Archivos para la Categoría 'General'

22
Nov
09

Jung, Hipócrates y el poliedro humano

La distinción de los cuatro temperamentos, que hemos tomado de la Antigüedad, apenas puede llamarse tipificación psicológica, desde el momento que los temperamentos casi puede decirse que no son otra cosa que complexiones psicofisiológicas.”

Sin duda Jung se refiere ahí a los cuatro temperamentos que Hipócrates había asociado a los cuatro humores presentes en el organismo, una clasificación que parece menoscabar cuando dice “no son otra cosa que”. Llama la atención que lo que él denominó las cuatro funciones de la conciencia (pensar, sentir, percibir, intuir) se correspondan tanto con el predominio de cada uno uno de los valores líquidos del cuerpo que veinticinco siglos antes intuyera Hipócrates. Es curioso asimismo que Jung parezca poner en distintos cajones lo físico y lo psíquico (“no son más que complexiones psico-fisiológicas”) cuando él mismo supo sintetizar de un modo tan lúcido lo intangible con lo tangible.

Dado que Hipócrates no disponía de medios tecnológicos para llevar a cabo estudios publicables en ningún Journal de renombre, imaginamos que basó su clasificación cuaternaria en todo cuanto le diera de sí la observación y la empiria. En realidad, basta la observación para darse cuenta de que quien camina lento suele hablar lento, pensar lento, o comer lento (y al contrario). O que las personas de mejillas carnosas y blandas (temperamento linfático) suelen ser más glotonas y tener menos fuerza de voluntad que aquellas atléticas y rojizas (aire). O que las personas de frente baja sean mucho menos dadas a la objetividad que aquéllas con frente alta. O que las manos de dedos largos correlacionen con el amor al detalle y el análisis, mientras que los dedos espatulados y cortos suelan pertenecer a personas con facilidad para sintetizar. ¿Observaría Hipócrates todo esto? Quién sabe.

En todo lo que está dotado de vida, la misma nota puede resonar en distintas octavas, cada una puede ser “pulsada” en varios niveles.

Marte es un planeta “rojo”, color que asociamos a la belicidad, el fuego, la energía o la voluntad, y por ende al músculo y la fuerza, pero el rojo es –casualmente- el color de la sangre. Cuando hablamos de fuerza o de voluntad ¿podemos disociar la física de la psíquica? Cuando hablamos de calor, ¿no es acaso la sangre -y no la linfa- la que aporta calor a la piel? Inflamación viene de flama (lat.) y en griego se llama flegmoní que también viene de flóga (llama). No es de extrañar que a nadie se le ocurra pintar la habitación del bebé de rojo (el color de la floga) sino de verde pálido: por instinto y aunque nadie nos lo haya contado, sabemos con una sabiduría ancestral que la frecuencia del color rojo es más alta (es decir, su longitud de onda más baja) que la del verde, y, como está comprobado, aquél exalta la agresividad mientras que el verde propicia la relajación (aquí tienen un blog muy completo sobre la Psicología del Color), del mismo modo que sabemos hoy día que ciertos sonidos (los agudos) excitan y otros (los graves) relajan. Lo saben bien sobre todo quienes se dedican a la terapia del sonido; está comprobado el efecto terapéutico del sonido de ballenas y delfines en niños autistas, hiperactivos o con síndrome de Down, como lo sabe también la industria discográfica especializada en músicas para la relajación.

(Notas tomadas en el seminario "Sonidos terapéuticos", por el mexicano M. Arrieta, may-2005)

Los distintos “niveles” de que hablaba más arriba, o distintas octavas de la misma nota, se refieren no sólo a distintos niveles de densidad o sutilidad, sino de la expresión perceptible de un mismo tipo de energía. En el ejemplo anterior, decir “sangre” es análogo a decir “rojo”, a decir “Do sostenido”, “Marte”, a decir “voluntad”, a decir “Ares”, etc. El sonido audible oscila entre 10 y 1000 Hz y el color a frecuencias 1×10(4). ¿Será el universo una gigantesca gama de frecuencias?

Astronómicamente hablando, Mercurio es el planeta más rápido (por estar más cerca del Sol y ser su elíptica la más corta). Las personas mercuriales suelen ser pequeñas, movedizas (aunque no musculadas), hábiles con la palabra y rápidos de reflejos. Astrológicamente están representadas por el signo Géminis aunque no es preciso tener ahora ninguna opinión sobre la astrología, dado que también en las profesiones están plasmadas en comerciantes, conferenciantes, escritores y todos cuantos deben manejar el logos para transmitir ideas de un lado a otro. Al fin y al cabo, no en vano Hermes era el mensajero de los dioses y no su decorador, ¿casualidad?

Ya -dirán ustedes-, los mitos ancestrales provienen de la mera observación del cielo. Pero -les diré yo- ocurre que, en el caso de la astrología, ésta es anterior a los telescopios y a los cálculos de distancias interplanetarias. Mucho más antigua, incluso, que el conocimiento de que la Tierra era redonda. Lo llamemos como lo llamemos, el humano mercurial suele tener las manos pequeñas, ágiles y finas del taumaturgo, su piel es rosada y camina rápido (a pasos largos o cortos en función de si predomina, por otra parte, la humedad o la sequedad). Decir “Mercurio” o “Hermes” es, por tanto, lo mismo que decir “chakra 5”, el que resuena con la garganta, el órgano de la palabra.

El temperamento tierra (que correspondería a la función sensorial de Jung y a la bilis amarilla de Hipócrates) suele ser amarillento o terroso, de ojos más bien hundidos, suele caminar lento y, al ser la tierra la conjunción de lo frío y lo seco, en las palmas de sus manos observamos gran número de líneas (debido al mayor grado de sequedad de la piel) las cuales suelen ser poco pronunciadas (por falta de calor). Es realista, puntilloso y pragmático y su punto débil en la octava fisiológica son huesos o el intestino delgado, el órgano más pragmático de todos como se explica aquí.

Puestas así las cosas, relacionar una nota musical con un color, con un chakra o con un arquetipo parece juego de niños, pero, volviendo al cuatro, lo más curioso es que, bien sean los temperamentos de Hipócrates o bien sean las funciones de Jung el origen de todo este enredo, éstos cuatro tipos fueron divididos posteriormente por el propio Jung en dos sub-tipos que llamó introvertido y extrovertido. Estos conceptos de la escuela junguiana llevan a confusión, pues no significan exactamente lo que popularmente entendemos por tales, sino que establecen dos tipos de personalidad en función de si el foco central de la atención se ubica dentro o fuera del Yo, es decir, de si lo más importante para uno es uno mismo (sujeto) o algo/alguien externo (objeto). Podríamos decir que el introvertido junguiano es centrípeta y tiende a ajustar el entorno a de sí mismo, y el extrovertido junguiano es centrífugo y tiende a ajustarse a sí mismo al entorno. De la combinatoria, pues, entre los cuatro temperamentos o cuatro funciones y los tipos introvertido y extrovertido surgieron los ocho tipos de Heymans-Le Senne, clasificación utilizada aún aún por la psicología actual y también por los grafólogos. Pero de grafología se hablará en otra ocasión pues, como podían adivinar, en la letra también se agazapan el calor y el frío, la humedad y la sequedad.

Somos una malla móvil de posibilidades que se retuerce entre firmas, colores, órganos y puntos corporales débiles o fuertes, fuerzas centrífugas o centrípetas, dioses del Olimpo, sonidos; somos astros y hasta arcanos con conciencia. Somos poliedros rodantes de varias caras y todo es según el ángulo desde el que se nos mira, de si nos observa el psicólogo o el cromoterapeuta, de la octava con que resonemos en cada momento. Y con quién.

15
Nov
09

Mente digestiva, intestino mental

intest-cerebroNo son casuales expresiones como “he de digerir bien esa idea” o “a mi vecino no lo trago” en vez de “he de oler bien esa idea” o “a mi vecino no lo toco nada”.

Si toman ustedes un poco de plastilina, hacen con ella un gusano muy largo y delgado y, cuando lo tengan hecho, lo aplastan bien entre las manos hasta hacer de ello una bola compacta, obtendrán una reproducción muy gráfica del encéfalo… y también del intestino delgado.

