elación. El paciente no nota el ruido de su abstinencia pero si el ruido del bupropion -que se hace de notar- y sabe , por este ruido, que está haciendo algo para mitigar su estado de malestar. Con la homeopatia no lo logrará, pues la homeopatia no contiene ruido (estimulación dopaminérgica) por lo que deberá enfrentar su temor al abandono del tabaco sin ningún amuleto protector, es decir sin ningún efecto secundario sobreañadido.

Dicho de otro modo: los efectos secundarios de los fármacos tienen efecto-placebo.

Y aunque existen algunos medicamentos homeópaticos que son antídotos del tabaco (caladium seguinum o el tabacum) estos ni proporcionan placer ni por otra parte proporcionarán efecto secundario alguno por lo que el fumador quedará decepcionado y solo frente a su temor. Son, por esta razón, muy poco eficaces.

Dicho de otra manera ningún medicamento homeopático puede desplazar al tabaco ni a ninguna droga de síntesis del lugar que ocupa en el cerebro, más bien es de esperar el efecto contrario. Lo mismo sucede con algunas cogniciones que más arriba llamé impurezas.

El medicamento homeopático seguramente representa una información muy débil que en contacto con el cuerpo desencadena una tormenta -un vórtice- de reacciones que empujan al organismo hacia la restitutio ad integrum en algunos casos y en otros hacia la desaparición del síntoma a través del conocido mecanismo “simili similibus curantur“.

Pero esa pequeña información que viaja en un gránulo no puede empujar el ruido de las drogas de abuso o las creencias instaladas en forma de convicción o cuando el cerebro se encuentra recompensado por ayunos, exceso de ejercicio, vómitos autoprovocados, convicciones tóxicas u otro tipo de agresiones que realizamos contra nuestro cuerpo. A más ruido menos posibilidad de que la homeopatía funcione.

Como regla general hay que saber que un organismo sometido a un tratamiento con psicotropos muy difícilmente responderá a la homeopatía, sencillamente el sistema se encuentra paralizado.

Lo mismo sucede con organismos depauperados o inanes: la delgadez extrema, el agotamiento físico, la inanición o la caquexia no son los mejores terrenos para que la homeopatía despliegue su potencialidad restauradora del fluir vital, en estos casos -antes al contrario- podemos agravar la situación.

A este fenómeno de detención del fluir vital le llaman los homeópatas: bloqueo.

El bloqueo es el mismo fenómeno que como psiquiatra he evidenciado en numerosas ocasiones: el paciente es inabordable, bien porque está enfadado, estuporoso, inconsciente, demasiado perturbado para ser explorado o bien en esa situación que llamamos “estado precontemplativo”, es decir un estado donde el paciente ignora o niega que tenga una enfermedad.

Esa falta de conciencia de enfermedad es algo muy parecido al bloqueo, simplemente el paciente es refractario a cualquier abordaje y hay que esperar el momento propicio para prescribir cualquier cosa, también en el curso de una psicoterapia: decir la verdad al paciente no resuelve su problema, pues debe de haber una preparación, una tarea a realizar antes de enfrentar la verdad, una tarea de fortalecimiento. Antes de eso cualquier ayuda puede caer del lado opuesto al que pretendemos, hay un momento oportuno para saber y hay un momento oportuno para restablecerse, sucede también con la homeopatía: el remedio bien elegido que ayer fue ineficaz mañana puede ser muy reparador.

Todo medico y también todo psiquiatra debería al menos familiarizarse con dos medicamentos homeopáticos de amplio espectro en trastornos mentales, de primera linea, uno de ellos es la Ignatia Amara, un medicamento antihistérico que puede resolver desde un duelo reciente, hasta síntomas inexplicables médicamente. La Ignatia es el medicamento de las paradojas, de los síntomas que no encajan en las descripciones oficiales. Es probablemente el medicamento más prescrito por mi en ese tipo de situaciones donde los pacientes presentan estados subclínicos de depresión o de ansiedad, síntomas somáticos paradojales (tragan sólidos pero no líquidos, comen pero no engordan) o estados adaptativos a contrariedades de la vida de cariz emocional. Es ideal para tratar a muchachas en esa curva de la vida que llamamos adolescencia. A 30 CH tiene mas una acción antiansiosa y a 200 CH funciona mas como antidepresivo.