En nuestro interior, el intestino es el encargado de disociar, de discernir qué es bueno y qué es malo: un órgano al que le tocó desempeñar una función labor bastante cartesiana, apremiado como vive por la obligación crítica de decidir –y decidirlo además con prontitud- entre el sí o el no, entre “esto me lo quedo” o “esto lo tiro”, que es muy parecido a lo que hacemos nosotros en esa curiosa catársis semestral de los climas templados conocida como “cambio de armarios”. Imaginamos que debe ser una tarea muy estresante para un tubo de paredes de tejido muscular, mucosas, neuropéptidos y divertículos, tener que decidir siempre con urgencias entre aprovechar y tirar, entre bueno o malo, entre ceros y unos.

El encéfalo es también dual: está dividido en dos hemisferios que procesan todo material venido del exterior de dos modos bastante distintos. Y es dual también porque tendemos a concebir el mundo exterior bajo otra necesidad igualmente apremiante de otorgarle a todo una categoría que por consenso llamamos “juicio de valor” (es decir, “esto bueno” / “esto malo”, o “esto me conviene” / “esto lo tiro” porque “esto me produce (o producirá) placer” / “esto me produce (o producirá) dolor”). Lo cual no es ninguna banalidad, pues no es lo mismo tratar de integrar opuestos de modo armonioso que la sensación de tener que elegir entre la posibilidad de goce y la posibilidad de sufrimiento sin posibilidad de rebobinar. Y esa pulsión a catalogar los estímulos, las ideas y los acontecimientos en dos cajones básicos es un discernimiento que solemos hacer más allá de la voluntad consciente y razonadora, y con mucha más rapidez de la que utilizamos para analizar incertidumbres domésticas o morales sin tener en cuenta una gran verdad que dijo Epícteto: “lo importante no son los hechos, sino cómo los tomamos”.

Está comprobado por diversos estudios que ambos –intestino delgado y cerebro- desempeñan sus tareas más estrechamente vinculados de lo que nos damos cuenta. De hecho todo en nuestro cuerpo lo hace en ese gran todo que es nuestro Yo, pero éste es uno de los casos más sintomáticos. Un buen ejemplo cotidiano es el hecho de que, si comemos en un ambiente de discusión o de tensión, esa comida nos caerá mal, o también que ante un disgusto se altera automáticamente el hambre (con más frecuencia disminuye o desaparece aunque se da también el caso contrario). Ante fenómenos así de curiosos, cabría preguntarnos ¿quién es el que no ha “digerido” bien? ¿el intestino los alimentos, o la mente la tensión? ¿Cómo afectan el uno al otro o viceversa?

Para esclarecer en lo posible este hermanamiento, y tal como explica muy bien F. Traver en este post, en el aparato digestivo se hallan circulando ciertos neuropéptidos como si de su casa propia se tratara, que vienen a ser como neurotransmisores afincados en el intestino, de lo cual se desprende que el intestino vendría a ser una especie de “pequeña mente digestiva” o que, cuando menos, funciona como tal.

La misión del intestino delgado es hacer una especie de bricolage con la materia prima que le vamos suministrando, es decir, una función básicamente de reciclaje, de transformación, desintegrando hasta su nivel molecular esa materia prima para que, a partir de ello, pueda ser elaborado todo lo que el resto de nuestro cuerpo necesitará si quiere seguir vivo: una clave que acaso se corresponde con la transmutación alquímica, el alambique donde se cuece el futuro de todas nuestras células, el mismo lugar, por cierto, donde se ubica según algunos orientales el fuego del Hara, esa caldera en la que los practicantes avanzados de artes marciales aseguran obtener su sorprendente fuerza.

En la mente -cerebro quienes lo prefieran- ocurre algo análogo: en ella hace su entrada contínuamente, desde el mundo exterior y a través de los cinco sentidos conocidos, una enorme dosis de materia prima a cada instante. El reduccionismo es un buen método para analizar, clasificar, ubicar en cajones y decidir a qué estímulo intelectual y/o emocional le ponemos la etiqueta “Para guardar y ya veremos” y cuál etiquetamos como “Para tirar”. Quizá el problema es que, a diferencia del intestino delgado, nos ocupa tanta energía llevar a cabo esa labor de clasificación que nos perdemos en ella y luego nos quedan fuerzas para más, olvidando con frecuencia que, más allá de ponerlas a buen recaudo, además había que reciclar esas moléculas de información, transformar emociones antiguas en asombros nuevos, memorias marchitas en esperanzas a estrenar, transmutar placeres antiguos en dichas presentes, partículas de nuestra pequeña biografía en esencias de potencialidad.

16
Ago
09

Superconductores humanos

Hace un par de noches tuve un sueño muy extraño: charlaba con un hombre cuyo rostro me recordaba a alguien sin conseguir saber quién, sentados en un parque, el cual me contaba cosas inauditas para un sueño de verano, y yo, además, le hacía preguntas como si comprendiera algo. Me despertaron los rayos de la luna invadiendo la cama, y, como siempre duermo con bolígrafo y papel en la mesilla de noche, comencé a anotarlo todo febrilmente para que no se me olvidara.

Esto es cuanto pude rescatar de aquel diálogo:

HOMBRE: ¿Tú sabes lo que es un superconductor?

YO: No.

HOMBRE: Un material que tiene resistencia e impedancia nulas, pero hay un 1% de la población que son superconductores.

YO: ¿En serio? Y qué hacen?

HOMBRE: Conducen y amplifican sin saberlo la energía de otra persona, pero no pueden hacerlo con cualquiera, hay algo, un plus, que ha de cuajar.

YO: Y ello es…

HOMBRE: Electrones sueltos.

YO: Asombroso.

HOMBRE: Es preciso que te cuente algo sobre el olfato. Verás, al parecer el olfato no funciona como imaginábamos, a base de moléculas y receptores, sino que nuestra mucosa nasal emite electrones que colisionan con determinadas moléculas y no con otras y las hacen vibrar, y es entonces cuando percibimos el olor. Dicho de otra manera, el proceso no es pasivo sino activo: el olfato emite electrones que colisionan con moléculas volátiles y se ponen a vibrar en una especie de baile…

YO: ¡Fascinante!

HOMBRE: Por ejemplo, los perros tienen el olfato muy desarrollado y a veces se acercan con espíritu protector a personas enfermas. Nunca había logrado saber por qué pero creo que ya lo tengo.

YO: ¿…?

HOMBRE: Lo que ocurre es que resuenan con algunas moléculas de necrosis, y entonces se dicen “hay que cuidar de esta persona que está malita”. No sabía el mecanismo que es cuántico, esa es la gracia, que no es un mecanismo receptor-molécula sino un mecanismo de enacción.

YO: ¿Varela?

HOMBRE: Sí. Siempre pensé en cómo los perros podían oler estados de ánimo. No los huelen sino que resuenan con ellos, es un efecto vibratorio.

YO: ¿Como el efecto de la ola humana en los campos de fútbol?

HOMBRE: Es posible.

YO: ¿La homeopatía podría actuar por este mismo mecanismo?

HOMBRE: Es posible, quizá por eso los perros responden bien a ella.

YO: ¿Y los bebés también?

HOMBRE: Tambien.

YO: ¿Y por qué los adultos estadísticamente algo menos, según usted?

HOMBRE: Bueno, es sólo una hipótesis, pero quizá porque están oxidados y no emiten tantos electrones, esto explicaría por qué algunas personas son refractarias a la homeopatía: tiene que haber electrones sueltos fuera de su órbita para que se comuniquen las vibraciones del remedio homeopático con la necrosis y surta el efecto.

YO: Prosigamos. Creo que usted presume que este efecto superconductor también se da a distancia…

HOMBRE: Claro, ¿es que la empatía no es una forma a distancia? La empatía no precisa de contacto.

YO: ¿Se refiere a los experimentos que demostraron que dos partículas subatómicas estaban conectadas aún a kilómetros de distancia?

HOMBRE: Sí, la no-localidad, por eso digo que la empatía es cuántica. Empiezo a creer que, además, para ser superconductor hay que tener una empatía muy desarrollada, una especie de superempatía.

YO: Entonces, según dice, la superconducción también se daría en la distancia.

HOMBRE: Si, la telepatía no sería tal, sino una manifestación cerebral de la empatía a distancia.

YO: Así que hay un agente conductor y otro pasivo.

HOMBRE: Sí, dos polos, digamos.

YO: Ya.

HOMBRE: …dos polos no eléctricos sino cuánticos que precisan del colapso de onda de una función que vibra armónicamente: la del superconductor.

YO: Entonces lo de “entre nosotros hay buenas vibraciones” no sería ninguna tontería.

HOMBRE: No, podría ser la verdad.

YO: ¿Y qué más opina de esas personas superconductoras?

HOMBRE: Diría que suelen ser personas que ignoran esa capacidad y que tienen muchas dificultades de adaptación porque, como se comprende fácilmente, en este mundo es difícil circular con esa superempatía.

YO: ¿Esa capacidad tendría relación con la mente?

HOMBRE: En cierto modo sí.

YO: De lo que habla parece algo casi físico, aunque esa capacidad parece no tener que ver con la mente, ni con el nivel intelectual, ni la inteligencia…

HOMBRE: No, claro que no, aunque creo que ese tipo de personas señalan el camino que va a emprender la evolución, al igual que esos niños indigo. Un camino que pasa necesariamente por la abolición total del narcisismo.

YO: Entiendo que el narcicismo proviene de no haber pasado con nota cierta fase de la primera infancia…

HOMBRE: Psicológicamente sí, pero también es vital lo que uno hace luego con eso.

YO: Eso suena muy interesante…

HOMBRE: El narcisimo es seguramente un subproducto cultural, un “arreglate como puedas”…

YO: ¿Qué sería antes, la superconducción innata o el narcicismo?

HOMBRE: Esa es una pregunta de calado. Aún no lo se. Lo que tengo bastante claro es que para que exista superconducción tiene que haber un abandono del Yo, una supresión de las propias necesidades… un antinarcisimo.

YO: O sea, que la superconducción y el narcicismo serían casi opuestos…

HOMBRE: Y sin el “casi”. Como decía, la idea es que la superconductividad es en efecto lo opuesto al narcisimo pero que tampoco hay superconductividad sin un narcisimo-otro que la impulse.

YO: ¿Tendría esa superconducción que ver con lo que llaman algunos amor?

HOMBRE: Desde luego, sí, sería algo así como un superamor, una especie de amor cósmico, algo que trasciende el concepto de amor tal y como lo entendemos normalmente… un amor de otro nivel.

YO: Suena lindo…

HOMBRE: Bueno, no sé si es para estar contento o considerarlo como una fatalidad, pues, como decíamos, el narcisista precisa de superconducción pero el superconductor puede también necesitar pensar en sí mismo.

YO: Comprendo. Da usted la impresión de estar en proceso de descubrir una pieza del puzzle.

HOMBRE: ¿Tú crees?

YO: No sé… alguien dijo que la inteligencia proviene del amor.

HOMBRE: Lo sé. En todo caso, el fuerte vínculo entre algunas personas no lo explica solamente el sexo, ni siquiera la tan trillada comunicación verbal. Hay un plus que no es computable, como diría Penrose…

YO: ¿Quiere decir que no es lo que se habla, sino el cómo?

HOMBRE: Más bien el para qué. En esas raras parejas, cada uno de ellos está para cumplir con una función, o una misión si prefiere.

YO: Una misión… no sé dónde he oído eso antes, pero parece hermoso.

HOMBRE: En algunos casos, él es un ser sumamente creativo pero precisa de un superconductor para germinar y dar frutos, por así decir. Muchos de ellos tienen una musa.

YO: ¿Las musas serían las superconductoras de los genios?

HOMBRE: Exacto, pero no las que susurran al oído sino las que catalizan, que es distinto.

YO: Ya… ¿Y la función de ellos, los superconducidos, digamos?

HOMBRE: Desenrollar cuanto saben y cuanto pueden llegar a saber gracias a esa especie de hiperconexión, ir desenredando el ovillo que les llevará lo más cerca posible del conocimiento.

YO: …mientras Ariadna sostiene el cabo.

HOMBRE: Algo así, los mitos son fascinantes, ¿no crees? ¡jajaja!…

YO: …

HOMBRE: A medida de que el superconducido se va desenredando y anudándose en el ovillo del superconductor, éste a su vez va impregnándose del saber de aquél como en ósmosis.

YO: ¿Anudándose en el ovillo?

HOMBRE: Claro, a quién sino se le van a contar los hallazgos? ¿Con quién va a poner el superconducido en orden sus ideas?

YO: Ya comprendo: con el superconductor.

HOMBRE: Así es. Y las ideas a su vez calan en él o ella y, con frecuencia, le vuelven a revertir en una especie de retroalimentación…

YO: ¿Imparable?

HOMBRE: En espiral.

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06
Ago
09

Enfocando la probabilidad

HAMLET: ¿No ves nada ahí?

REINA: No, nada; aunque veo todo lo que hay.

(W. Shakespeare, “Hamlet”)

Quienes fueran en su día aficionados a la fotografía antes objetivo2de que las máquinas digitales lo hicieran todo por nosotros, recordarán que uno de los requisitos para obtener una imagen clara es enfocar bien el tema central aunque el resto quede borroso. Un dispositivo en el interior del objetivo nos indica cuándo estamos enfocando a la distancia correcta.

Desde que los cuánticos comenzaron a sugerir que las partículas no son partículas sino una multitud de probabilidades de las que poco podemos aventurar con certeza, nada podrá volver a ser lo mismo. Ellos arrasaron los cimientos de aquello que siempre dimos por bueno porque era lo que llevábamos aprendiendo en el colegio hacía varios siglos. Los libros de texto de entonces han quedado obsoletos porque uno más uno ya no son siempre dos, o con toda certeza dos, sino según cómo, depende, y sólo a veces. Ni siquiera el átomo es ya aquel átomo que aprendimos a dibujar, con sus capitas de electrones tan bien ordenadas: ahora el átomo es una nube informe de energía jugando al juego de las probabilidades con nuestro aparato sensorial, y el electrón un punto burlón e imprevisible que se divierte comportándose a veces como onda, otras como partícula, o como ambas a la vez.

Si Newton levantara la cabeza no daría crédito. Ya no existe una realidad ahí fuera esperando que la conozcamos, la estudiemos, la pesamos y la midamos, sino que ya no sabemos con certeza si la realidad “de ahí fuera” está fuera o dentro, ni cuánto tiene de real o de creada por nuestra mente; es una realidad heraclitiana, una danza incansable de posibilidades, enigmática pero estrechamente entretejida con nuestra propia disposición de observarla.

Ellos, los físicos cuánticos, suelen decirlo así: “el observador influye en lo observado”. El místico Alan Watts lo dijo de otro modo en una muestra de gran sentido común: si un gran árbol cae en el bosque pero no hay nadie ahí para oirlo, ¿hace ruido? pues, si el ruido es la relación indisoluble entre esa caída y nuestros oidos, si no hay oído tampoco hay ruido propiamente dicho. El célebre Schrödinger cambió el árbol del bosque por un gato en una caja, pero la idea es la misma: nunca podemos saber cómo es lo observado… cuando nadie lo observa.

superposicion-pelotasSi han visto ya las dos partes del documental “Y tú qué sabes?” -un encomiable intento de difusión popular de algo tan arduo para los no entendidos como es la mecánica cuántica-, sabrán que, al parecer de la física teórica actual, ya no hay modo de negar una idea que antes nos habría parecido ciencia-ficción: cuanto percibimos es una y sólo una de muchas posibilidades, todas las cuales están ahí dispuestas a que las percibamos. En este breve trailer verán más claro esto de las múltiples posibilidades (técnicamente denominado superposición cuántica), ilustrado en este ejemplo con numerosas pelotas de baloncesto que se reducen a una apenas intentamos mirarlas:

Al igual que en el arte de la fotografía, parecería que inconscientemente “enfocamos” nuestra percepción hacia un punto, el cual se hace nítido, quedando automáticamente difuminado –e invisible para nosotros- todo lo demás.