El segundo medicamento que vale la pena recordar es el Arsenicum album, lo uso para la agitación nocturna en ancianos que además presentan confusión mental, en este tipo de situaciones es milagroso y nos permite abandonar los psicofármacos que no hacen mas que empeorar la situación al oscurecer más la conciencia ya de por si estuporosa y fluctuante del anciano. A 30 CH en una dosis nocturna (6 gránulos) ese paciente que antes se pasaba toda la noche paseando y alucinando por la casa comenzará a dormir.

¿No me crees?

Pruébalo.

Eso es ciencia.

13
Jul
09

Significado y sentido

elhombre(problemadecenestesia)

El hombre (problema de cenestesia) de Lopez Claro

Dicen los budistas que no existen cinco sentidos sino seis.

A los cinco sentidos o canales de información habituales (vista, oído, tacto, olfato y gusto) ellos añaden un sexto sentido: el pensamiento.

Para los budistas pensar es pues una forma de sentir.

Lo que es curioso es que en occidente esta idea no haya calado entre nuestros pensadores y filósofos, porque la verdad del asunto es que el pensamiento evolucionó simultáneamente con el lenguaje, o dicho de otra manera: el pensamiento es el lenguaje interiorizado, palabras que pueden emitirse o  no pero que en cualquier caso no son otra cosa sino palabras.

Y las palabras se sienten o dicho de otra manera: se oyen, como la música

O se piensan o se dicen o se escriben.

Son en cualquier caso movimiento.

Y es también curioso que la palabra “sentido” tenga esas dos acepciones: una la de oir o sentir algo a través de un canal perceptivo y otra la del significado de algo.

Las palabras son sólo un sonido, pero no es cualquier sonido sino un sonido con significancia. A las palabras les llaman los lingüistas “significantes” porque inducen significados en los oyentes a pesar de no ser nada más que sonido. La gracia es que nuestro cerebro decodifica un sonido y transforma ese símbolo, escrito u oído y lo convierte en un significado, en algo que tiene sentido para el que comparte ese mismo idioma.

Y nos permite comunicarnos con otros.

Y ese sentido o significado que tienen las palabras es el sexto sentido del que hablan los budistas, algo que curiosamente llamamos sentido como si lo sintiéramos más allá de haberlo oído o leído.

Sentir y oir son pues dos cosas distintas, algo de lo que ya hable en este post.

Mientras escuchamos música sucede algo parecido, la música es un significante, cada frase musical lo es. Sin embargo cada fraseo no tiene los mismos significados para todas las personas, podríamos decir que cada frase musical tienen infinitos significados, tantos como oyentes. Sucede con la música porque es la Gran Abstracta, está más allá del lenguaje que compartimos todos los que hablamos un mismo idioma. La magia que acaece en la música es que no significa nada en sí misma ni es un consenso como sucede con el lenguaje común sino que va un poco más allá de eso: evoca en cada uno de nosotros un sentido, porque la música no sólo se escucha sino que se siente.

Y sentir es algo que se hace con el cuerpo, poniendo el cuerpo por delante, una tarea a la que no estamos muy acostumbrados nosotros los occidentales que arrastramos una larga tradición anticorporal.

cenestesia

¿Sabemos escuchar, sentir nuestro cuerpo?

Lo cierto es que nosotros los occidentales somos muy platónicos y habitamos en el mundo de las Ideas. Si exploramos los contenidos de nuestra mente caeremos en la cuenta de que más del 90% de esos contenidos son pensamientos, recuerdos o elaboraciones alrededor de las ideas, a veces ruido otras veces musiquillas parásitas. Las ideas pululan y parlotean continuamente en nuestra mente sometiéndola a un continuo bombardeo simbólico del que pocos de nosotros somos conscientes, tampoco caemos en la cuenta del gasto energético que supone mantener esa actividad incesante.

De ahí se deduce que los beneficios de la meditación no están relacionados con algo místico o esotérico sino en la posibilidad de despejar nuestra mente de contenidos eidéticos. Concentrarse en nuestros pies cuando caminamos y hacerlo siguiendo el conocido mantra SA-TA-NA-MA en cuatro tiempos es beneficioso , no sólo porque caminar es la actividad física mas beneficiosa que existe sino también porque permite que nuestra mente descanse mientras focaliza su atención en esos cuatro tiempos que marcan nuestros pies.

Los conocidos mantras de cierto tipo de música también tienen esta potencial característica de desenchufarnos de las ideas. Sucede porque un mantra es una repetición continua de una frase musical hasta el paroxismo, el cerebro se habitúa a esta monótona repetición y deja de conspirar tratando de encontrar sentido a lo que está oyendo. El sentido del mantra es su sinsentido enroscado en la repetición, en cuanto el cerebro se da cuenta de que no hay nada nuevo deja de oírlo  se dedica solo a sentirlo con un órgano distinto al oído.

Si repites una palabra un número suficiente de veces caerás en la cuenta de que la palabra en sí pierde su significado, se ha descascarillado y se convierte en una vaina vacía, A eso, a veces, le llamamos un mantra, algo que se repite y que no es sino una cáscara hueca.

Y de ahi su beneficio, pues ya no estamos oyendo sino sintiendo la palabra sin forma.

Si pudiéramos desenchufar nuestra mente de ese continuo barullo en el que vive inserta obtendríamos múltiples y saludables beneficios físicos y psíquicos. Aunque lo cierto es que la mente no puede desenchufarse como un electrodoméstico salvo en cierta etapas del sueño no REM.

Nuestra mente está en “on” todo el tiempo y sólo puede ponerse en “off” de dos maneras: perdiendo el conocimiento (anestesia, sueño) o meditando.

Meditar es una palabra que sin embargo induce otra serie de ideas que se encuentran adheridas a ella, nos remite a algo activo, a una técnica, a algo que aprender y que podemos llegar a dominar, a hacer bien o mal, como si meditar fuera una especie de actividad que precisara entrenamiento. Esta idea sigue siendo una idea y por tanto se encuentra muy lejana de la conceptualización budista de la propia meditación que aborrece de los conceptos: confieso que esta palabra no me gusta nada porque induce al error o al prejuicio.

Meditar es retirar la atención de los contenidos usuales de nuestra mente que no son otra cosa sino ese sexto sentido que llamamos pensamiento y que no debemos olvidar que sólo son cenestesias, es decir acciones interiorizadas, acciones que no se llevaron a cabo, apenas planeadas, activas en borrador pero nunca editadas, es por eso que el pensamiento es lo contrario de la acción: la reflexión es lo opuesto a la conducta aun procediendo ambos del movimiento.

Y por eso nuestros padres nos enseñaron a pensar algo antes de hacerlo. Y es por eso que cuando no queremos afrontar las consecuencias de nuestros actos decimos “lo hice sin pensar”. Y es cierto que a veces hacemos algo irreflexiva o impulsivamente, sin pensar, lo que no nos quita la responsabilidad de sus consecuencias. Si esto sucede es porque nuestra mente esta demasiado ocupada en su continuo debate interior y no escucha nuestras necesidades, las corporales es por eso que a veces se nos escapan de nuestro control como el que no puede retener su orina. Hay una incontinencia de las acciones como hay una incontinencia de esfínteres.

El cuerpo ha andado divorciado de la mente durante muchos siglos en consecuencia con una cultura que ha renegado de él por contemplarlo como una opción de pecado o transgresión, la consecuencia más importante que ha tenido este hecho en nuestra conceptualizacion del mundo ha sido el consiguiente divorcio entre la ciencia y la experiencia: ambas son irreductibles en la manera de pensar occidental y no deben mezclarse, antes al contrario cualquier experiencia personal es contada como un obstáculo a la hora de enunciar un axioma científico.

Este hecho fue denunciado por algunos pensadores que se encontraban desubicados en el tiempo, Schopenhauer -fuertemente influido por las tradiciones orientales fue uno de ellos- el siguiente fue Heidegger y más concretamente su discípulo Merleau-Ponty con su ya conocida frase:

“Los científicos construyen un mundo y luego se niegan a habitarlo”.

Efectivamente el mundo de la ciencia, el mundo de la tecnología nos ha proporcionado muchas comodidades y seguridades pero nos ha abocado a una existencia sin sentido con una continúa búsqueda del “más difícil todavía”.

Porque el sentido no se encuentra en los datos, en las ideas  o las estadísticas sino en la verdad subjetiva e individual, la verdad es sobre todo una verdad corpórea, vivida, experimentada, de ahí su poder de convicción personal.

Y es por eso que todas las medicinas alternativas ponen su énfasis en el cuerpo, en el masaje, en la vibración, en la psicomúsica, en el baile, en la meditación o el yoga: ponen el cuerpo en primer plano.

Sienta usted su cuerpo y encontrará repentinamente una cierta paz, su mente aparecerá como un escenario vacío pues la mente no es sino eso, un teatro donde usualmente se dan cita todos los actores que intervienen en eso que llamamos vida y que suele ser para casi todos un campo de depredación.