Un par de ejemplos cotidianos: al decir de las embarazadas, “sólo ven embarazadas” por la calle (tienen el objetivo “enfocado” a lo que resuena con ellas). Otro: ¿han buscado alguna vez, en un estante con muchos libros, uno del que recuerdan el color de su lomo y sus letras? Si el color del lomo de libro que buscamos es, por ejemplo, salmón o naranja, al pasar la vista por las otras decenas de lomos de libro de otros colores distintos es “como si” literalmente no las viéramos, pues en aquel momento está “enfocada” exclusivamente a una determinada gama de tonalidades.

La pregunta es: si es cierto, como parece, que todo consiste en una vorágine de probabilidades hasta que “enfocamos” sólo una de ellas, ¿qué determina que nuestros sentidos elijan esa y no otra, y descarten todas las demás? Debe haber algo que motiva a nuestra máquina perceptiva a enfocar ahí, algo que dé sentido a esa elección y no otra. ¿En base a qué enfocamos a un punto y no a otro, habiendo tanto para elegir?

Quizá la pregunta esté mal planteada y lo que hemos de buscar es un porqué y, sobre todo, un para qué lo hacemos así (los porqués son las motivaciones que nos empujan desde el pasado, los paraqués tiran de nosotros desde las expectativas futuras). Para ambos hemos de echar mano de las ciencias de la mente y el cerebro, pero según parece ambos conforman los extremos inasibles de un círculo vicioso del que es difícil salirse.

El porqué parece ser que deriva del hecho de que para percibir se precisa la intervención del cerebro, pero el problema es que éste, para funcionar, se apoya básicamente en su incesante evaluación de los conocimientos y experiencias del pasado.

El para qué es posible que esté muy relacionado con esto: tendemos a percibir mejor aquello que nos va a reconfirmar lo que ya sabemos, lo que encaja con esa información y experiencias previas. En otras palabras: lo que va a darnos la razón (“no, si ya lo sabía yo que pasaría esto”). ¿Tendrá esto algo que ver con los patrones repetitivos? (dejo anotado aquí, y meramente como posibilidad, que el motivo de que nos disguste tanto la sensación de equivocarnos sea un gusto estético intrínseco por que las cosas “encajen” entre sí, sobre todo cuando esas dos cosas son (a) lo que creíamos o esperábamos –o temíamos- y (b) la cruel realidad, como si nuestra esencia más íntima no supiera manejarse bien en los desajustes).

Es decir: la máquina de fotografiar de nuestra metáfora está construida con elementos de lo ya aprendido previamente y, por otro lado, además sentimos preferencia por enfocar con ella, una y otra vez, aquellas cosas o acontecimientos que mejor se nos da fotografiar (es decir, aquellas que más nos “resuenan” con la idea que previamente tenemos de nosotros mismos como fotógrafos), con lo cual reconfirmamos cada vez más qué buenos fotógrafos somos en caras, paisajes, o en la especialidad escogida por cada uno.

Necesitamos que “todo encaje” aunque se hunda el mundo porque probablemente nos importa más tener la razón ante nosotros mismos que conocer la verdad de todo el paisaje. El bioquímico J. Dispenza lo explica así:

“Todo empieza en la célula. Y ¿quién da la orden a las células? Las órdenes provienen de la red neuronal del cerebro, que se basa en las experiencias y la información que hemos registrado. (…) usamos una caja de instrucciones que provoca que la química entre en acción. En consecuencia, para que podamos cambiar la química, tenemos que transformar la red neuronal (…) tenemos que cambiar nuestra identidad, cambiar de actitud, o cambiar la manera en que interactuamos con el entorno. Si seguimos siendo la misma persona y seguimos experimentando las mismas actitudes, no hacemos más que reforzarnos a nosotros mismos como identidad.”circulovicioso

Si los cuánticos tienen razón, entonces ya ha llegado el momento de aceptar que nos estamos perdiendo a cada instante un sinnúmero de otras posibilidades que, si bien no nos reconfirmarían lo antiguo ni nos darían la razón en nada, acaso nos abrirían la puerta de otro saber nuevo y quizá, a la larga, incluso más gratificante.

¿Sería esto lo que quiso decir el Principito cuando dijo que para ver bien las cosas no hay que mirarlas con los ojos de la cara sino con los del corazón?

¿Y tú qué sabes?” (parte I)

¿Y tú qué sabes? Dentro de la madriguera” (parte II)

12
Jul
09

La sexualidad de las lagartijas

Esta semana tuvo lugar, organizado en el campus de Tortosa por la Universidad Rovira i Virgili, el seminario “Sanar la vida”.

En él se abordaron temas relativos a la nueva visión de la salud que crece paralela al nuevo paradigma, y en el cual participaron conferenciantes que hablaron de los misterios del sistema inmune (Tomás Álvaro), de los misterios de la osteopatía (V. Morera), de la filosomática o el watsu (M. Angel Bertrán), de los misterios de la salud y el hábitat (E. Silvestre), de la digitopuntura (J. Trilla), del arte como terapia (R. M. Alconchel), de la meditación (R. Rotllán), así como de los misterios de esa sexualidad -reproductiva o no- (Paco Traver) de la cual sabemos menos de lo que creemos saber pero que, según algunas doctrinas orientales, es una de las posibles vías hacia la divinidad interior.

Aquí tienen unos breves extractos de la conferencia “La sexualidad de las lagartijas”, de P. Traver.

Extracto 1

Extracto 2

Extracto 3

07
Jun
09

El amor: ¿realidad o creencia?

"Amor es..."

"Amor es..."

Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.”

(A. de Saint-Exupery)

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“La medida del amor es amar sin medida”

(San Agustín)

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“Es mi amado para mí y yo soy para mi amado”

(Santa Teresa)

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Desde que el ser humano empezó a plantearse preguntas de calado, una incertidumbre le ha consumido tanta o quizá más energía que el conocido enigma ¿de dónde vengo y adónde voy?, y es:

¿Me ama o no me ama?margarita-1

Los Beatles ya sabían que “All you need is love, love” del mismo modo que lo saben psicólogos y tarotistas a cuyas consultas acuden ingentes cantidades de seres acuciados por la imperiosa necesidad –a veces bajo la fachada de otras problemáticas- de saber si son amados, o por la sospecha de que no lo son suficiente.

A veces también para saber si ellos o ellas aman a su vez genuinamente.

Pero ¿cómo saber si nos aman suficiente o del modo que deseamos nosotros? (“No, si me quiere… a su manera”) ¿Cómo medirlo? ¿Por qué no se ha inventado el amorómetro, si ya sabemos que la oxitocina y la dopamina se alteran al enamorarnos y que el amor al parecer aumenta la longitud de la vida y el brillo de la piel? ¿Qué hacer si fortuitamente llegamos a la conclusión de que no somos amados tanto como creemos merecer, o no del modo que esperábamos? ¿Cómo saber si se trata de amor, de necesidad o de interés por algún beneficio?

El amorómetro de momento no se ha inventado, pero sí se ha inventado una báscula intuitiva, que es el método que utilizamos comunmente: ¿cuánto gano/pierdo yo en una relación amorosa? ¿qué doy o aporto y qué recibo o me es aportado? O, como dice una amiga mía: ¿me compensa o no me compensa?

Aunque la tecnología actual no haya inventado aún un aparato así, al menos en los últimos tiempos los estudiosos de la mente han aportado interesantes descubrimientos acerca de ella que amplían cada vez más nuestra posibilidad de comprender qué ocurre y porqué, cuando somos felices víctimas de ese misterio que nos acerca un poco más a lo trascendental. Desde El Banquete de Platón hasta nuestros días, sobre Eros se ha escrito tanto como sobre gustos pero, si bien no existe aún un consenso generalizado, sí se va estrechando cada vez más el círculo que lo acerca un poco más al terreno de lo comprensible. Quizá algún día la ciencia que estudia los sentimientos y las emociones (vean esta interesante entrevista a Antonio Damasio, un brillante neurólogo investigador de los sentimientos) englobe también, como viene haciendo uno a uno, este otro gran misterio capaz de consumirnos tanta energía y de provocarnos tanta dicha o tanto sufrimiento: el amor.