No debe usted pensar que sólo con la meditación podrá alejar de sí todos los fantasmas que le abruman: hay que dimensionar la palabra “meditación” en su verdadera naturaleza. Equivale a coser, a hilar, a trabajar en el campo, cualquier cosa que consiga que usted deje de pensar o logre detener la vorágine de pensamientos, eso es meditación. No hay que saber nada, ni conseguir nada, ni hacerlo bien o ir a aprender la técnica en un curso de fin de semana, es gratis y lo tiene usted al alcance de su mano.

Sienta su cuerpo, sólo eso. Hoy los pies, mañana las manos, después la espalda, atienda su cuerpo y forme y deshaga día a día un concepto corporal nuevo, hágalo sin doctrina, sin disciplina y sin objetivos, eso es meditar, le llamaremos así a falta de otro nombre.

Aunque yo prefiero llamarlo sentir. Algo lleno de significados, sin significar en si mismo nada.

Sentir esa experiencia de vacío es absolutamente necesario si usted pretende saber algo de la mente, de la suya, que es muy parecida a la de todos.

Lo más importante es que nuestro cuerpo nos habla pero no puede competir con el ruido de la mente en desorden: precisa un cierto espacio escénico, un cierto vacío: es entonces cuando nos canta acabalgado en palabras descascarilladas.

La vida transcurre confundida entre ruido y señal.

Y algo tiene que permanecer quieto para que algo cambie y se mueva.

07
Jun
09

El amor: ¿realidad o creencia?

"Amor es..."

"Amor es..."

Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.”

(A. de Saint-Exupery)

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“La medida del amor es amar sin medida”

(San Agustín)

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“Es mi amado para mí y yo soy para mi amado”

(Santa Teresa)

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Desde que el ser humano empezó a plantearse preguntas de calado, una incertidumbre le ha consumido tanta o quizá más energía que el conocido enigma ¿de dónde vengo y adónde voy?, y es:

¿Me ama o no me ama?margarita-1

Los Beatles ya sabían que “All you need is love, love” del mismo modo que lo saben psicólogos y tarotistas a cuyas consultas acuden ingentes cantidades de seres acuciados por la imperiosa necesidad –a veces bajo la fachada de otras problemáticas- de saber si son amados, o por la sospecha de que no lo son suficiente.

A veces también para saber si ellos o ellas aman a su vez genuinamente.

Pero ¿cómo saber si nos aman suficiente o del modo que deseamos nosotros? (“No, si me quiere… a su manera”) ¿Cómo medirlo? ¿Por qué no se ha inventado el amorómetro, si ya sabemos que la oxitocina y la dopamina se alteran al enamorarnos y que el amor al parecer aumenta la longitud de la vida y el brillo de la piel? ¿Qué hacer si fortuitamente llegamos a la conclusión de que no somos amados tanto como creemos merecer, o no del modo que esperábamos? ¿Cómo saber si se trata de amor, de necesidad o de interés por algún beneficio?

El amorómetro de momento no se ha inventado, pero sí se ha inventado una báscula intuitiva, que es el método que utilizamos comunmente: ¿cuánto gano/pierdo yo en una relación amorosa? ¿qué doy o aporto y qué recibo o me es aportado? O, como dice una amiga mía: ¿me compensa o no me compensa?

Aunque la tecnología actual no haya inventado aún un aparato así, al menos en los últimos tiempos los estudiosos de la mente han aportado interesantes descubrimientos acerca de ella que amplían cada vez más nuestra posibilidad de comprender qué ocurre y porqué, cuando somos felices víctimas de ese misterio que nos acerca un poco más a lo trascendental. Desde El Banquete de Platón hasta nuestros días, sobre Eros se ha escrito tanto como sobre gustos pero, si bien no existe aún un consenso generalizado, sí se va estrechando cada vez más el círculo que lo acerca un poco más al terreno de lo comprensible. Quizá algún día la ciencia que estudia los sentimientos y las emociones (vean esta interesante entrevista a Antonio Damasio, un brillante neurólogo investigador de los sentimientos) englobe también, como viene haciendo uno a uno, este otro gran misterio capaz de consumirnos tanta energía y de provocarnos tanta dicha o tanto sufrimiento: el amor.