Hay quien opina que el amor es un invento de la Revolución Industrial –pulido casi a continuación por el movimiento romántico-, una estrategia para generar en la mujer (que hasta entonces era entregada por el padre a cualquier lugareño a cambio de un par de ovejas) el sueño de un príncipe azul mucho más a su gusto que cuando no era nada, con el cual aparejarse y asegurar, como consecuencia indirecta, un aumento de la descendencia que subsanara a medio y largo plazo la falta de mano de obra debida a las pestes y hambrunas de la época. Simultáneamente eran necesarias parejas que emigraran a las fabricas casi siempre ubicadas en los guettos de las ciudades; el amor romántico era pues un engaño para sujetos desubicados y trashumantes.

Sin embargo, para Desmond Morris (El Mono Desnudo) el amor habría surgido ya desde que nos convertimos en cazadores-recolectores en el Neolítico, a consecuencia de la necesidad de que los varones hubieran de dejar a la hembra sola en la cueva cuando se ausentaban para ir a cazar: se hizo necesario algo que hiciera más resistente el vínculo monogámico y permitiera cierta tranquilidad al cazador en el sentido de que la hembra que dejaba atrás no quedaba a merced de otros seductores, no fuera que a su regreso acabara compartiendo con una infiel el ciervo que tantas vicisitudes les costó conseguir (con el subsiguiente riesgo de acabar alimentando a retoños que no eran suyos y que no llevaban sus genes).

De modo parecido a la inteligencia, la cual hace poco pasó de ser contemplada como concepto monográfico a una suma de factores (memoria, velocidad de proceso de datos, creatividad, empatía, etc.), en el amor quizá ocurra en breve algo similar. Por ejemplo, Eduard Punset opina que el amor vendría a ser una especie de conglomerado hecho de apego personal, inversión parental o familiar y sexualidad, todo ello dentro del turbulento caldo de cultivo del  entorno. Dice Punset que siete son los años que dura de media el estado amoroso pues siete son también, casualmente, los años que tarda la cría del humano en adquirir una mínima independencia de los cuidados repartidos de la pareja. La cuestión es ¿cuánta carga evolutiva llevamos aún sobre nuestros hombros, o –planteado a la inversa- cuánto han cambiado las cosas desde entonces? Y por otro lado ¿qué ocurre con el amor sin finalidad reproductiva? ¿es otro genoma-lag?

Pues estas teorías explicarían el vínculo del matrimonio pero no el amor en sí, que, como todos sabemos, no siempre son aristas del mismo poliedro.

Para algunos místicos, por su parte, el amor hombre-mujer sería una especie de sucedáneo o herramienta de otro amor: el amor a Dios, a lo trascendente. Una especie de adiestramiento teñido del goce de la sexualidad como anticipo del otro o, si lo prefieren, una estación de paso en clave dual en nuestro viaje hacia un amor cósmico o expansionador de la conciencia. En cualquiera de sus versiones, el amor exige renuncia y sacrificio, y llega a ser tan inefable que Santa Teresa no duda en asociarlo sin ambages a lo más terrible: la muerte:

“Vivo ya fuera de mí después que muero de amor”

La muerte de una parte del propio ser que en el sufismo –no exento del matiz amor-ternura- se denomina aniquilamiento, una metáfora que los más pragmáticos explican como la cesión de soberanía que deben hacer ambas partes para acoplarse del modo más perfecto posible.

Es curioso que fueran las filosofías orientales (sufismo, hinduismo, tantra) las que permitieran e incluso alentaran el amor hombre-mujer, no sólo como un goce descaradamente compatible con el amor sagrado sino como una vía hacia él, mientras que las religiones monoteistas programaran a decenas de generaciones para etiquetar como pecado toda manifestación amorosa que no se ciñera a sus preceptos.

Al margen de todas estas controversias, es innegable que el amor encierra en su esencia un anhelo fusional, algo que, sea cual sea su naturaleza, va más allá de la razón y del intelecto. Anhelo de fusión cuyo origen se pierde en las tinieblas y que Punset explica así en esta entrevista.

¿Cómo congeniar toda esta macedonia de ingredientes cuando además, gracias a los descubrimientos antes citados relativos a esta prodigiosa caja de Pandora que es la mente humana, también se sabe cada día más sobre el decisivo mecanismo de las creencias? ¿Será el amor el cemento o coagulante entre lo evolutivo y lo poético, la pulsión fusional y la pragmática, la pasión y la paciencia, el programa reproductivo y el ansia de lo trascendental, lo instintivo y lo sagrado?

Parece cada vez más incontestable que la realidad está modulada por la mente que la percibe. Se podría decir que existe un filtro osmótico que media entre la realidad de ahí fuera y la que somos capaces de explicarnos a nosotros mismos en el tibio pero fangoso terreno de nuestra intimidad. Según los conocimientos más recientes de los expertos en el mecanismo de la percepción, parece evidente que llevamos en la sangre una tendencia difícilmente soslayable a construir una gran porción de la realidad a nuestra medida de tal modo que “se ajuste” a nuestra creencia previa, de una forma parecida al mecanismo que nos hace Dibujo“ver” un círculo donde solamente hay una serie de puntos distanciados entre sí en forma de círculo, un fenómeno ilusorio que se debe a que el cerebro rellena lo que falta (casi instantáneamente) para que lo percibido se “ajuste” a nuestra concepción creencial previa (en este ejemplo, el conocimiento previo al cual ajustamos lo que “vemos” sería la forma de un círculo). La abstracción como solución de urgencia para salvar distancias demasiado grandes. En otras palabras: las ilusiones ópticas tienen su razón de ser en la necesidad de que dos realidades se acoplen entre sí (la subjetiva -patrimonio exclusivo de la memoria- y la percibida, a la que, por siempre novedosa e inesperada, poco le importan nuestras experiencias previas). Si hemos de tener en cuenta estos hechos, entonces el amor podría ser un producto de nuestra imaginación, una hipótesis.

Esto naturalmente complica las cosas aún más si cabe, pues, si pretendemos ser más honestos que soberbios, estos hechos nos impiden a su vez obviar disyuntivas como ésta: ¿será que amamos o que creemos amar? ¿Amamos por un mandato ancestral o porque en cierto momento creimos que ya era hora de amar y acoplamos nuestra conducta en consecuencia?

Una tendencia aristotélica de pensar en términos de causa-efecto en sentido descendente se contrapone a transgredir de abajo arriba lo que nos han enseñado (y en lo que sólo por ello tendemos tercamente a creer y a defender a ultranza). Existe un método de resolver ecuaciones matemáticas por el cual primero se presupone unos valores a las incógnitas de la ecuación yendo después “hacia atrás” para comprobar su veracidad. En este otro caso se trataría de plantearse si no actuaremos también en el amor en una forma parecida: “me lo creo y después amo” y no “amo y luego me lo creo” (como creíamos) pegándose una a la otra de tal manera que acabará siendo imposible distinguirlas. Después de todo, el tiempo es reversible, otro constructo o carril mental por el que discurren nuestras certidumbres pero vulnerable a ser retorcido como una cinta de Moebius.

Pero retorcer la lógica impone cierta zozobra a nuestra certidumbre: en el tema que nos ocupa, podríamos llegar a la conclusión de que el amor como tal no existe sino la creencia del amor, a la que sigue la actuación congruente para que todo nos siga encajando. Y esa conducta, a su vez, nos consolida en nuestra creencia… en un círculo recursivo.

¿Por qué esa manía crónica de ajustar o encajar contínuamente la realidad a lo percibido o creído de antemano? Quizá porque en nuestro fuero interno nos molesta bastante que la realidad subjetiva no acabe de coincidir con los esquemas que preconcebimos ni recordamos ya cuándo. El abismo que las separa nos produce vértigo porque los abismos siempre dan vértigo a quien no tiene alas y solemos interpretar los desajustes en términos de “no tener la razón”. Y a los humanos nos encanta tenerla aunque sea con nosotros mismos. “Si los hechos no se adecúan a la teoría, tanto peor para ellos” dijo irónicamente Hegel (Watzlawick, 1989).