Hay quien opina que el amor es un invento de la Revolución Industrial –pulido casi a continuación por el movimiento romántico-, una estrategia para generar en la mujer (que hasta entonces era entregada por el padre a cualquier lugareño a cambio de un par de ovejas) el sueño de un príncipe azul mucho más a su gusto que cuando no era nada, con el cual aparejarse y asegurar, como consecuencia indirecta, un aumento de la descendencia que subsanara a medio y largo plazo la falta de mano de obra debida a las pestes y hambrunas de la época. Simultáneamente eran necesarias parejas que emigraran a las fabricas casi siempre ubicadas en los guettos de las ciudades; el amor romántico era pues un engaño para sujetos desubicados y trashumantes.

Sin embargo, para Desmond Morris (El Mono Desnudo) el amor habría surgido ya desde que nos convertimos en cazadores-recolectores en el Neolítico, a consecuencia de la necesidad de que los varones hubieran de dejar a la hembra sola en la cueva cuando se ausentaban para ir a cazar: se hizo necesario algo que hiciera más resistente el vínculo monogámico y permitiera cierta tranquilidad al cazador en el sentido de que la hembra que dejaba atrás no quedaba a merced de otros seductores, no fuera que a su regreso acabara compartiendo con una infiel el ciervo que tantas vicisitudes les costó conseguir (con el subsiguiente riesgo de acabar alimentando a retoños que no eran suyos y que no llevaban sus genes).

De modo parecido a la inteligencia, la cual hace poco pasó de ser contemplada como concepto monográfico a una suma de factores (memoria, velocidad de proceso de datos, creatividad, empatía, etc.), en el amor quizá ocurra en breve algo similar. Por ejemplo, Eduard Punset opina que el amor vendría a ser una especie de conglomerado hecho de apego personal, inversión parental o familiar y sexualidad, todo ello dentro del turbulento caldo de cultivo del  entorno. Dice Punset que siete son los años que dura de media el estado amoroso pues siete son también, casualmente, los años que tarda la cría del humano en adquirir una mínima independencia de los cuidados repartidos de la pareja. La cuestión es ¿cuánta carga evolutiva llevamos aún sobre nuestros hombros, o –planteado a la inversa- cuánto han cambiado las cosas desde entonces? Y por otro lado ¿qué ocurre con el amor sin finalidad reproductiva? ¿es otro genoma-lag?

Pues estas teorías explicarían el vínculo del matrimonio pero no el amor en sí, que, como todos sabemos, no siempre son aristas del mismo poliedro.

Para algunos místicos, por su parte, el amor hombre-mujer sería una especie de sucedáneo o herramienta de otro amor: el amor a Dios, a lo trascendente. Una especie de adiestramiento teñido del goce de la sexualidad como anticipo del otro o, si lo prefieren, una estación de paso en clave dual en nuestro viaje hacia un amor cósmico o expansionador de la conciencia. En cualquiera de sus versiones, el amor exige renuncia y sacrificio, y llega a ser tan inefable que Santa Teresa no duda en asociarlo sin ambages a lo más terrible: la muerte:

“Vivo ya fuera de mí después que muero de amor”

La muerte de una parte del propio ser que en el sufismo –no exento del matiz amor-ternura- se denomina aniquilamiento, una metáfora que los más pragmáticos explican como la cesión de soberanía que deben hacer ambas partes para acoplarse del modo más perfecto posible.

Es curioso que fueran las filosofías orientales (sufismo, hinduismo, tantra) las que permitieran e incluso alentaran el amor hombre-mujer, no sólo como un goce descaradamente compatible con el amor sagrado sino como una vía hacia él, mientras que las religiones monoteistas programaran a decenas de generaciones para etiquetar como pecado toda manifestación amorosa que no se ciñera a sus preceptos.

Al margen de todas estas controversias, es innegable que el amor encierra en su esencia un anhelo fusional, algo que, sea cual sea su naturaleza, va más allá de la razón y del intelecto. Anhelo de fusión cuyo origen se pierde en las tinieblas y que Punset explica así en esta entrevista.

¿Cómo congeniar toda esta macedonia de ingredientes cuando además, gracias a los descubrimientos antes citados relativos a esta prodigiosa caja de Pandora que es la mente humana, también se sabe cada día más sobre el decisivo mecanismo de las creencias? ¿Será el amor el cemento o coagulante entre lo evolutivo y lo poético, la pulsión fusional y la pragmática, la pasión y la paciencia, el programa reproductivo y el ansia de lo trascendental, lo instintivo y lo sagrado?

Parece cada vez más incontestable que la realidad está modulada por la mente que la percibe. Se podría decir que existe un filtro osmótico que media entre la realidad de ahí fuera y la que somos capaces de explicarnos a nosotros mismos en el tibio pero fangoso terreno de nuestra intimidad. Según los conocimientos más recientes de los expertos en el mecanismo de la percepción, parece evidente que llevamos en la sangre una tendencia difícilmente soslayable a construir una gran porción de la realidad a nuestra medida de tal modo que “se ajuste” a nuestra creencia previa, de una forma parecida al mecanismo que nos hace Dibujo“ver” un círculo donde solamente hay una serie de puntos distanciados entre sí en forma de círculo, un fenómeno ilusorio que se debe a que el cerebro rellena lo que falta (casi instantáneamente) para que lo percibido se “ajuste” a nuestra concepción creencial previa (en este ejemplo, el conocimiento previo al cual ajustamos lo que “vemos” sería la forma de un círculo). La abstracción como solución de urgencia para salvar distancias demasiado grandes. En otras palabras: las ilusiones ópticas tienen su razón de ser en la necesidad de que dos realidades se acoplen entre sí (la subjetiva -patrimonio exclusivo de la memoria- y la percibida, a la que, por siempre novedosa e inesperada, poco le importan nuestras experiencias previas). Si hemos de tener en cuenta estos hechos, entonces el amor podría ser un producto de nuestra imaginación, una hipótesis.

Esto naturalmente complica las cosas aún más si cabe, pues, si pretendemos ser más honestos que soberbios, estos hechos nos impiden a su vez obviar disyuntivas como ésta: ¿será que amamos o que creemos amar? ¿Amamos por un mandato ancestral o porque en cierto momento creimos que ya era hora de amar y acoplamos nuestra conducta en consecuencia?

Una tendencia aristotélica de pensar en términos de causa-efecto en sentido descendente se contrapone a transgredir de abajo arriba lo que nos han enseñado (y en lo que sólo por ello tendemos tercamente a creer y a defender a ultranza). Existe un método de resolver ecuaciones matemáticas por el cual primero se presupone unos valores a las incógnitas de la ecuación yendo después “hacia atrás” para comprobar su veracidad. En este otro caso se trataría de plantearse si no actuaremos también en el amor en una forma parecida: “me lo creo y después amo” y no “amo y luego me lo creo” (como creíamos) pegándose una a la otra de tal manera que acabará siendo imposible distinguirlas. Después de todo, el tiempo es reversible, otro constructo o carril mental por el que discurren nuestras certidumbres pero vulnerable a ser retorcido como una cinta de Moebius.

Pero retorcer la lógica impone cierta zozobra a nuestra certidumbre: en el tema que nos ocupa, podríamos llegar a la conclusión de que el amor como tal no existe sino la creencia del amor, a la que sigue la actuación congruente para que todo nos siga encajando. Y esa conducta, a su vez, nos consolida en nuestra creencia… en un círculo recursivo.

¿Por qué esa manía crónica de ajustar o encajar contínuamente la realidad a lo percibido o creído de antemano? Quizá porque en nuestro fuero interno nos molesta bastante que la realidad subjetiva no acabe de coincidir con los esquemas que preconcebimos ni recordamos ya cuándo. El abismo que las separa nos produce vértigo porque los abismos siempre dan vértigo a quien no tiene alas y solemos interpretar los desajustes en términos de “no tener la razón”. Y a los humanos nos encanta tenerla aunque sea con nosotros mismos. “Si los hechos no se adecúan a la teoría, tanto peor para ellos” dijo irónicamente Hegel (Watzlawick, 1989).

Quizá los más osados podrían plantearse, entonces, una posibilidad aunque sea remota de que con frecuencia primero creemos que amamos (creencia) y luego amamos (ajuste de la realidad a nuestra creencia), a lo cual sigue la correspondiente modulación de la conducta en base a lo anterior. ¿Será importante después de todo esa diferencia entre ambas cosas, ese abismo, o podemos seguir viviendo congeniándolas en armonía y sobrevolar ese abismo sin caernos de nuestro bienestar emocional?

Amo luego existo, eso parece lo único que está fuera de duda.

Nota: si aún dudan sobre la ambigüedad entre la realidad percibida y la realidad creencial, en el mn 3:30 de este video de Dan Ariely (hallazgo de Paco Traver) podrán confirmar que los sentidos no son nada pero nada fiables. Es un hecho a prueba de pauses, si quieren comprobarlo.