Quizá los más osados podrían plantearse, entonces, una posibilidad aunque sea remota de que con frecuencia primero creemos que amamos (creencia) y luego amamos (ajuste de la realidad a nuestra creencia), a lo cual sigue la correspondiente modulación de la conducta en base a lo anterior. ¿Será importante después de todo esa diferencia entre ambas cosas, ese abismo, o podemos seguir viviendo congeniándolas en armonía y sobrevolar ese abismo sin caernos de nuestro bienestar emocional?

Amo luego existo, eso parece lo único que está fuera de duda.

Nota: si aún dudan sobre la ambigüedad entre la realidad percibida y la realidad creencial, en el mn 3:30 de este video de Dan Ariely (hallazgo de Paco Traver) podrán confirmar que los sentidos no son nada pero nada fiables. Es un hecho a prueba de pauses, si quieren comprobarlo.

13
May
09

Esencia de números

2-yin-yang-rojo-azulAl principio fue el Uno, cuando la felicidad palpitaba replegada en sí misma y no eran precisos números para la esencia.

Pero, acaso insuficiente para contener una dicha ilimitada, el Uno estalló en mil chispas diminutas, varias de tamaño mediano, y dos mucho más grandes y orgullosas de su origen. Piensan algunos que Descartes las tradujo a2-Persepolis_ahrimanún más orgullosas y separatistas de lo que fueran, pero es improbable que alcancemos el fondo de esa posibilidad: los rumores sobre rumores son interpretaciones de estudiosos.

En la era del Dos (ya mucho antes que Descartes) las monedas tuvieron dos caras y Ormuz y Arimán(1) libraban pulsos en busca de su sentido pendular. Los hombres también llamaron a uno Luz y al otro Oscuridad. Eran tiempos de cavernas frías y oscuras como vientre de ballena, grutas sin lámparas eléctricas ni radiadores donde, de noche, Lucy y Gorg obedecían la cíclica ceguera cuando cada rugido exterior resonaba en sus aortas. En un discurrir basculado entre placer y dolor es comprensible que tomaran partido por aquel de los contendientes que cercenara sus terrores. Es comprensible incluso que aprendieran a rezar por él.

No habiendo vencedores ni vencidos eternos, otras divinidades acudieron a zanjar batallas desde Olimpos, Gólgotas y Mecas. Acaso improvisaran demasiado en su afán de ganar votantes, pues se 3-4-pitagorasinstauraron las primeras guerras por algo más que la hembra de más ancha cadera. Aún así, el imperio del Dos duró más eras de lo previsto por lo razonable.

Cuando parió el número dual apareció Toth(2), fuente de hondas sabiduría3-trismegistos el cual luego fue llamado Hermes: el Tres reclamó su personalidad de árbitro y de él surgieron los juicios salomónico3-piramidess, las tres hijas que innumerables sultanes se empeñaron en tener durante mil y una noches, los tres Reyes Magos, la cara visible de las pirámides, las tres doshas(3), los tres cerebros(4), las cualidades de los planetas(5). Mientras la materia y el alma se confiaban de antagonismo, lo hermético había inventado un nombre propio para el comercio de las ideas y la precaria movilidad de la palabra(6). El Tres se tambaleó entre egos, ids y superyós e hizo del equilibrio algo más delicado, pues nunca triángulo alguno ha sabido sostenerse sobre un solo vértice aunque sólo tres puntos se basten para determinar un plano. Emperador absoluto de los treses, Trismégisto dejó unos apuntes para4-elements entretenimiento de cualquier sabio venidero que dispusiera de tercer ojo.

Mientras esto sucedía, el Dos había engendrado gemelos en la sombra. Con Cástor, Polux y sus hermanas de fatal destino(7), el Dos se hizo Cuatro e Hipócrates regaló nombres de elemento a una premonición arcaica. Así, fuego, tierra, aire y agua añadieron al Tres una estabilidad que vivió mucho tiempo entre elementos, humores y zodíacos, y cuyo fín apocalíptico cantaron las trompetas de Cuatro jinetes. Gracias a los puntos cardinales se midieron océanos, y hombres buenos resucitaron desde cruces que apuntaban a ellos.

Tras esa5-davinci1 larga época de esplendor y sentido, alguien descubrió 5-tetragramatonallá por China un éter que Hipócrates no supo pensar(8), y a Da Vinci le fue revelado el Hombre en una estrella de Cinco puntas que Belcebú le usurpó para escudo de armas (un cuadrilátero habría sido forma demasiado sensata para los íncubos)(9). La quintaesencia de l5-pentagramaa Verdad fue escarbada con alambiques, astrolabios y el último aliento de ahorcados en plazas públicas: desde entonces las corcheas duermen su horizontal estrépito en pentagramas y aquel humano de cinco puntas filtra el mundo con sólo Cinco sentidos y Cinco sabores.7-escala

La razón del atrevimiento –o el atrevimiento de la razón- quiso sumar al Cinco las dos luminarias(10), dando vida a la semana7-YOG chakras 04 de Siete días, las escalas de Siete notas, los Siete grandes pecados enroscados a una serpiente de Siete chakras. Los Siete colores eligieron apuntar al cielo con un arco sin flecha.

Pero la conciencia es insaciable cuando trepa hacia el infinito interior. Los dos primos mayores, presintiendo qu12-ultimacenae el todo 12-herculeses más que la suma de las partes, se pusieron a sumar vértebras y se fundieron en esotérico abrazo para que los apóstoles supieran cuántos debían ser, nosotros podamos contar huevos y ponernos de pié(12), Hércules pudiera completar sus 12 trabajos, y supiéramos finalmente que el año tiene los mismos meses que constelaciones nos caben a duras penas en el alma(11).

12-zodiaco

Un interesante artículo (más sobre números)

(1) Ormuz y Ahriman son los dioses duales del Zoroastrismo o Mazdeismo.

(2) Toth era el dios egipcio de la sabiduría, precursor de Hermes. El híbrido de ambos es Hermes-Trismégisto.

(3) Las doshas son las tres constituciones básicas según la medicina ayurvédica.

(4) Cerebros reptiliano, límbico y superior o neocórtex.

(5) Las cualidades de los planetas son cardinal, fijo y mutable.

(6) Hermes rige el comercio y la palabra.

(7) Según la versión más conocida, Pólux y Helena de Troya eran hijos de Leda y Zeus (y por tanto divinos), y Cástor y Clitemnestra hijos de Leda y Tíndaro (y por tanto semidivinos).

(8) La Medicina Tradicional China se basa en cinco elementos o terrenos.

(9) Los íncubos y súcubos eran espíritus demoníacos que absorbían la energía sexual bien sea poniéndose encima (íncubos) o debajo (súcubos).

(10) En la antigua Astrología, el Sol y la Luna fueron llamados “luminarias”.

(11) Se refiere a los signos del Zodíaco.

(12) Las 12 vértebras dorsales, en cifosis, compensan la lordosis de las 7 vértebras cervicales más las 5 vértebras lumbares.

06
Abr
09

La sonrisa espiral

espiral31La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes…

(Borges, El Libro de Arena)

La forma perfecta no es, como se cree mundanamente, el círculo. No lo es ni siquiera el que forman los labios en su límpida metáfora de carne al pronunciar el sagrado OM.

No, la forma perfecta, la elegida de la naturaleza para archivar la información de la vida, la que se contiene replegada a sí misma en forma de algo que llamamos ADN para entendernos, es la espiral: una espiral de espirales, la intachable geometría del retorcimiento retorcido sobre sí mismo, la inabarcabilidad de lo que nunca comenzó ni terminará. Fijarse en una espiral (sirve cualquiera), ponerla de frente; se percibe un círculo apenas plano que esconde el hipervolumen, una tridimensión que acaso solapa engañosamente la dimensión siguiente -y así sucesivamente- en su pobre forma redonda. Pero hay que ir más lejos, desdoblar lo indesdoblable, desvelar el misterio, rasgar velos y niveles, y después desdoblar también cada misterio, detenerse sólo donde no se pueda franquear el límite (y aún así). Luego, ir a por ese límite y, cuando se cree apresarlo, estirarlo como el abductor de una bailarina. Como dijo Cortázar, “tirar la casa por la ventana y, después, tirar la ventana misma”. Hay que asomarse a esa ventana que se tira a sí misma a través de sí misma, ir más allá, siempre un poco más allá y seguir tirando de lo imposible.