28
Feb
09

Amar la otredad

Hace pocos días, leyendo sobre el caso de un paciente del psiquiatra Castilla del Pino citado por el filósofo J. A. Marina en Anatomía del miedo, vinieron a mi mente varias asociaciones todas a la vez, que podían resumirse –o intentar resumirse- en una sola: la Otredad.

Ese paciente relata cómo, sin venir a cuento, estando un día sentado cerca de su padre en el salón de su casa, de pronto se fijó en los rasgos de aquel de un modo en que nunca anteriormente lo había hecho. Le eran, súbitamente, “como extraños”, los “vió” de un modo distinto. Esta percepción inusual le provoca al sujeto una sensación de angustia difícil de digerir. No fue –dijo- como si su padre no fuera su padre, pero de todos modos el impacto fue, probablemente, tan desagradable como difícil de describir.

El relato de ese paciente me hizo caer en la cuenta de que –asombrosamente- tenía mucho en común con el impacto causado por experiencias espontáneas de otro tipo vividas por personas absolutamente sanas: sensaciones o vivencias, por otro lado, no necesariamente siempre desagradables. En algunos casos, incluso sumamente agradables.

Como apuntaba hace ya tiempo en un post de mi otro blog, existen –al menos- dos vías distintas de conocimiento. Pueden dárseles distintos nombres pero, para entendernos aquí fácilmente, las llamaré ahora la vía intelectual y la vía intuitiva, rogando al lector que no confunda esta última –a pesar de ese nombre provisional- con el concepto popular de la intuición.

En la primera vía de conocimiento, la intelectual, lo percibido penetra nuestro yo mediante una de las cinco puertas sensoriales (nuestros puentes con el mundo) y, una vez ahí, nuestro sistema nervioso decodifica, analiza, interpreta. Y también juzga. Por ejemplo: (1) oimos un sonido, (2) nuestra inteligencia decodificadora nos informa de que se trata de un violín, y por último (3) juzgamos: “me encanta” o bien “está desafinando”. En realidad el proceso es más complejo si añadimos los vericuetos emocionales (“me gusta ese violín”, “me pone triste”, “me recuerda a una vez que..”, etc.) que ahora mismo obviaré para no alargar demasiado este post. (Si les interesa, pueden leer a Antonio Damasio, neurocientífico portugués artífice de importantes descubrimientos, entre otros, acerca de la naturaleza de los sentimientos y las emociones.)

De la segunda vía que aquí llamo intuitiva, se han pensado y escrito innumerables ideas e hipótesis desde que el ser humano comenzó a preguntarse sobre sí mismo. Oriente –como en muchos otros asuntos de esta índole- parece tenerlo claro. A esta vía que aquí llamo la vía intuitiva, Henry Corbin la llama vía presencial, no mediada (es decir, no mediada por el aparato cognitivo). En general, la visión de la sabiduría oriental sobre el conocimiento profundo pasa inexorablemente por la disolución de los velos que se interponen entre lo percibido (lo externo) y nuestra mente (el Yo interior), una especie de “filtros” que, quizá, más que ayudarnos a aprehender la realidad, la distorsionan, no por un exceso de decodificación y análisis sino por un error en los métodos con que lo percibido es interpretado. Ahí está la trampa. Pero ¿qué hay entre ambos, entre ese mundo real de ahí fuera y nuestro centro vital y perceptor? Krishnamurti también sabía mucho sobre la relación entre observador y observado, e incluso los cuánticos han aventurado ideas nuevas sobre el misterioso engranaje entre uno y otro.

Pero para ponerlo de un modo más sencillo, la frontera básica entre ese “yo” y el resto (el “no-yo”), es la piel, ese envoltorio o frontera que nos delimita del mundo exterior. Y ahí fuera es donde está el Otro. Lipton (La biología de la creencia) opina que el verdadero cerebro de la célula es, en realidad, no su núcleo sino su membrana, por ser quien en primera instancia determina algo tremendamente importante para la vida: qué es Yo y qué no es Yo. Y entre ambos hay un problema: una especie de “filtro”. Suelo llamarlo “gafas de color” que todos llevamos puestas para circular por este mundo cegador. La siguiente pregunta sería ¿podemos percibir el mundo –y al Otro- tal como es mientras lo miremos con esas gafas puestas que en cada uno son de nuestro color subjetivo?

Según la filosofía oriental, ese “filtro” es, en realidad, lo que nosotros llamamos mente. La mente y su subjetividad es la gran trampa, un conglomerado de pre-juicios, de bagaje histórico privado, de emociones antiguas archivadas en nuestro disco duro tan personal e intransferible. Curiosamente, según el sufismo para alcanzar el éxtasis es imprescindible el “aniquilamiento”, un aniquilamiento o muerte del Yo, un despojamiento de la mente terrena. Por su parte, el objetivo final de las técnicas de meditación tan en boga hoy en día es en realidad favorecer el proceso de “limpiado de filtros”, pero sobre meditación escribiré en otra oportunidad porque el tema de este post no es este sino la Otredad.

Centrándonos en esta segunda manera de conocer algo que no es intelectual, la siguiente pregunta casi cae por su propio peso: ¿eso que espera ser conocido se trata de distintas realidades o de una sola? Le dejo esta pregunta a cuantos filósofos y pensadores han dedicado a ello mucha energía, y me limitaré a aventurar una tercera opción: quizá el dilema no sea si hay una o más realidades, sino si existen acaso distintos planos de una misma realidad del mismo modo en que, en el mismo punto exacto del dial de una radio, sólo cambiando la banda de AM a FM podemos encontrarnos con distintas emisoras. Una especie de “base de datos cósmica”, quizá replegada sobre sí misma, donde acaso se conglomere todo el saber, toda la verdad. Pero ¿cómo acceder a esa base de datos cósmica? ¿Podemos “cambiar el interruptor” de AM a FM a voluntad y percibir qué más se está emitiendo en aquella misma frecuencia de emisión pero en otra banda justo por encima o debajo de ella?

Al parecer, el Sapiens sapiens está todavía a medio hacer, como una especie de prototipo que aún está en período de pruebas evolutivas. Según F. Traver la mayoría de enfermedades mentales vendrían a ser una especie de “averías” previsibles en una humanidad que está en fase de “estiramiento”, como los huesos de un adolescente en plena mórfosis hacia su maduración como adulto. Yo, que sé muy poco y además estoy un poco “demodé”, prefiero esa analogía informática que después del boom de las ciencias cognitivas quedó como en desuso pero que, sin embargo, creo que ilustra muy bien algo que desearía dejar lo más claro posible. Supongamos que en un viejo Comodore-64 (que sólo recordamos ya los que pasamos de los 40!) deseáramos instalar el Windows Vista: un sistema demasiado complejo para ser integrado por un cerebro tan rudimentario. Pero esa base de datos cósmica está ahí, sea o no sea nuestro hardware o nuestro software (o la cooperación de ambos) capaces de acceder a ella. Y algunas personas acceden a ella, unas a voluntad y otras espontáneamente.

Y entonces se percibe un atisbo a esa otra realidad que a unos puede volverles locos para siempre o, como mínimo, producirles una gran sensación de angustia por incapacidad de asimilación, en otros proporcionarles un momento de bienestar sencillo pero desconocido, y en otros alcanzar el nivel de éxtasis o arrobamiento cuyo único mal es la imposibilidad de ser descrito ni transmitido mediante palabras. Los más afortunados podemos vivirlo como algo sumamente gratificante, algo que expansiona la conciencia de tal manera que nunca más se vuelve a ser el mismo ni puede volverse hacia atrás. Por suerte.

Y este tipo de experiencias incluye también la percepción del Otro, de la Otredad, y si he comenzado hablando de las dos vías de conocimiento es precisamente porque al Otro también puede percibírsele de dos modos distintos, por esas dos vías. De acuerdo con la primera, el Otro es una cara, una identidad, una mirada, una subjetividad que intelectualmente sabemos distinta. Existe un abismo de discontinuidad que es casi imposible de saltar. Desde nuestra plataforma lógica y racionalizante, todos sabemos muy bien que el Otro es, precisamente, otro, con sus bagajes y archivos y subjetividad inalcanzables y su olor tan diferente al nuestro. Un Otro con ideas propias y afianzadas en su raigambre experiencial y biográfica. En otras palabras, alguien distinto cuyas opiniones y apreciaciones no tienen porqué coincidir con las nuestras. Siendo así, ¿por qué entonces discutimos entonces los humanos en absoluto? me pregunto. La respuesta es: porque en realidad la vía intelectual no es suficiente para percibir al Otro en su inmensidad gozosa. Percibir la Otredad en su esplendidez única y distinta es un goce sublime, extático, que les deseo a todos. Ella, la Otredad del Otro, probablemente no esté ahí para ser aprehendida con el intelecto, sino para ser amada en su esencia misma.




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