Y es que todo lo vivo describe esa forma infinita, forma que también adopta el amor en el que ella puede ser, por ejemplo, una abstracción de ellas que se encarna a cada vuelta siempre un poco más allá, un poco más arriba. Ella (o Él) toman carne y sentido siempre una octava más arriba, cada vez más y más cerca de aquello que no tiene fín. Unas vueltas más abajo Ella quizá se llamó Daniela, Beatriz, Magdalena, y él Bobby o Manfredo, pero todos ellos están ubicados en puntos de la misma rueda y no importa mucho porque la rueda jamás se detiene y porque siempre se está más arriba y más adelante. Esto es lo que importa; la aposición a lo antiguo nos transforma en gozosos esclavos del tiempo y lo que fuéramos antes va quedando tiernamente atrás. Ellas y ellos nos dejamos hundir placenteros en esa implacable vorágine del tiempo, ya sin resistirnos, y es por ello que cada día, a cada instante, en cada punto de la línea sin final y en cada volumen del hipervolumen, renacemos redimidos por un nombre nuevo, una nueva crucifixión, un nuevo altar del sacrificio sobre el cual nuestra vuelta de espiral nos es obsequiada envuelta en el celofán azul del presente.

Y sólo entonces, cuando comenzamos a amar también todo lo que fuimos y no recordamos, a cuantos tuvieron otro nombre antes que nosotros/as, es cuando podemos comenzar a ofrecer al mundo nuestra mejor sonrisa, la espiral, la infinita.

28
Feb
09

Amar la otredad

Hace pocos días, leyendo sobre el caso de un paciente del psiquiatra Castilla del Pino citado por el filósofo J. A. Marina en Anatomía del miedo, vinieron a mi mente varias asociaciones todas a la vez, que podían resumirse –o intentar resumirse- en una sola: la Otredad.

Ese paciente relata cómo, sin venir a cuento, estando un día sentado cerca de su padre en el salón de su casa, de pronto se fijó en los rasgos de aquel de un modo en que nunca anteriormente lo había hecho. Le eran, súbitamente, “como extraños”, los “vió” de un modo distinto. Esta percepción inusual le provoca al sujeto una sensación de angustia difícil de digerir. No fue –dijo- como si su padre no fuera su padre, pero de todos modos el impacto fue, probablemente, tan desagradable como difícil de describir.

El relato de ese paciente me hizo caer en la cuenta de que –asombrosamente- tenía mucho en común con el impacto causado por experiencias espontáneas de otro tipo vividas por personas absolutamente sanas: sensaciones o vivencias, por otro lado, no necesariamente siempre desagradables. En algunos casos, incluso sumamente agradables.

Como apuntaba hace ya tiempo en un post de mi otro blog, existen –al menos- dos vías distintas de conocimiento. Pueden dárseles distintos nombres pero, para entendernos aquí fácilmente, las llamaré ahora la vía intelectual y la vía intuitiva, rogando al lector que no confunda esta última –a pesar de ese nombre provisional- con el concepto popular de la intuición.

En la primera vía de conocimiento, la intelectual, lo percibido penetra nuestro yo mediante una de las cinco puertas sensoriales (nuestros puentes con el mundo) y, una vez ahí, nuestro sistema nervioso decodifica, analiza, interpreta. Y también juzga. Por ejemplo: (1) oimos un sonido, (2) nuestra inteligencia decodificadora nos informa de que se trata de un violín, y por último (3) juzgamos: “me encanta” o bien “está desafinando”. En realidad el proceso es más complejo si añadimos los vericuetos emocionales (“me gusta ese violín”, “me pone triste”, “me recuerda a una vez que..”, etc.) que ahora mismo obviaré para no alargar demasiado este post. (Si les interesa, pueden leer a Antonio Damasio, neurocientífico portugués artífice de importantes descubrimientos, entre otros, acerca de la naturaleza de los sentimientos y las emociones.)

De la segunda vía que aquí llamo intuitiva, se han pensado y escrito innumerables ideas e hipótesis desde que el ser humano comenzó a preguntarse sobre sí mismo. Oriente –como en muchos otros asuntos de esta índole- parece tenerlo claro. A esta vía que aquí llamo la vía intuitiva, Henry Corbin la llama vía presencial, no mediada (es decir, no mediada por el aparato cognitivo). En general, la visión de la sabiduría oriental sobre el conocimiento profundo pasa inexorablemente por la disolución de los velos que se interponen entre lo percibido (lo externo) y nuestra mente (el Yo interior), una especie de “filtros” que, quizá, más que ayudarnos a aprehender la realidad, la distorsionan, no por un exceso de decodificación y análisis sino por un error en los métodos con que lo percibido es interpretado. Ahí está la trampa. Pero ¿qué hay entre ambos, entre ese mundo real de ahí fuera y nuestro centro vital y perceptor? Krishnamurti también sabía mucho sobre la relación entre observador y observado, e incluso los cuánticos han aventurado ideas nuevas sobre el misterioso engranaje entre uno y otro.

Pero para ponerlo de un modo más sencillo, la frontera básica entre ese “yo” y el resto (el “no-yo”), es la piel, ese envoltorio o frontera que nos delimita del mundo exterior. Y ahí fuera es donde está el Otro. Lipton (La biología de la creencia) opina que el verdadero cerebro de la célula es, en realidad, no su núcleo sino su membrana, por ser quien en primera instancia determina algo tremendamente importante para la vida: qué es Yo y qué no es Yo. Y entre ambos hay un problema: una especie de “filtro”. Suelo llamarlo “gafas de color” que todos llevamos puestas para circular por este mundo cegador. La siguiente pregunta sería ¿podemos percibir el mundo –y al Otro- tal como es mientras lo miremos con esas gafas puestas que en cada uno son de nuestro color subjetivo?

Según la filosofía oriental, ese “filtro” es, en realidad, lo que nosotros llamamos mente. La mente y su subjetividad es la gran trampa, un conglomerado de pre-juicios, de bagaje histórico privado, de emociones antiguas archivadas en nuestro disco duro tan personal e intransferible. Curiosamente, según el sufismo para alcanzar el éxtasis es imprescindible el “aniquilamiento”, un aniquilamiento o muerte del Yo, un despojamiento de la mente terrena. Por su parte, el objetivo final de las técnicas de meditación tan en boga hoy en día es en realidad favorecer el proceso de “limpiado de filtros”, pero sobre meditación escribiré en otra oportunidad porque el tema de este post no es este sino la Otredad.

Centrándonos en esta segunda manera de conocer algo que no es intelectual, la siguiente pregunta casi cae por su propio peso: ¿eso que espera ser conocido se trata de distintas realidades o de una sola? Le dejo esta pregunta a cuantos filósofos y pensadores han dedicado a ello mucha energía, y me limitaré a aventurar una tercera opción: quizá el dilema no sea si hay una o más realidades, sino si existen acaso distintos planos de una misma realidad del mismo modo en que, en el mismo punto exacto del dial de una radio, sólo cambiando la banda de AM a FM podemos encontrarnos con distintas emisoras. Una especie de “base de datos cósmica”, quizá replegada sobre sí misma, donde acaso se conglomere todo el saber, toda la verdad. Pero ¿cómo acceder a esa base de datos cósmica? ¿Podemos “cambiar el interruptor” de AM a FM a voluntad y percibir qué más se está emitiendo en aquella misma frecuencia de emisión pero en otra banda justo por encima o debajo de ella?

Al parecer, el Sapiens sapiens está todavía a medio hacer, como una especie de prototipo que aún está en período de pruebas evolutivas. Según F. Traver la mayoría de enfermedades mentales vendrían a ser una especie de “averías” previsibles en una humanidad que está en fase de “estiramiento”, como los huesos de un adolescente en plena mórfosis hacia su maduración como adulto. Yo, que sé muy poco y además estoy un poco “demodé”, prefiero esa analogía informática que después del boom de las ciencias cognitivas quedó como en desuso pero que, sin embargo, creo que ilustra muy bien algo que desearía dejar lo más claro posible. Supongamos que en un viejo Comodore-64 (que sólo recordamos ya los que pasamos de los 40!) deseáramos instalar el Windows Vista: un sistema demasiado complejo para ser integrado por un cerebro tan rudimentario. Pero esa base de datos cósmica está ahí, sea o no sea nuestro hardware o nuestro software (o la cooperación de ambos) capaces de acceder a ella. Y algunas personas acceden a ella, unas a voluntad y otras espontáneamente.

Y entonces se percibe un atisbo a esa otra realidad que a unos puede volverles locos para siempre o, como mínimo, producirles una gran sensación de angustia por incapacidad de asimilación, en otros proporcionarles un momento de bienestar sencillo pero desconocido, y en otros alcanzar el nivel de éxtasis o arrobamiento cuyo único mal es la imposibilidad de ser descrito ni transmitido mediante palabras. Los más afortunados podemos vivirlo como algo sumamente gratificante, algo que expansiona la conciencia de tal manera que nunca más se vuelve a ser el mismo ni puede volverse hacia atrás. Por suerte.

Y este tipo de experiencias incluye también la percepción del Otro, de la Otredad, y si he comenzado hablando de las dos vías de conocimiento es precisamente porque al Otro también puede percibírsele de dos modos distintos, por esas dos vías. De acuerdo con la primera, el Otro es una cara, una identidad, una mirada, una subjetividad que intelectualmente sabemos distinta. Existe un abismo de discontinuidad que es casi imposible de saltar. Desde nuestra plataforma lógica y racionalizante, todos sabemos muy bien que el Otro es, precisamente, otro, con sus bagajes y archivos y subjetividad inalcanzables y su olor tan diferente al nuestro. Un Otro con ideas propias y afianzadas en su raigambre experiencial y biográfica. En otras palabras, alguien distinto cuyas opiniones y apreciaciones no tienen porqué coincidir con las nuestras. Siendo así, ¿por qué entonces discutimos entonces los humanos en absoluto? me pregunto. La respuesta es: porque en realidad la vía intelectual no es suficiente para percibir al Otro en su inmensidad gozosa. Percibir la Otredad en su esplendidez única y distinta es un goce sublime, extático, que les deseo a todos. Ella, la Otredad del Otro, probablemente no esté ahí para ser aprehendida con el intelecto, sino para ser amada en su esencia misma.

26
Ene
09

Significado de “Gurú”

Año 14.298 a.C. Suroeste de la actual Ucrania. 5:52 am.

Faltaba poco para el amanecer y algunos siglos para la última glaciación importante.

Lucy estaba en la caverna, amamantando a su glotón tercer hijo. Tenía casi catorce años y sus tripas retumbaban de vacío. Gorj había salido en busca de comida hacía ya días. Ella sentía mucho miedo esas últimas noches en que las paredes de la caverna parecían helarse. ¿Y si Gorj no volvía junto a ella? La asaltaban siniestras emociones a las que aún tardaría siglos en asignar palabras y fonemas demarcados. Sentía lo que ahora conocemos por terror: una desesperada incertidumbre por la vida propia y, sobre todo, por la de los cachorros. ¿Y si un salvaje oso había vencido la cruenta batalla cuerpo a cuerpo y había devorado a su amado Gorj? Oh, no quería ni pensarlo. En realidad no lo pensaba (aún no pensaba) sino que lo visualizaba en confusas imágenes que aterraban su ser. Gruñó algo, asustada, y volvió junto a los pequeños, pero antes volvió la cabeza atrás, hacia la espesa y oscura arboreda. Temía la noche más que a nada, y era porque de noche todos ellos se volvían ciegos. Sí, ciegos. En la negrura, cualquier ruido sordo ahí entre los árboles desataba chorros de pánico en sus venas: cualquier murmullo podía significar un depredador hambriento. La muerte inmediata, un terror cíclico. Al evocarlo, la gola se le había atenazado en forma de “g” y su boca formaba una “u”. Al liberar el aire de sus pulmones, Lucy emitió un sonido primigenio: “Gu”.

Amaneció tan lentamente como amanecía en aquella era: sin prisa pero sin pausa, con la indolencia perfecta y sin relojes de un cielo ilimitado. Comprobó que los niños dormían; cuando salió otra vez a la entrada, una línea de sol despuntaba tímidamente en el horizonte pero su luz invadía gran parte del cielo.

Y entonces ocurrió algo: la peluda frente de Lucy se frunció, mientras miraba a una y otra parte del cielo. La luz… la luz era la misma que el día anterior…

En el momento exacto de evocar y relacionar, se hizo otra luz y el pasado y el futuro se concibieron por primera vez en mente humana: al revivir la noche anterior, Lucy –todavía sin palabras- pensó: “Hace un rato esto era negrura, y ahora hay luz… Sí, igual que ayer y que anteayer… y que mañana…”

Por primera vez en la historia humana, una conciencia había albergado los opuestos: había noche y había día. Y se mordían la cola: ambos se repetían hasta el infinito, mucho más allá de sus minúsculas vidas.

“Oscuridad… luz… oscuridad… luz…” pensó de nuevo Lucy. Y el presagio adquirió un principio de sentido. Al evocar el alivio de la luz, su lengua bailó alegre en la boca, la gola se relajaba, y cuando exhalaba salía una “r”.

La oscuridad quedó bautizada GU, y la luz RU.

Afortunadamente, justo en aquel momento Gorj estaba llegando a la caverna sano y salvo, arrastrando el cadáver de un pequeño reno. Se asombró mucho cuando, al acercarse a la caverna, encontró a Lucy en un estado que no supo asociar a nada conocido. ¿Era ella? Los ojos de su amada estaban como húmedos; miraban al cielo extasiados, con un mirar nuevo, estrenado; iban de éste a Gorj y de Gorj al cielo una y otra vez. Entonces emitió unos grititos que venían a decir algo así como “¡¡Oscuridad!!… ¡¡Luego, luz!!… ¡¡Oscuridad pero luego otra vez luz!! ¡¡Oh!! ¿¿te das cuenta??”

A Gorj le costó entender el éxtasis de Lucy (era hombre), pero el amor abre la comprensión a lo incomprensible, y por eso resonó con el repentino entendimiento de ella y la intuición hizo el resto: a partir de ahora temerían menos la noche que hasta entonces porque no era más que una parte imprescindible de un ciclo entre extremos. Sí, era cierto que en la negrura seguían sin ver nada y estaban vulnerables, pero la luz siempre vuelve, una y otra vez.

“¡¡Gu… Rú… Gu… Rú!!” gritaba Lucy entusiasmada. Y Gorj estuvo de acuerdo: era para entusiasmarse.

Este choque de opuestos fue muy discutido milenios después, pero hoy sabemos que si unimos dos cables, un polo positivo y otro negativo, se produce la chispa: la chispa mágica que aporta luz al entendimiento y genera el sentido de las cosas.

Y así fué como el impacto de la oscuridad contra la luz, al confluir en una mente humana como dos polos eléctricos de cargas contrarias, generó una de las primeras palabras que se continúa usando dieciséis mil años después, “Gurú”, que en sánscrito significa literalmente “oscuridad-luz”, y que por extensión aplicamos ahora al ser que puede ayudar a producir una chispa en la conciencia, un ser de carne y hueso como nosotros.

Acaso personalizar un estado de eureka no sea más que animismo (los Sapiens sapiens necesitamos personalizarlo aún casi todo), pero acaso un “gurú” no sea sino la enorme sabiduría interior que brota de esa chispa entre los opuestos, las dos mitades de la vida.

Naturalmente, ni Lucy ni Gorj volvieron a ser nunca más los mismos porque, afortunadamente, hay cosas irreversibles.

Fin.

N.de la A.: la palabra Gurú aparece en muchos mantras y textos védicos y procede del sánscrito, una lengua de la familia indoaria, rama a su vez del indoeuropeo.

nean1

Para saber más sobre

gurú: http://es.wikipedia.org/wiki/Gur%C3%BA

sánscrito: http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%A1nscrito




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